Ya No Me Extraña Nada

Hay un tipo de conductor —y de “persona” probablemente— que ha interiorizado las normas de una forma peculiar. Esta peculiaridad le hace viajar especialmente atento a los incumplimientos normativos de los demás. Él —porque suele ser un hombre— sube al coche con la gravedad del que es perfectamente consciente de su responsabilidad y sale a la calle como lo haría un avezado hermeneuta de la legislación vigente. El claxon es su principal herramienta de trabajo; le sirve como medio de amonestación para dejar patente que solo él conoce y entiende las normas de modo suficiente. Los demás haríamos bien en hacerle caso de una vez por todas. Esta tipología tiene su origen en una evolución de la especie —iba a escribir humana pero algo me ha llamado a no ser impreciso— que ha llegado a considerar las normas un fin en sí mismo en lugar de un medio para conseguir la convivencia. Se los puede identificar fácilmente porque demandan normas como solución a cualquier tipo de problema y se identifican con frases del tipo “podremos convivir cuando todos sigamos las normas”. Para ellos, la convivencia solo se puede conseguir desde la uniformidad y la previsibilidad. Este tipo de conductor no es nuevo. Ya cuando yo tenía diecisiete años e iba en bici a todos los lados, me los encontraba a menudo. Es cierto que yo era un ciclista apasionado. La pasión —lo sabemos todos— se caracteriza por una falta de prudencia tan atractiva como peligrosa. Además, mi apego a las normas ha estado fuertemente condicionado por la rígida educación que me infligieron. Quizá por eso utilizaba la bici para trasladarme a un espacio descomprimido. Una vez que llegué a manejarla con agilidad, disfrutaba de aquellos desplazamientos rápidos, silenciosos, suaves. No todo el mundo sabe que en la bici se alcanza una velocidad suficiente para tomar algo más que distancia física de los urbanitas andantes. Moverse en la bici por la ciudad con diecisiete años era parecido a pasar a una dimensión donde la lógica en la que se ha escrito el código de circulación, quedaba superada de forma natural. Un ceda el paso o un stop, servían solo para interrumpir las posibilidades de fluir en esa descompresión en la que los lugares estaban situados en un continuo perfecto. ¿Por qué tengo que parar aquí cuando el espacio que me separa de mi destino está limpio y nada ni nadie me puede impedir llegar a él? El problema para los seres de orden es que, una vez estás en esta dimensión, es fácil alcanzar tu destino si frenar ni hacer daño a nadie pese a la gravedad insoportable de las prohibiciones. Así que yo frenaba lo menos posible. No lo hacía —me parece— por ningún tipo de maldad. Es cierto que, demostrar la relatividad de la norma saltándomela sin que dios me fulminase, aportaba un extra de disfrute al viaje; pero la esencia del placer era estar fuera del mundo, creedme. Había noches en las que volvía a casa a las cinco de la mañana deslizándome por las calles vacías con mi bici morada en completo silencio. Llegaba a un cruce en el que los semáforos rojos destacaban sobre el fondo del cielo azabache, miraba a un lado y a otro para confirmar que no venían coches y lo que me invadía no era la sensación que provoca la constatación de que no venga ningún coche; la sensación era la de la evidencia de que no iba a pasar por allí ningún coche nunca más. Era lógico seguir dando pedales. Hubiese resultado extraño renunciar a aquella sensación de tranquilidad por detenerse debajo de una luz roja que aullaba a la luna. Que este razonamiento no es absurdo, lo constaté años después cuando descubrí con inesperada sorpresa, que en países de Europa central considerados civilizados, los semáforos pasan a intermitentes durante toda la noche. Será que se confía en que los cuatro conductores que pasen por allí sean capaces de ponerse de acuerdo. Esta situación pondría nervioso a nuestros entusiastas de la norma que saben que no se puede confiar en nosotros. A mí siempre me han interesado más las sensaciones que los razonamientos. Así que yo iba en bici disfrutando de una permanente sensación de ligereza, de armonía, de que había sitio para todos. Es cierto que también me daba cuenta de que no todos fluimos al mismo ritmo y aprendí que, quizá, convivir no es ir todos al mismo ritmo, convivir es tener en cuenta a los que no van al mismo ritmo que tú. Los conductores podían frustrarse por tener que ir detrás de mí a quince por hora, por eso, si había ocasión y sitio, me echaba a la derecha para que pudiesen pasar. Cedía el paso a los peatones o a los coches ajustando mi velocidad al movimiento del peatón o del vehículo. Si los dos podemos pasar sin detenernos ¿tenemos que pararnos porque lo exija la norma? Sucedían a veces entendimientos tácitos con peatones o conductores que me hacían concebir esperanzas. Pero la mayor parte del tiempo se producían desencuentros por aquello de que estamos demasiado seguros de llevar razón. Un día, camino del colegio, aminoré mi marcha delante de un semáforo que estaría rojo por poco tiempo. Había pasado por allí suficientes veces para saber en qué momento cambiaba a verde, así que me puse delante de los coches que esperaban —fundamentalmente para no tragarme gratuitamente el humo de sus escapes— y sin poner pie a tierra, avanzando algunos centímetros, apuré hasta que el semáforo pasó a verde. Tuve mala suerte y uno de los conductores en la cola era un fanático de las normas. Tardó menos de un segundo en pitar con energía. Yo no tenía tiempo de explicar a aquel hombre esto del fluir y el sitio para todos, así que seguí mi camino. Al adelantarme oí que, asomándose levemente por la ventanilla, decía: es que eres un poco idiota, ¿a que sí? Era lógico, a mi edad, que me dejase llevar por ese impulso de lo que quieras pero sin insultar. Así que dejé mi bici a un lado y me acerqué a preguntarle a qué se refería. No fue una pregunta acertada porque, en ese momento, su profundo conocimiento de la normativa obnubiló su razón. Abrió la puerta con fuerza mientras empezaba a desplegar —cierto que con no muy buenas maneras— sus capacidades hermenéuticas. Mira niñato, cuando un semáforo está en rojo hay que detenerse completamente. Y, claro, repitió completamente con chulería para asegurarse de que yo le entendía. Como al intentar abrirla, me golpeó con la puerta del coche en la rodilla derecha, en un acto reflejo la empujé con fuerza para cerrarla de nuevo. El hermeneuta quedó atrapado y forcejeamos durante unos segundos. Él por salir, yo porque se quedase donde estaba. Más me hubiese valido seguir empujando. Cuando consiguió liberarse me di cuenta de la magnitud de mi mala fortuna. No solo era un fanático de la norma, también era una jugador de rugby o algo por el estilo. Mediría tranquilamente sus buenos ciento noventa centímetros y tenía unos brazos y unas manos capaces de derribar árboles. Yo siempre he sido más bien enclenque. Es fácil imaginarse cómo me sentí cuando me enganchó por las solapas en un gesto —sin duda de intención pedagógica— que pretendía que la idea de “detenerse completamente en los semáforos en rojo” se grabase en mi raquítico cerebro de ciclista apasionado. Me salvó del bofetón —porque creo que el animal se había dado cuenta de su superioridad física y los restos de humanidad que todavía atesoraba le recomendaron no matarme— un peatón que tuvo piedad de mí e intervino para separarnos. Además, el resto de conductores se impacientaba porque ni nos pegábamos, ni les dejábamos avanzar. Mientras nos separaban otros peatones yo le preguntaba al fanático de la ley, que quién se creía para ir insultando a la gente por ahí. Él seguía llamándome idiota cada vez que conseguía dejar de pensar en el artículo del reglamento que obliga a pararse completamente en los semáforos en rojo. Cuando se acabaron los forcejeos, mientras recogía mi bici del suelo, me gritó: No me extraña que os maten. Aquella era una frase estrafalaria. Empecé a pedalear intentando recuperar la serenidad. No estaba seguro de a qué se refería el hermeneuta con eso de que nos maten. Una posible explicación era que existía un grupo terrorista dedicado al exterminio de los ciclistas apasionados. No tenía noticias pese a que a este tipo de cosas se les suele dar una desproporcionada atención mediática. Lo descarté. Podría ser una imprecisión. La expresión de un deseo mal articulada. En este caso, el fanático querría más bien decir que le gustaría que nos matasen o, sin llegar a tanto, que nos lo teníamos bien merecido. Donde dijo “os maten” quiso tal vez decir “morir en lamentables accidentes de tráfico”. Pese a todo, el hecho de que no le extrañara me seguía incomodando hasta hacerme pensar seriamente en ese conjunto de supuestas barbaridades que yo hacía para merecer la muerte. Distraído en esta evaluación de mis actos apasionados, estuve a punto de atropellar a un peatón y de ser embestido al invadir el carril contrario. Lo primero que hice en el colegio fue ir a lavarme la cara. El sonido del agua al correr me inflamó la vejiga hasta el punto de que tuve que mear en el lavabo. Mi cerebro se descomprimió con gran alivio a medida que el líquido abandonaba mi cuerpo. Quizá esa inflamación había torcido mi carácter hasta llevarme al enfrentamiento. Fue entonces cuando tuve la certeza de que a aquel hombre no le preocupaban las implicaciones de sus frases. Decía lo que tenía que decir. Para aquel hombre no era necesario reflexionar o medirse, conocía la verdad y, si no fuese por gente apasionada como yo, podría vivir en paz. Mientras me subía la cremallera del pantalón no pude evitar sentirme culpable.

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