Si Supieseis lo que Pasa por Mi Cabeza

Me inicié en la comisión de delitos con el allanamiento de morada. No era yo mal estudiante. Diré mejor: no tenía yo malos resultados en las pruebas de aptitud que nos hacían pasar periódicamente en el colegio. Por regla general, las salvaba con solvencia dedicando a prepararlas un tiempo residual. Como cualquier adolescente curioso, prefería dedicar mi tiempo a otras actividades menos pautadas. No era que odiase estudiar, algunas de las cosas que aprendía me proporcionaban cierta satisfacción —que por supuesto no confesaba— era simplemente que obtener buenos resultados en los exámenes, funcionaba en ambientes de moralidad predominantemente burguesa — y puede que siga funcionando, no lo sé— como convención social, como una especie de regla de cortesía para con la familia e, incluso, como una forma básica de adaptación social. En cuanto a mi actitud avanzaré solo que, a juicio de mis profesores, dejaba mucho que desear: según ellos me manifestaba de un modo inconveniente, extravagante, poco adecuado. En este contexto, mi mejor amigo y yo, decidimos desafiar la convenciones sacando ventaja de la evolución tecnológica. Estábamos en el tercer año del Bachillerato Unificado Polivalente. Fantástico nombre que nunca tuvo ningún sentido para nosotros por lo que decíamos simplemente bup. Hasta aquel momento, las preguntas de los exámenes finales se guardaban en la cabeza del profesor de turno que las revelaba con grandilocuencia solo después de habernos obligado a ponernos en modo examen. Probablemente en un esfuerzo por modernizarse, por empezar a usar las nuevas tecnologías —el ordenador personal y la impresora matricial— nuestro colegio decidió que los exámenes finales se nos entregaran en folios perfectamente impresos con el logo oficial que también se añadió a las hojas en las que escribíamos nuestras respuestas. Aquello daba empaque y categoría al asunto. Lo harían por eso. A nosotros el empaque y la categoría nos traían sin cuidado, sin embargo, nos llamaron la atención ciertas implicaciones del nuevo proceso de gestión de exámenes que, como veremos, presentaba algunas debilidades. ¿Qué adolescente no ha soñado alguna vez con tener las preguntas de los exámenes finales una semana antes? Nosotros lo soñamos. Lo soñamos durante varios meses. Conste otra vez, que no se trataba de que necesitásemos hacer trampa para aprobar. Nos movía, ya lo he dicho, un espíritu transgresor y, sobre todo, la creencia de que era necesario confirmar aquello de que todo es posible. Ahora, en la madurez, estamos acostumbrados a tener sueños renunciando con normalidad a la posibilidad de convertirlos en realidad. O más aún, arrinconamos los sueños, con toda normalidad, porque nos han llegado a parecer impropios de seres civilizados. Pero para un adolescente, que haya cosas imposibles o que los sueños no se puedan hacer realidad, es traumático y se resiste a creerlo de forma natural. Y hace bien. Nos llamó la atención, en concreto, que el uso de la nuevas tecnologías implicaba la revelación de las preguntas con una cierta antelación. Razonamos que esa antelación debía ser, como mínimo de un día: El día anterior al examen la revelación debería materializarse y multicopiarse. Era razonable descartar que alguien optase por andar llevando y trayendo de su casa los cuarenta y tantos folios con las preguntas reveladas. Si añadimos a esto que, por su trabajo, los profesores tienen cierta obligación de ser previsores, se abría la posibilidad de que la revelación estuviese varios días materializada esperando el momento establecido para la prueba. Las medidas de seguridad eran las estándar: la llave de la puerta de acceso al edificio y la llave de la puerta de la sala de profesores. No teníamos constancia de que hubiese otras. Analizamos primero, la tipificación del delito correspondiente. El allanamiento de morada está castigado por nuestro código penal con penas de entre seis meses y dos años. Aquello debería ser disuasorio y seguramente lo sea cuando no se trate de cumplir un sueño.  Tampoco nos pareció que un colegio pudiera ser considerado un domicilio, ni que estuviese dedicado a actividades propias de la vida privada de nadie, así que estábamos a salvo. Dos llaves nos separaban de nuestro sueño. Comenzamos a maquinar cómo conseguirlas. Ya puestos a incumplir la ley se nos ocurrió que robárselas al jefe de estudios era lo suyo. El Urco —así le llamábamos por su extraordinario parecido físico al personaje del Planeta de los Simios— era un hombre primario que portaba consigo un enfado permanente que, con toda seguridad, él creía le dotaba de autoridad. Yo visitaba su despacho con cierta regularidad —por esos problemas de actitud que supuestamente tenía— y llegué a cogerle cierto cariño cuando comprendí que su repertorio era extremadamente limitado —te pondremos el segundo aviso grave, recuerda que al tercero se causa baja; así no puedes seguir; cuándo te vas a dar cuenta— y que, incluso, era capaz de sentir emoción aunque solo fuera en forma de lástima hacia mí. Creo que, en el fondo, consideraba que yo era un buen chico. Si él hubiese sabido lo que se pasaba por mi cabeza… Descartamos la posibilidad del hurto —poética coincidencia que el apodo y el delito rimen— porque después de estudiar el cómo, comprendimos que era demasiado arriesgado: al Urco le gustaba jugar con su llavero y hacerlo sonar en el interior del bolsillo derecho de su pantalón. Lo echaría de menos demasiado pronto para que pudiésemos duplicar la llave. La tienda en la que lo haríamos ya estaba localizada. Durante este tiempo demostramos tener cierto talento para la comisión de delitos. Creo que estoy orgulloso de ello porque en medio de la escasez, cualquier forma de talento puede ser considerada suficiente. A medida que íbamos conociendo detalles de la legislación vigente, nos adaptábamos a la forma de pensar del legislador para que nuestros actos delictivos le pareciesen lo menos graves posibles. Por ejemplo, decidimos que teníamos que conseguir que nos prestasen las llaves por alguna razón lícita. Hacer las copias, pensábamos, era un acto bastante inocuo y, en cualquier caso, completamente necesario para nuestro sueño. Siendo ambos deportistas, un esguince era una lesión creíble y razonable la petición de quedarnos en el aula preparando los exámenes en lugar de acudir al gimnasio para no hacer nada. Así que allí nos quedamos solos mi amigo y yo. El profesor de dibujo era un hombre sensible al que le parecíamos encantadores porque rebosábamos energía y comprendimos a la primera el principio del arte que tenía como objetivo inculcarnos durante el curso: El atrevimiento. Nos planteamos, incluso, la posibilidad de contarle nuestra idea. De algún modo, intuíamos que el plan compartía los principios básicos de una obra de arte. Incluido —ahora lo sé— la necesidad de pasar desapercibido. Con desparpajo y con la excusa de que teníamos que subir al aula unas mesas que se habían sido reparadas, conseguimos que el profesor de dibujo nos prestara su manojo de llaves. Es emocionante cuando las cosas difíciles salen como esperas que salgan. Yo tenía el centro del pecho encogido mientras probábamos para identificar la de acceso y la de la sala de profesores. Nos costó un minuto,  éramos buenos. Mi amigo salió disparado —era el más rápido de los dos— hacia la máquina copiadora de llaves. Yo me quedé encargado de subir aquellas mesas al aula y evitar que, por cualquier motivo, el profesor de dibujo recuperase el manojo antes de que las llaves originales estuviesen otra vez enganchadas en él. Fue una espera larga, llena de angustia, en la que me tocó explicar al Urco la supuesta historia de la lesión y las mesas. La lástima que sentía por mí ayudó a hacerla verosímil. A los quince o veinte minutos mi amigo apareció sudando como si acabase de salir de la sauna. Enganché las llaves en el sitio en el que estaban y bajé a devolvérselas al profesor de dibujo. Aproveché para preguntarle por qué los personajes de las pinturas de Marc Chagall están siempre torcidos o volando o son como demasiado grandes. Me dijo que ser artista era algo así como no tener demasiado tiempo seguido los pies en el suelo. Vale, dije yo. Luego volví al aula. A mi amigo, cuando sonreía, se le ponía cara de chino. Me enseñó las dos llaves en la palma de su mano. Nuestro sueño estaba cada vez más cerca. En realidad, solo nos faltaba elegir un día y una hora. Decidimos hacerlo a las tres de la mañana dos semanas antes del primer examen. Escaparnos de casa no suponía ninguna dificultad, no era la primera vez que salíamos de madrugada. Habíamos acordado vestir de oscuro. Saltamos por la parte trasera que daba a unos pequeños jardines con árboles de cierto tamaño que hacían sombra sobre la valla. Nos arrastramos por el tejado y bajamos el patio trasero utilizando como escalera las rejas de las ventanas de las aulas de los más pequeños. Pegados a la pared alcanzamos la puerta de acceso. Yo solo sentía cómo me zumbaban las sienes. Al abrir la puerta el pecho se unió a la fiesta. Estábamos dentro del edificio, junto a la puerta de la sala de profesores. Dicen que la noche es silenciosa pero no es cierto. Está llena de sonidos que recuerdan ruidos de vida. Estuvimos como cinco minutos respirando al mínimo, clavados junto a la puerta antes de decidir que aquellos sonidos no los causaba nada que tuviese vida. La emoción era de tal magnitud que cuando entramos en la sala de profesores yo pensaba que estaba tranquilo. Seguramente había sobrepasado el umbral de la emoción cuantificable por el cerebro. Aquello era pura esencia emocional. Pura intensidad. Abrimos todos los cajones y en ninguno encontramos las pomposas hojas con preguntas de examen. No podíamos decepcionarnos porque sentir a aquel volumen había valido la pena por sí mismo. Volvimos sobre nuestros pasos. Una vez en la calle repasamos nuestro plan por si algo se nos había pasado. A las cuatro y media estaba de nuevo en casa. Me pasé una hora mirando la luna por la ventana respirando cada vez más despacio. No pensaba en nada, pensar no puede competir con estar emocionado. A las ocho mi madre me despertó y me pidió que me levantara del suelo y que me pusiese a estudiar los exámenes finales. ¿Había estado soñando o qué? ¿Cómo era posible que la realidad siguiera allí, inmutable, encarnada en madre? Por la tarde mi amigo y yo hablamos por teléfono. Quedamos a las tres de la mañana dos días después. No teníamos nada que decirnos. Ambos sabíamos que los exámenes finales se habían convertido en una simple excusa. Íbamos a sentir de nuevo aquello. Eran los años ochenta, a nadie le importaba terminar siendo un yonqui. Lo malo del ser humano es que se acostumbra demasiado rápido a las cosas, por eso quizá, la segunda vez fue bastante menos intensa. La tercera, dos días después, estaba resultando casi rutinaria hasta que, al abrir la cajonera del fondo de la sala de profesores, aparecieron unas carpetas de plástico con una pegatina en el centro. En la de arriba ponía “Matemáticas”. La abrimos y, sí, eran las preguntas perfectamente impresas del examen final de matemáticas. En la siguiente ponía “Ciencias Sociales”. En la siguiente ponía “Física y Química”. Había más, pero las despreciamos ¿Quién necesitaba las preguntas del examen de historia si tenía las del de matemáticas?. Que solo cogiésemos los tres primeros demuestra que no estábamos allí para hacer trampas. Solo quedaba salir sanos y salvos para que uno de los sueños esenciales de la vida de un estudiante adolescente se convirtiese en realidad. Creo recordar que habíamos emitido algunos gruñidos al encontrar el botín. Habíamos saltado. Nos habíamos abrazado. Se nos había caído una de las linternas. Quizá habíamos hecho demasiado ruido. Se oía algo al otro lado de la puerta. No nos atrevíamos a abrirla para salir. Nos metimos debajo de la mesa de la sala en la que había sillas para diez o doce profesores. Los folios me los había metido debajo de la chaqueta y al agacharme crujieron al arrugarse. ¿Nos habría traicionado la emoción? Estábamos tan cerca que nos resistíamos a creer que no fuésemos a conseguirlo. Estudiamos la posibilidad de escapar por la ventana pero las rejas lo hacían imposible. Eran las cuatro y cuarenta. Teníamos que salir de allí. Nos armamos de valor y abrimos la puerta de la sala de profesores. Saqué la cabeza poco a poco como esperando ser detenido o golpeado. No me golpearon. No me detuvieron. No había nadie ahí fuera. Pedí a mi amigo que esperase dentro. Abrí despacio la puerta de acceso al edificio, tampoco había nadie allí fuera. Me tranquilicé y decidí tirar de humor. Volví dentro de la sala, mi amigo había encendido la linterna. Me tiré sobre ella y se la apagué. Joder, que está el Urco ahí fuera, ni te muevas. Mi amigo casi se pone a llorar. Se sobrepuso al instante y me dijo que saliésemos y le diésemos de hostias. Estaba oscuro, no nos iba a reconocer. Le dije que vale, pero que iba yo delante. Le oía detrás respirando como respira un león después de una larga carrera para cazar a su presa. Antes de abrir la puerta, temiendo que se me fuese de las manos, le dije que se tranquilizase, que era broma, que no había nadie, que nos íbamos. Me cogió de la solapa con toda su fuerza y me hizo jurárselo. Juré por el dios de los delincuentes y le dije que se iban a joder los exámenes. Me soltó y nos arrastramos hasta la valla trasera. Había luna llena. Mala cosa. Escalamos y nos descolgamos con una agilidad que he perdido hace varios años. Llegamos a la calle. Anduvimos distraídamente como un quilómetro, disimulando, demasiado acostumbrados a que ganase la policía. Por fin, nos paramos. Miramos a nuestro alrededor, la calle estaba perfectamente vacía, nadie nos seguía, nadie andaba por allí, estábamos solos. Saqué los folios y comprobamos con detalle. No había duda. Las fechas cuadraban. El sueño se había hecho realidad. No sabíamos qué hacer, así que no hicimos nada. Ni que decir tiene que aquella emoción era típica, es decir, indescriptible. Por respeto a ese sentimiento, nunca he intentado traducir a palabras lo que mi cuerpo vivió durante aquellas horas. A las ocho, cuando mi madre me recordó que la realidad seguía allí, no me despertó porque no había dormido ni un solo minuto. Abrí los ojos, miré al techo y sonreí.

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