Para qué, si no Sirve para Nada

Y entonces me sorprendió la muerte. Llevábamos ya algunas semanas de misterioso ajetreo. Hasta donde yo sabía, aquello estaba relacionado con la enfermedad. Con pasar las noches en el hospital. Era primavera. Probablemente para evitar que mi educación sentimental se resintiera con aquel misterio, decidieron enviarme a una especie de campamento rural no lejos de la ciudad. Por un lado me resultaba humillante que me dejasen al margen del misterio de los adultos, por otro, me resultaba atractivo aquel mundo artificioso creado para niños. Dos días antes de que me enviaran a aquel lugar, mi madre hizo un intento de explicarme. Yo estaba en la cocina comiendo un bocadillo del chorizo de la matanza. Ella entró con los ojos llorosos y empezó a mover cacharros de un sitio para otro intentando encontrar la manera de iniciar una conversación a la altura del misterio. Hijo, comenzó. ¿Qué? mascullé. Se hizo un silencio de varios segundos que yo aproveché para dar un mordisco al bocadillo. Una nube de migas descendió despacio hasta el suelo. Hijo, podrías tener más cuidado, lo estás poniendo todo perdido. Gruñí con la boca llena y me fui a la calle a jugar al fútbol. La mañana en la que me llevaron a aquel retiro, mi padre me hizo madrugar más de lo necesario. Una costumbre suya que, por aquello de la novedad del destino, no me resultó demasiado molesta. En el coche volvieron a intentarlo. Le tocaba a mi padre. Apagó la radio. Dominaba el zumbido constante del aire que atravesábamos. Yo me estaba quedando dormido, que, por otro lado, era mi estado natural. Hijo. (Ambos tenían la manía de empezar las conversaciones trascendentales recordándome mi condición) !Hijo¡ espabilé emitiendo un sonido gutural para dejar constancia ante mis progenitores de que seguía vivo. Podrías, por lo menos, hacer una esfuerzo por hablar con tus padres. Juro que estaba preparando una respuesta cuando empezó a disertar sobre la conveniencia de mantener una actitud constructiva, sobre la importancia de la colaboración y, creo, sobre las contraindicaciones de mantener una actitud abúlica e inapetente como la mía. Me quedé dormido. Mientras rellenaban los formularios reglamentarios para mi depósito, cuchicheaban con el director del centro supongo que sobre el misterio que me había llevado hasta allí. Mi madre me abrazó con demasiado ímpetu para ocultar las lágrimas que ya le resbalaban por la barbilla. Mi padre estuvo a punto de besarme pero se reprimió para darme un consejo: no armes ninguna, ya tenemos bastante tu madre y yo. Allí me quedé con la misma sensación de levedad que sentía cuando entraba en casa y no había nadie. Ese alivio de cuando puedes hacer lo que quieras, incluyendo nada de nada. Me sacó de la nube una monitora que me llamó por mi nombre. Te enseñaré dónde vas a dormir, dijo. Era una habitación grande con cuatro literas muy juntas en el fondo. Miré a la monitora asustado. No te preocupes, dormirás solo, en esta época no tenemos grupos. Elige la que quieras. Instálate, dúchate, el baño está al fondo de pasillo. En una hora nos vemos en el patio. Cuando se fue me quedé de pie con la bolsa colgando de la mano derecha. Miraba las literas a ver si alguna se aparecía más apetecible. Cuando estuve seguro de que nadie rondaba por allí fuera, tiré la bolsa sobre una de las camas y comencé a probar los colchones uno por uno. Dormir arriba tenía el atractivo de que se dominaba la habitación, la sensación de dormir en una atalaya en la que no puedes ser sorprendido. Las camas de abajo tenían el atractivo del recogimiento, de dormir dentro de una pequeña cueva que conserva mejor el calor durante la noche. Elegí una de abajo. La del extremo más alejado de la ventana. Me quité la ropa y me tendí bocarriba en la cama elegida sin deshacerla. Pensé en la monitora. No me había fijado en cómo era. Eso significaba básicamente que no me había fijado en si estaba buena o no. Me cabreó el despiste porque ahora no podía saber si me tenía que hacer una paja pensando en ella. Me comprometí a fijarme cuando me volviese a encontrar con ella, que, por cierto, tenía que ser en unos minutos. Dejé la ducha para otro momento. En el patio se juntaron con nosotros cinco chicos más. Tenían aspecto de estar cumpliendo condena. Me centré en la monitora. Determiné que estaba buena y que por la noche pensaría en ella. Nos enseñó las instalaciones. Ninguna sorpresa: El patio, un salón de actos en el sótano, pistas de deporte y las habitaciones que ya conocíamos. La rutina era sencilla, nos dijo, para que aprendiésemos a organizarnos solos. Yo entendí que no tenía ninguna gana de andar detrás de seis adolescentes semiabandonados. Me pareció razonable. Aquellos fueron tres de los mejores días de mi vida. Nos levantaban a las ocho, nos daban un desayuno estándar y nos dejaban libres hasta las doce. Me los pasé sentado al sol o tirado en la cama. Había llevado dos libros conmigo: Rayuela y Ficciones. Cuando a mediodía iba a unirme al resto para jugar al fútbol, me miraban como si fuese imbécil. Supongo que tendría cara de pasmado después de haber habitado los científicamente imprecisos mundos de Uqbar o Tlön o después de haber paseado buscando un encuentro casual (o no tanto) con la Maga en un París que olía a mate y a música de jazz. No sabía lo que era el jazz, ni el mate, ni el boom. No tenía ni idea de dónde salía aquel montón de exiliados. Tampoco, por supuesto, sabía distinguir la ficción racionalista de la ficción mágica. En resumen, yo era de los que apretaban desde abajo el tubo de dentífrico. Los chicos que cumplían condena, me dejaban vivir pese a mi aspecto alelado, porque sabía jugar al fútbol. El trato parecía ser que mientras diese cierto espectáculo en el partido de mediodía, podía seguir absorto. Después de comer me sentaba en un banco. El sol tibio de primavera me acariciaba la cara cada vez que la levantaba al terminar de leer ciertas frases: “…Y porque se ha salido de la infancia (…) se olvida que para llegar al cielo se necesitan, como ingredientes, una piedrita y la punta de un zapato”. Cerraba con fuerza los ojos para imaginar lo que se vería a través de aquel calidoscopio parisino. “Todo llegaba a su hora”. La ficción y la realidad se fundían en una intensidad blanda. Patterns pretty as can be. Por las noches follaba inagotablemente con la monitora. Tres días en carne de gallina. Al cuarto tuve una llamada. Subí al despacho del director que se mostró extremadamente amable. Me señaló el aparato rojo, tipo góndola, y se esfumó en el momento en el que lo levanté y dije ¿diga?. Hijo. Era mi madre. Hola mamá. ¿Cómo estás? Bien, aquí se está muy tranquilo, es como estar de retiro espiritual; aunque echo de menos a mis amigos, mentí. No te preocupes, pasado mañana vamos a por ti. Vale, dije intentando que no se notase la rabia. Ha pasado algo. ¿Qué, mamá? La abuela. Escuché cómo aspiraba los mocos. Luego un silencio muy corto. La abuela se ha muerto, hijo. Indagué dentro de mí para saber qué sentía. Nada. Me puse nervioso porque sabía que había que sentir algo. Aquello era grave. Pensé que tendría que llorar como estaba llorando mi madre. Nada. No llores mamá, dije. Volvió a aspirar los mocos. No estoy llorando, hijo, no te preocupes, te llamamos pasado mañana para ir a recogerte. Colgué el teléfono. Volví a buscar en mi cuerpo alguna emoción destacable. Nada. Al salir, el director me abrazó y me dijo lo siento. Yo seguí andando. No podía hacer otra cosa. Me crucé con la monitora que, creo, me miraba con lástima. Me tumbé en la cama. No fui a comer. Pasé la tarde tumbado mirando al techo. A ratos me dormía. A ratos indagaba. Soñé cosas extrañas; con el sabor a anisete de las hojuelas que hacía mi abuela. Con la escalera empinada de la casa del pueblo. Con la sangría de las fiestas. No recuerdo si llegué a sentir algo. No fui a desayunar, ni a jugar al fútbol. Fui a sentarme en el banco. El sol era generoso, claro, estaba alto en medio del cielo ligeramente blanquecino. Levanté la cara, abrí los ojos y no me hizo daño. Sentía solo la blandura de aquel calor perfecto capaz de devolver la vida a los muertos. Bajé la mirada y empecé a leer: “Andaban en la escalera. A lo mejor es Horacio, dijo Gregorovious. A lo mejor, dijo la Maga. Más bien parecería el relojero del sexto piso, siempre vuelve tarde ¿a usted no le gustaría escuchar música? ¿A esta hora? Se va a despertar el niño…”

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