Sobre la Posibilidad de Vida Alienígena en Mundos Peregrinos

Mis padres estaban entonces convencidos de que su hijo pertenecía a una especie de seres alienígenas caracterizados por la inconstancia y por la incapacidad de hacer cosas de valor. A quien quisiera oírles, le decían sin atisbo de vergüenza que su hijo no era capaz de hacer nada que requiriese más de diez minutos de concentración. Que ya tenían asumido que era y sería un fracasado. Yo, cuando me di cuenta de esto, me empeñé durante algún tiempo en demostrarles que no era así: me esforzaba por jugar mejor al fútbol, por aprender canciones en inglés, incluso me esforzaba de vez en cuando por sacar buenas notas en ciertos exámenes; que eran cosas que ellos parecían valorar. Sin embargo, todo era inútil; ellos tenían razón cuando me recordaban que siempre es posible hacerlo mejor. Estas pequeñas frustraciones me hicieron comprender que era más inteligente dejar de esforzarse. Y así lo hice. Lamentablemente mis padres nunca supieron que llegué a ostentar algunos récords meritorios —aunque peregrinos— en mi pandilla: fui el que aguanté casi siete días sin comer; el que se bebió un cachi de cerveza de un solo trago en nueve coma cinco segundos; el que estuvo más tiempo sin ver la tele ni un solo minuto: treinta y dos días; fui el que más vueltas di a la manzana corriendo y el que más veces salvó a sus compañeros jugando a rescate; el que aguantó un minuto treinta y nueve segundos sumergido en el agua; y, por supuesto, fui el que más veces se masturbó entre las nueve y las veintiuna horas de un día de verano de mil novecientos ochenta y siete: seis veces. No estoy seguro de que mis padres encontrasen algún valor en el esfuerzo que hacía para establecer esos récords. No les culpo. Este tipo de habilidades no están reconocidas socialmente. Puede que mis padres —incluso puede que yo mismo— vivan aún temerosos de que el alienígena inconstante vuelva; sin duda conocen mi tendencia congénita a hacer cosas improductivas, poco valoradas socialmente o de retribución imposible. Cuando me da por pensar en esto, como he hecho hoy, me invade desde el estómago una melancolía paralizante que dura varios días. Esos días los dedico por completo a imaginar mundos en los que solo se hacen cosas peregrinas.

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