No Vuelvo a Beber

Pese a que tengo una buena memoria y a que lo he intentado en varias ocasiones, no consigo recordar cuándo y cómo bebí alcohol por primera vez. He preguntado incluso a viejos amigos con los que, probablemente, compartí aquella primera vez, pero no he obtenido datos concluyentes. Es como si hubiese bebido desde el primer día de mi existencia. Quizá fue una reacción primaria ante la inexplicable desidia de una madre que, sin previo aviso, deja de hacerte chocolate a la taza. Es razonable pensar que las reservas del bálsamo eran finitas y se habían ido evaporando con el paso de los años devolviéndome a la intemperie de manera progresiva. Algo había que hacer. Imagino que habría un periodo de prueba en el que compararía las características y efectos de los bebedizos disponibles: Sus sabores, sus posibles combinaciones, las características sociológicas de sus consumidores, su precio… Elegir la bebida alcohólica de cabecera no es algo que pueda hacerse a la ligera. Comencé por la bebida más popular —y creo que más barata— la cerveza. Había dos formatos fundamentales, el vaso de litro y el botellín de veinticinco. El primero era colectivo, el segundo individual. El primero conducía a la euforia sin control, el segundo a una visión levemente ablandada de la realidad. La experiencia, en general, avanzaba de forma positiva hasta un sábado en el que estaba especialmente eufórico debido a que cumplía años alguno de nosotros. Habíamos oído — probablemente por boca del dueño del bar— que lo último en celebraciones era pinchar un barril de cincuenta litros y bebérselo en un margen de cuatro horas. Debido, probablemente, al estado de delirio continuado de mi adolescencia, me pareció poco. Si no compramos dos barriles en lugar de uno, fue por una simple cuestión de falta de recursos económicos. A eso de las diez, el camarero anunció desafiante que el barril debía contener todavía unos treinta litros que íbamos a tener que bebernos en la siguiente hora. En ese momento nos dimos cuenta del pequeño detalle de que nuestra noche —como la de cenicienta— terminaba a las doce. Contra lo que podría parecer, este hecho no consiguió despertar nuestra prudencia, más bien al contrario, precipitó nuestra necesidad de no desaprovechar ni una sola gota del precioso líquido. No completar el reto —aparte de mostrar que nuestra virilidad era dudosa— indicaría que éramos incapaces de seguir las últimas tendencias. Así que tomamos cartas en el asunto. Empezamos por beber cachis de un solo trago —acordamos que treinta era un número razonable para los cinco que éramos— y, cuando se nos apareció que tampoco eso iba a ser suficiente, abrazamos aquel problema como una clara oportunidad de cumplir nuestro sueño de beber directamente de un grifo de cerveza. Uno a uno nos tumbamos sobre la barra poniendo la boca debajo del grifo que el camarero abría hasta que el interesado daba las primeras muestras de ahogamiento. La sensación era muy desagradable porque el gas de la cerveza, que caía directamente en la garganta, te rascaba hasta el dolor. Además, la cerveza nos salpicaba la cara, el pelo y, al incorporarnos, se deslizaba por el cuello hasta mojar nuestras camisetas ‘de salir’ . Hasta tres veces se tumbó cada uno de nosotros en la barra; la alegría de cumplir un sueño era mayor que los pequeños inconvenientes logísticos asociados. Nunca he sabido cómo llegué a casa aquella noche. Pasaba una hora de la medianoche. Sí recuerdo que a las cinco de la mañana, la ventana de mi habitación estaba abierta y giraba como si estuviese montada en una de esas salvajes atracciones de feria que giran sin objeto a doscientos quilómetros por hora. Cuando a las ocho mi padre abrió de un único y violento tirón la persiana, descubrí de golpe el significado de la palabra resaca aunque todavía iba a necesitar algunas horas para terminar de metabolizar todo el alcohol y, técnicamente, empezar a tenerla. Así que dos semanas después, decidí probar con el calimocho. El calimocho solo tenía un formato: el vaso de litro. No sé qué celebrábamos esta vez pero lo hacíamos acompañados de un grupo de chicas. Este hecho que, para los hombres maduros es anecdótico, provocaba que nosotros bebiésemos de un modo más ordenado y a un ritmo más humano. No porque las chicas bebiesen menos que nosotros —que no era el caso— sino más bien porque teníamos la vaga sensación de que controlarnos en su presencia nos daba  más posibilidades de ligar. No sé de quién fue la idea. Empezamos a beber cachis y, una vez vacíos, a colocarlos bocabajo en perfecta simetría sobre la mesa. La lógica del orden —que puede ser tan perjudicial como la del caos— nos llevó a plantearnos el ambicioso objetivo de llenar toda la superficie de la mesa —que era de un considerable tamaño— de vasos de cachi cabezabajo. Para cuando nos habíamos bebido el presupuesto inicial conseguido con la inversión de la propina de los ocho que éramos, contamos nueve cachis sobre la mesa y calculamos que quedaba espacio libre para cuatro más. Después de algunas gestiones recaudatorias de última hora y un esfuerzo para beber sin sed, completamos el objetivo y la mesa apareció perfectamente cubierta por un mantel de cachis enrevesados. Después de aquello tuve suerte; una de las chicas aceptó ir conmigo a la orilla del río donde yo tenía idea de tocarle, como mínimo, las tetas. Mientras caminábamos hacia el río, resultaba bastante evidente que, no siendo capaces de caminar en línea recta, no íbamos a ser capaces de nada que requiriese el más mínimo cuidado. Y así fue. Nos abrazamos en un momento dado y, al intentar sentarnos sobre la hierba, rodamos sin control por la pendiente. No sé si durante la caída llegué a tocar sus tetas. Si fue así, lo fue por pura casualidad y sin producirme ningún placer. Tampoco estaba yo en un estado que permitiese tomar conciencia de ningún tipo de sensación. Ella tampoco. Sin embargo, gracias a eso no perdimos los nervios cuando nos dimos cuenta de que una respetable y blanda cagada de perro —o de quien fuera— se había pegado a mi polo azul cielo y a la parte trasera de su larga melena morena. Intentamos reírnos. En un impulso alcohólico, me quité el niqui, limpié con él, lo mejor que pude, su pelo y lo tiré en la primera papelera que encontramos. Agradecida por aquel gesto heroico, ella me besó en los labios. Tenía que irse a casa. Así acabó todo. Pese a que mi primer impulso fue volver a reunirme con mis amigos, me di cuenta a tiempo de que estaba desnudo de cintura para arriba y, quizá, no iba a ser fácil explicar por qué. Tuve que volver a casa. Tampoco esta vez recuerdo cómo conseguí que mis padres no me vieran llegar. En la habitación la ventana estaba cerrada pero giraba del mismo modo histérico que la primera vez. Bueno, seré más preciso: giraba a la misma velocidad pero esta vez en sentido contrario. Me habían dicho que dejar caer la pierna por el lateral de la cama ayudaba a pasar el trance, así que dejé colgando la pierna derecha por el lateral de la cama mientras intentaba ignorar el giro imparable de la ventana. Por la mañana, tuve miedo de haber perdido la pierna derecha, solo sentía el muslo, de la rodilla para abajo había perdido cualquier forma de sensibilidad. Al intentar poner el pie en el suelo, sentí una serie de agudos pinchazos justo antes de caer de bruces sobre el parqué. Tardé algunos segundo en reaccionar y, por primera vez en mi vida, dije aquello de no vuelvo a beber. Cuando pude ponerme en pie, maticé: No vuelvo a beber esa mierda del calimocho. Y podéis creerme que, eso, lo he cumplido. Dos semanas después mi espíritu científico me empujó a probar el Dyc con CocaCola. Como todavía no habíamos tenido experiencia práctica de lo que implicaba la diferencia de graduación alcohólica, un amigo y yo nos aplicamos a beber cachis de Dyc-cola como si fueran de cerveza. En hora y media habíamos bebido cuatro. Entre el tercero y el cuarto ya no podíamos articular frases completas con garantías de que fueran entendidas. Al empezar el cuarto cachi, mi amigo fue al servicio y ya no volvió. Al acabar el cuarto cachi, me di cuenta de que estaba solo en la mesa. Tenía que ir a encontrar a mi amigo. Igual estaba en peligro. Pasé junto a la puerta del servicio pero no me acordé de mirar si estaba dentro. La gente, que entraba y salía embarulladamente, me empujó fuera del bar. Torcí a la izquierda aunque me pareció que había torcido hacia la derecha —que era la dirección de casa de mis padres— y me apliqué con todas mis fuerzas en andar. De vez en cuando, mi cabeza se despistaba en cosas poco relevantes. La chica que me gustaba. El siguiente examen que tenía que preparar. Las próximas vacaciones e, incluso, cómo iba a ser mi vida cuando tuviese cuarenta años. Cada vez que una de estas cosas irrelevantes se me metía en la cabeza, me desviaba de mi camino y acababa estrellándome contra una pared, en medio de un césped que no era capaz de identificar o cruzando la carretera por cualquier sitio. Una vez me caí dentro de unos setos que tenían unos agudos pinchos que me arañaron los brazos y la cara. Otra, me golpeé en la frente contra una pared de ladrillo. Dos estuve a punto de ser atropellado. De este modo, después de un tiempo indeterminado, comprendí que lo que tenía que hacer era dejarme de chorradas y preocuparme solo por seguir andando. Yo nunca he usado reloj. Siempre me ha parecido incómodo medir el tiempo. Así que no había manera de saber cómo iba de tiempo para llegar a casa. De pronto, alguien pasó a mi lado y tuve el impulso de preguntarle la hora. Era un adulto que se acercó a mí porque no me entendía. Volví a repetir la pregunta otro par de veces. El hombre me agarró del hombro y pude llevar el dedo índice a mi muñeca izquierda. Por fin lo entendió. Las dos y media, dijo con claridad. No me caí porque me tenía sujeto. Solté una frase relativamente larga pero él solo entendió “tarde”. La segunda vez que pronuncié la frase entendió “casa”. Comprendió por fin. Dijo dónde vives. Repetí mi dirección varias veces pero el hombre no debía oír bien porque optó por sacarme la cartera del bolsillo trasero y consultar mi dni. Joder, exclamó, ¿llevas andando diez kilómetros? Creo que entendí que aquello significaba que tenía posibilidades en el medio fondo. No me dio tiempo a entender más cosas porque vomité estrepitosamente. El hombre me metió en su coche y condujo —por el mareo que yo tenía creo que no lo hizo muy bien— hasta justo enfrente del portal de mi casa. Abrió la puerta, me sacó y se dispuso a pulsar el portero automático. Me espabilé automáticamente. Grité no y traté de sujetarle. Me tropecé con la última escalera del portal y caí sobre el felpudo de entrada. Antes de aterrizar me dio tiempo a gritar con las últimas fuerzas que tenía: mi padre me mata. Aquel hombre se apiadó de mí y se limitó, usando mi llave, a meterme en el portal. No sé el tiempo que pasé descalzo subiendo y bajando escaleras. Mi teoría era que el ejercicio físico se llevaría el alcohol y me devolvería a mi estado normal en poco tiempo. Puede que no fuese una mala teoría, puede que fuese una cantidad de alcohol desproporcionada para ir a ningún sitio. Después de cada serie de subidas y bajadas, probaba a meter la llave en la cerradura. Solo después de una docena de intentos conseguí hacerlo a la primera. Decidí ser conservador. Hice alguna serie más hasta que me autoricé a entrar. Alcancé la habitación después de chocarme solo un par de veces: una con la cubierta del radiador, otra con el marco de la puerta del salón. La ventana estaba cerrada. Giraba, no sé en qué sentido, esta vez a velocidad lenta. Era como si estuviese girando con profundidad, buscando el sentido último de cada giro, como si quisiese llegar al fondo del asunto. Creo que tardé algunos minutos en recorrer los cuatro metros que separan la puerta de la ventana. La abrí después de algunos intentos. Saqué la cabeza para tomar el aire y el aire que entró —no sé si por fresco o por cargado— me hizo vomitar, con tan mala suerte, que el espeso vertido acabó en su mayoría sobre la cornisa de la ventana del vecino de abajo. Supongo que una vez seca, la masa cubrió las hojas verdes y las flores rojas. Sentí cierto alivio. Me tumbé en la cama sin quitarme la ropa ni los zapatos. Esta vez las dos piernas colgaban por el lateral de la cama para duplicar el efecto beneficioso. No sé si llegué a dormir algo. Oí que se abría la puerta con estruendo. Abrí los ojos lo justo para identificar la silueta de mi padre. Dijo, está Jesús en la puerta, quiere hablar contigo. Al darme la vuelta en la cama para conjurar aquella pesadilla, me vino a la mente, como un relámpago inesperado, que con “Jesús” no se refería al famoso profeta, sino a mi vecino de abajo. La silueta de mi padre se difuminó pero todavía oí entre sueños que decía, qué vergüenza, qué vergüenza. Más al fondo aún, si prestaba un poco de atención, podía oír los sollozos angustiados de mi madre y su mantra habitual: este chico me va matar a disgustos, a matar a disgustos, a matar a disgustos. 

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