Verano del 86

Yo no sabía lo que era hacerse una paja. Era —seguro— algo esotérico porque al decirlo, sonrió con picardía mientras sus ojos se movían de aquí para allá sin fijarse en ninguna de las cosas que había alrededor. En aquel momento ella se convirtió en una especie de diosa para mí. Escuchaba ansioso cada palabra que salía de su boca a la espera de que alguna de ellas resolviese el misterio. Era tres años mayor que yo. Tenía los labios carnosos, el pelo en caracoles y la piel tostada después de medio verano de piscina. Si me aplico, todavía hoy puedo recordar la emoción que me provocaba ver la diferencia de color de su piel cuando ella, en algún movimiento espontáneo, forzaba la costura de la braga del biquini mientras jugábamos a las cartas sobre la hierba. Esa emoción era la prueba indiscutible de que algo bueno me esperaba cuando me fuese revelado el secreto. Tenía claro que la fe, la insistencia, era clave para conseguir la revelación. Por eso, ir a la piscina se convirtió en mi objetivo prioritario. Al día siguiente de que la frase fuera pronunciada, me levanté a las ocho de la mañana para informar a mis padres de que tenía partido a las diez y, por lo tanto, teníamos que llegar a la piscina lo antes posible. Aunque le pareció demasiado pronto, en un esfuerzo negociador poco habitual, mi padre me ofreció la posibilidad de llevarme en coche y luego volver él a por el resto de la familia. Viendo que el ambiente era propicio, tuve la ocurrencia de añadir que tendría partido todos los días de esa semana —era lunes— y muy probablemente de la siguiente. Mi padre se puso tenso para recordarme que no era el único en casa que tenía necesidades de transporte, que los demás no estaban a mi disposición y que ya debería ser capaz de solucionarme mis problemas yo solito. La respuesta no me frustró porque ya estábamos llegando y la perspectiva de ver a mi diosa lo llenaba todo. Estuve sentado en un banco desde el que se dominaba el aparcamiento más de dos horas. Algunos minutos después del mediodía vi aparcar el Renault 12 divino a pocos metros de mí. Ajusté mi ritmo para coincidir con mi diosa en la puerta del vestuario de mujeres donde, me dijo, iba a cambiarse. Yo me quedé mirando fijamente sus labios por si descubría la respuesta al enigma, solo dijo ahora salgo. Salió deslumbrante, con su biquini negro, los rizos recogidos en una coleta, me sonrió inapreciablemente y se fue a reunirse con los más mayores. Pasé el día vigilando las evoluciones de la diosa. No hubo más acercamientos. Solo señales ambiguas. Esa noche soñé que me tiraba de cabeza a la piscina y que, al intentar tocar como siempre el duro fondo con las manos —costumbre que adquirí de niño y que me servía para compensar la blandura sospechosa del agua— mis manos se hundían en una especie de barro que había sustituido a la pintura azul cielo habitual. No podía verlas. No podía sacarlas. Estaba allí, cabeza abajo, con las manos dentro del fondo intentando gritar sin darme cuenta de que eso me dejaría sin aire. Me estaba ahogando cuando apareció mi diosa, me miró con una sonrisa que no era de estar debajo del agua, me agarró por la muñecas y sacó mis manos sin esfuerzo de aquellas arenas movedizas. Braceé histérico para salir a la superficie y, justo antes de despertarme para no morir ahogado en el sueño, vi sus labios debajo del agua que decían entre las pequeñas burbujas de aire que se pegaban a sus dientes: hacerse una paja. Eran las ocho de la mañana. A partir de aquel día fui a la piscina en mi Torrot MX con un objetivo aún más ambicioso: desvelar el misterio antes de que acabase el verano. Llegaba a las diez, me cruzaba con ella antes de que entrase al vestuario. La veía salir sonriente en su biquini negro. Procuraba estar siempre cerca de donde ella estaba, atento a cualquier señal. Los días que ella no iba a la piscina —había observado que faltaba un par de días al mes—, me tumbaba en la sombra a mirar las hojas de los sauces llorones por no llorar yo. De vez en cuando, me metía en el agua y hacía el muerto hasta que empezaba a tiritar de frío. Salía y me volvía a tumbar debajo del mismo sauce. Un día jugamos a pillar y corrí detrás de ella sin intención de cogerla. Veía su coleta rizadísima empaparse poco a poco de sudor. Veía cómo el enganche del biquini se movía arriba y abajo dejando ver partes de espalda blanca. Veía cómo su culo se tragaba el bañador —por aquel entonces el tanga era una prenda casi prohibida—. No sé lo que duró aquella procesión de su cuerpo. De pronto se paró, se dio la vuelta y se agarró a mi cuello a punto de desmayarse. Pensé que ese sería el momento, que me confesaría al oído, jadeante, el secreto de nuestra religión. Pero no lo hizo. Otro día jugábamos a verdad, beso o condición y se me pasó por la cabeza preguntarle qué era hacerse una paja; cuando tuve la oportunidad no me atreví aunque, en un momento de arrojo provocado seguramente por una insolación, conseguí que me diese un beso en la mejilla derecha. Aquello me dio una idea: ¿por qué no se lo preguntaba directamente? Yo sabía que los dioses, en general, tienen fama de comprensivos. De que les gusta que sus fieles sean honestos con ellos y les hablen desde el corazón. La idea me pareció buena y empezó a rondarme la cabeza la posibilidad de llevarla a cabo. El mejor momento era, sin duda, camino del vestuario. Cuando todavía estaba vestida y parecía humana. Los días iban pasando. Una mañana amanecieron nubes oscuras; incluso caía una lluvia pulverizada desde arriba. Corrí a la cocina para comprobar en el calendario que era veintinueve de agosto, es decir, al verano le quedaban un puñado de días y yo había sido incapaz de desvelar el misterio. Empecé a sudar frío. En medio de una crisis de angustia fui al baño a lavarme la cara. Tienes que hacerlo, tienes que hacerlo, le repetía al del espejo. Me tranquilicé  un poco cuando me juré que lo iba a hacer ese mismo día. Fue, de lejos, la vez que menos he tardado en  recorrer cinco quilómetros en bici. A las diez menos cuarto estaba esperando junto a la puerta de los vestuarios. Esperé una hora y cuarenta y dos minutos temiendo que las nubes le hubiesen asustado. Pero para algo están los poderes divinos y apareció deslumbrante dentro de un vestido blanco de verano que, estaba claro, no había podido resistirse a estrenar. Me dijo hola sin apenas mirarme. Yo estaba petrificado por la visión. Después de siete minutos conseguí dejar de hacer la estatua y entrar al servicio. Fui a mear por hacer algo. La boca la cerré solo cuando tuve que dar el primer mordisco al bocadillo. Cuando acabamos de comer, nos retamos a una carrera hasta la piscina para tirarnos todos a la vez. La perspectiva era sublime: provocar el mayor alboroto posible. Habíamos superado ya la etapa de hacer la digestión; más por llevar la contraria a nuestros padres que porque estuviésemos seguros de que no era peligroso para nuestra salud. Corrimos gritando como locos y saltamos a la piscina salpicando de modo sobresaliente. Al sacar la cabeza del agua vi que ella estaba en el borde de la piscina. Tumbada de medio lado agarrándose un tobillo. Nadé como si su vida estuviese en peligro. Salí de un salto del agua tocando apenas el borde del vaso. Los ojos le brillaban debajo de dos contundentes lágrimas que no terminaban de desprenderse de ellos. Yo las entendía, querían quedarse allí el mayor tiempo posible. Estaba impresionada, creía yo, por el modo en el que había salido del agua, por eso tenía esa cara. Cuando iba a arrodillarme y a preguntarle qué le dolía, el socorrista, viniendo por detrás, le levantó en volandas sin el más mínimo esfuerzo. Las lágrimas rodaron con decisión y adiviné una sonrisa tímida en sus labios. Miraba a aquel montón de músculos chamuscados por el sol como si ella fuese Loris Lane y él Súperman. No me lo podía creer. La diosa seducida por un vulgar humano, socorrista para más inri. Me vi obligado a esperar a que pasase todo aquel barullo y a que aquel súperman de pisicina, después de vendarle el tobillo con tensoplás y acercarle una silla para que tuviese el pie en alto, disolviese la manifestación de curiosos e interesados que se había congregado alrededor de mi diosa. Dejadla tranquila un poco, que se relaje, venga, cada uno a lo suyo. Aproveché que todos se iban para acercarme un poco más. Me vio y me sonrió como solía sonreírme a mí, no como le sonreía al súperman de piscina. Me acerqué a preguntarle qué tal pero, quizá movido por el rencor, le pregunté a bocajarro: ¿Qué es hacerse una paja?. Ya estaba hecho. Lo había conseguido. Ahora por fin mi vida tendría sentido. Ella se llevó la mano a los labios y me dijo gritando en voz baja calla. Me hizo una seña para que me acercase y muy cerca de mi oído preguntó ¿todavía no lo sabes?. Negué con la cabeza. Superada la sorpresa inicial, la diosa recuperó el control de la situación y me dijo que todavía era muy pequeño para eso. Ahora, además de resentido, estaba avergonzado por no saber y por ser todavía muy pequeño. Insistí. Insistí. Te lo digo pero no le digas a nadie que te lo he dicho yo. Se lo juré. Hacerse una paja es tocarse ahí abajo hasta que salga espuma. ¿Ahí abajo? ¿Espuma? Tenía muchas preguntas que hacer sobre aquella definición tan poco explicativa pero no tuve ocasión. Se le volvió a poner cara de Loris Lane. El socorrista se acercó por la derecha y me dijo, en el colmo de la humillación, venga chaval, deja en paz a la chica que ha tenido un accidente. Tuve que tirarme de cabeza a las piscina para evitar que me estallase por efecto de la vergüenza. Esa misma noche probé a tocarme ahí abajo. Después de media hora no había pasado nada. No había espuma por ninguna parte. Me quedé dormido. Al día siguiente supe que mi diosa había sido escayolada. Era un esguince de tercer grado que le condenaba a quince días de reposo. Sin esperanza de recibir aclaraciones divinas, abocado al autodidactismo, probé todas las noches de aquella semana hasta que el sábado, mientras me estaba tocando, noté la emoción subiendo por el estómago y, ahí abajo, se produjo una dilatación muy significativa. Comprendí algunas cosas: los labios carnosos, el sudor, las marcas en la piel, el culo tragándose el bañador, el vestido blanco. Todas esas imágenes de amontonaron en mi mente ayudándome a continuar. Tocándome desordenadamente conseguí que, en unos diez minutos, se liberara,  no una espuma, más bien una crema pegajosa. ¿Estaría haciendo algo mal?

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