El Autor Material

“No teníamos la más mínima intención de destruir aquella casa. Solo queríamos pasar la tarde y, como había una chimenea, asar panceta y chorizos”. También queríamos —por qué no decirlo— refugiarnos, beber nuestras litronas a cubierto, salir de la intemperie en la que pasábamos la mayor parte del tiempo. Era la casa de los padres de uno de nosotros ¿por qué íbamos a querer que le pasase nada malo? Sin embargo, eso fue lo que pensó todo el mundo. Que queríamos reducirla a cenizas. Que nos poseía una especie de espíritu de destrucción gratuito —especialmente a mí—que, allá dónde íbamos, nos hacía pensar que podíamos arruinar el trabajo de esforzados ciudadanos que se ganaban la vida honradamente. Fuimos acusados, por lo tanto, de allanamiento de morada, de robo con fuerza en las cosas y de vandalismo. Los fiscales son seres extraños. Gente resabiada que —probablemente por la absurda cantidad de tiempo que han dedicado a estudiar la legislación (que es un corpus que no tiene mayor interés pese a que resulta muy útil para el mantenimiento de cierto tipo de orden)— tiene una única habilidad: la de ajustar los hechos narrados por un policía a la tipificación de algún delito. He oído que miden su pericia en función de la cantidad de delitos que pueden hacer encajar en el mismo relato policial. En el fondo, ellos saben que son los únicos que pueden salvarnos del mal que nos acecha. Un fiscal no puede entender que los adolescentes se pasen el tiempo buscando un lugar en el que estar. Por aquel entonces no tenía la capacidad de explicarlo, hoy sé que no tener un sitio en el que estar es algo profundamente transgresor. Nosotros, cuando éramos adolescentes, nos pasábamos el día a la intemperie; yendo y viniendo en busca de lugares discretos, recónditos y templados en los que poder parar. Diría que esta incertidumbre nos generaba ansiedad si no fuera porque cuando estábamos más de una hora en el lugar que fuera, empezábamos a sentir una irresistible necesidad de cambiar de sitio. En definitiva, éramos incapaces de estarnos quietos. La casa está casi terminada, solo quedan algunos remates. Eso dijo nuestro amigo al proponérnosla como refugio para el día siguiente. Estábamos buscando un sitio diferente en el que pasar la tarde del sábado porque las circunstancias recomendaban no ir a los habituales. Las circunstancias eran que una panda de adolescentes impulsivos algunos años mayores que nosotros, nos estaba buscando para vengar una afrenta sentimental. Uno de nosotros —no hace falta decir que yo no era— había aprovechado un descuido para enrollarse con la novia de un miembro de aquella banda. Se trataba de una rubia menuda y tímida de ojos azules que encajaba a la perfección con el canon de belleza occidental. Mucho nos temíamos que el castigo que nos tenían preparado iba a estar a la altura de aquella belleza. Hay que tener en cuenta —antes de precipitarse a juzgar nuestra prudencia como falta de valor— que estamos hablando de media docena de tipos que nos sacaban una cabeza. Tenían cuerpos a la altura de su hipertrofiado ego y de la compulsión con la que acudían al gimnasio. Creo que, incluso, varios de ellos practicaban culturismo. No teníamos nada que ganar, era mejor buscar un sitio seguro. Además, mi padre ha puesto chimenea en la bodega, podemos hacer barbacoa. Aquel reclamo cancerígeno fue decisivo: Quedamos para el día siguiente. A la casa tuvimos que entrar trepando hasta la terraza del primer piso y, desde allí, colarnos por una ventana pequeña que todavía no tenía cristal. Cubrimos con bolsas de supermercado el suelo de la bodega y nos aplicamos a beber cerveza. Eso me animó. Yo era el encargado de preparar el fuego en aquella chimenea que jamás volvería a estar tan limpia como al principio de aquella tarde. La recuerdo con la sensación agridulce con la que se recuerda el primer pecado. Hasta que acabamos con los primeros tres litros, comíamos en silencio aceitunas sabor a anchoa, banderillas y una mezcla barata de frutos secos. Teníamos que haber traído música, gruñí. Después del tercer litro les dio por hablar. Cuando me quise dar cuenta estaban hablando del futuro. Uno se imaginaba como un afamado doctor especialista en deportes de élite. Otro aseguraba que sería ingeniero y que se dedicaría al diseño de dispositivos móviles. El tercero había decidido que estudiaría Icade. El último, con una seguridad aplastante, aseguró que iba a ser periodista. Yo estaba abrumado ante tanta clarividencia. Por el silencio que se hizo, intuí que me tocaba decir algo y lo único que tenía claro es que no tenía nada que decir. Dije: ¿dónde está el carbón? No debieron oírme porque me hicieron preguntarlo de nuevo. Tuve suerte de que la bolsa con el saco de carbón se hubiera traspapelado. Entretenidos en la búsqueda, olvidaron de lo que estábamos hablando. Yo aproveché —espoleado por la voluptuosa sensación de profanar lo inmaculado— para avivar las llamas. Me concentré en disfrutar de cómo el fuego y el humo iban apagando los colores, ocultando las texturas detrás de una cortina negra cada vez más espesa. Los ladrillos, que cuando llegamos eran de un color vainilla rugoso, se habían convertido en pocos minutos en bloques planos indiferenciados de una grisura cada vez más opaca. Aunque se me pasó por la cabeza enviar una queja a los fabricantes de chimeneas por no fabrican esos ladrillos en un gris humo más adecuado a su destino, estaba realmente excitado con la idea de que aquello no tenía remedio. Nada podía devolver la limpieza original como ninguno de nosotros podemos volver al estado de inocencia después de haberla perdido. El futuro doctor, empezó de pronto a hablar de la teoría de la relatividad. Dijo que el hecho de que estuviésemos en este determinado lugar del espacio-tiempo no excluye que existan otros lugares en el espacio-tiempo en los que simultáneamente nos estarían pasando cosas diferentes. Ninguno le entendimos. Intentó explicarse mejor diciendo que esta teoría demostraba matemáticamente que todo era posible y podía estar sucediendo en paralelo sin que nos enterásemos porque nosotros no podemos enterarnos de más de una cosa a la vez. Mientras removía las primeras brasas admirando la lenta e irrevocable labor del fuego, reconocí para mí mismo que aquello sonaba interesante. Aun así, no acababa de creer que lo que decía fuera posible. Intervino el futuro ingeniero para reivindicarse como especialista en la materia aclarando que estábamos hablando de posibilidades teóricas basadas en la relación demostrada entre el espacio y el tiempo. En primer lugar, ambos conceptos eran relativos. El espacio y el tiempo dependen del observador y, por lo tanto, cambian dependiendo de quién los mida. Además, el hecho de que ambas magnitudes estuviesen en relación —hecho que se había demostrado en algún experimento astronómico— implicaba que la variación de una de ellas suponía la variación de la otra. Puso entonces el ejemplo del Planeta de los Simios: Cuando viajas en el espacio, también viajas en el tiempo. A partir de cierto umbral de velocidad puede suceder que viajes más en el tiempo que en el espacio. Por eso cuando Charlton Heston regresa a la tierra, han pasado miles de años en los que él no ha ido a ningún lugar. Ha estado dando vueltas a tal velocidad que se ha ido a otro sitio del tiempo. Avivé las llamas para disimular mi confusión ante aquellos seres en los que ya no reconocía a mis amigos. Yo tenía ganas de hablar de incertidumbres, de cosas indeterminadas, de sensaciones vagas y ellos parecían haber puesto fin a todas las dudas. Así que intenté cambiar de tema. No me jodáis, dije, habláis como autómatas programados para recitar la enciclopedia. Me alegré de que aquello les hiciese callar. Pero ya sabemos cuánto dura la alegría; a los pocos segundos, el aspirante a periodista me hizo notar que no quedaba tanto para que los autómatas hiciesen las cosas que nosotros no queríamos hacer. El ingeniero en ciernes apostilló: lo harán todo, queramos o no queramos hacerlo; mira las fábricas de coches, pronto solo habrá robots en ellas. Además del ladrillo, a estas alturas las llamas chamuscaban con decisión la panceta y los chorizos. No me importaba demasiado porque yo no iba a comer aquellos primeros trozos. La lógica de la cortesía indicaba que a mí me correspondían los últimos, los que se harían a fuego lento con las brasas templadas. Bebí un buen trago de la litrona que tenía a mis pies. Ellos discutían ahora sobre cuáles de nuestras compañeras de clase tenía las tetas más grandes. Ana parecía estar en cabeza aunque el médico —que, comprensiblemente, se consideraba una autoridad en lo referente a anatomía— nos hizo notar que Laura, aun siendo más fea en conjunto, tenía sin lugar a dudas las tetas más grandes. Puede que excitado por la imagen de las enormes tetas de Laura, al mover las brasas para apagar las típicas llamas de grasa cayendo sobre carbón, un par de trozos incandescentes se fueron al suelo. Me quedé mirando cómo aquellos pedazos incandescentes —aparentemente inofensivos— intentaban hacer un agujero en las baldosas marrones que yo había pisado por primera vez. Imaginaba que eran capaces de salirse con la suya y que se incrustaban en la baldosa de manera artística e indeleble. ¡Cuidaó tío! Que jodes las baldosas y me mata mi viejo. Lentamente las recogí lamentando para mis adentros no poder ver al resultado final de la batalla. Terminé mi merienda y rematé la segunda litrona. Estaba bastante borracho. El que iba a estudiar Icade, que había estado callado durante toda la tarde, empezó a aleccionarnos sobre la situación de la economía mundial explicándonos con todo detalle porqué es fundamental reducir la deuda pública para aumentar la competitividad. España —nos espetó— no es competitiva porque su balanza de pagos es negativa y no aporta ni mercancías ni servicios de valor añadido. Me dio una arcada y el reflejo me hizo que me golpera la cabeza contra el borde de la mesa. Cagüenlaputa, gemí mientras el Icade —que también era quien menos había bebido— profundizaba en su argumento sobre la necesidad de flexibilizar el mercado laboral. Me despertaron los ruidos de las bolsas en las que iban recogiendo el vidrio y la basura. Alguno de ellos me dio un codazo. Hay que limpiar eso. Sonreí sin abrir los ojos demasiado al recordar cómo estaba la chimenea cuando llegamos y compararla con aquellos ladrillos ennegrecidos apagados por la ceniza. Empecé a sacar las brasas que quedaban utilizando un recogedor de plástico que se iba arrugando poco a poco por el calor. Puse papel de estraza con restos de carne en el fondo de una de las bolsas de supermercado. Como la bolsa se fundía, la metí dentro de otra y ésta la metí dentro de una más; cuatro bolsas parecían aguantar el calor. A mi alrededor los otros se afanaban en barrer y fregar. Desde la ventana sin cristal se veían algunos montones de ladrillos bien ordenados, sacos de plástico llenos de arena fina, sacos de cemento amontonados de a tres. Hacía un frío tibio de otoño. A la izquierda había un montón heterogéneo de desperdicios que no se identificaban bien en la semioscuridad. Hice dos nudos a la bolsa, me tomé unos segundos para apuntar y la lancé con cariño. Siempre he tenido buena puntería —otra de mis habilidades peregrinas— así que la bolsa cayó en medio del montón. Me felicité sin aspavientos. Nos descolgamos como nos permitió el alcohol. El Icade seguía hablando. Había pasado a explicarnos el funcionamiento detallado del mercado de valores. Al descolgarse por la ventana se balanceó demasiado y estuvo a punto de caer hasta el suelo y romperse las piernas. Yo estaba todavía en la terraza siguiendo con la mirada a una rata que olfateaba el montón de basura. Al ver que el economista no iba a caer dentro, me incorporé con desgana y le agarré por el pantalón tirando hacia mí. Cayó mal, pero cayó dentro. Estaba bien porque inmediatamente continúo su discurso sobre el índice Nikkei. Le agarré de la cazadora y le dije al oído, calla ya. Pasamos en grupo junto al montón de basura. Todo parecía en orden. Estaríamos como a dos quilómetros de la casa cuando oímos las sirenas. Apretamos el paso. En la exposición de los hechos, el fiscal afirmó que parecía claro que no teníamos sentido de la medida, que muy probablemente pensáramos que aquello era divertido porque no éramos capaces de valorar lo que cuesta todo y las consecuencias de nuestros juegos. Pasó a enumerar, con cierto regodeo, las consecuencias —incluyó, además de desperfectos materiales millonarios, la posible pérdida de vidas humanas— y realizó su petición de condena: Nueve meses para cada uno de mis amigos y dos años y medio para mí como autor material de los hechos. Mis amigos se habían endomingado para la ocasión. Aparecieron cada uno con su abogado y contaron un relato sospechosamente parecido en el que, poco más o menos, yo hacía arder la casa pese a sus advertencias. No se me había pasado por la cabeza contratar un abogado. Tampoco, claro, tenía dinero para pagar uno. Para mi desgracia, además, esa mañana había elegido un pantalón vaquero roto por diversos sitios —era la moda— que me hacía parecer culpable. Cuando aquel ser estirado y rancio me preguntó, yo seguía sin tener nada que decir. Empecé a hablar después de imaginarme los ladrillos de aquella casa sin estrenar irremediablemente chamuscados: “No teníamos la más mínima intención de destruir aquella casa…”

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