¿Qué Harías Tú por Amor?

Una noche de verano, mientras disfrutábamos de alguno de esos acontecimientos masivos de ciertas fiestas patronales, conocimos a unas chicas. Si el hecho de conocer a chicas era por sí mismo de una relevancia extraordinaria, aquellas chicas tenían una característica que, en nuestras mentes provincianas, les hacía absolutamente irresistibles: eran extranjeras. Habían llegado desde Polonia pocas semanas antes, con el objetivo de mejorar su español. Después de pulular una hora alrededor de aquellas rubias blanquecinas de ojos claros, alguno de nosotros —seguro que no fui yo porque mi timidez para estos asuntos roza la patología— se atrevió a decirles algo. Normalmente las cosas llegaban hasta ese punto y se disolvían en las risitas de ellas o en nuestra incapacidad de hilar dos frases con sentido para mantener una conversación. Esa vez, tal vez porque aquellas chicas al estar tan lejos de sus casas, sintieron de pronto curiosidad por los machos jóvenes de raza española. Acertamos con dos o tres frases simpáticas y llegamos al punto de compartir con ellas las litronas que llevábamos. Eso era una excelente señal. Beber juntos indicaba, en casi todos los casos, que se había establecido una primera confianza. Como mínimo, garantizaba que tendríamos algo en lo que centrarnos aquella noche. Y eso era bueno para la formación de nuestro carácter. Habitualmente el nivel de despiste, de barullo, en el que pasábamos los veranos, era tan elevado que es lógico que seamos sentimentalmente inestables llegados a los cuarenta. Las noches de aquellos años, se me aparecen como interminables cacerías que se prolongaban hasta el amanecer. Ni siquiera cuando nos gustaba una chica —lo que debería haber garantizado una cierta constancia— parábamos quietos. Íbamos de un bar a otro, de un grupo a otro, de una calle a otra, sin dedicar más de una hora seguida a ninguno de ellos. No lo hacíamos intencionadamente, por supuesto. Era la novedad que incansablemente nos hacía más atractivo lo que no teníamos, el instinto de caza que nos tiranizaba para llevar comida a la ansiedad que nos devoraba. El objetivo principal eran las chicas, por supuesto, pero no solo. Podía ser cualquier cosa que vagamente considerásemos apropiada, conveniente, que mereciera la pena ser probada: una nueva bebida, un nuevo sitio, una nueva música. No todo valía, es cierto, teníamos algunos parámetros. Yo pertenecía a la sección radical de la pandilla. Radical, en este contexto, consistía en sentirse atraído por aquellas manifestaciones que tuviesen apariencia de contracultura. Sentirse atraído quería decir contemplarlas con admiración y dejando la boca abierta. Contemplarlas porque hacíamos poco más. No éramos adolescentes de acción; éramos militantes contraculturales de corte místico. Entre el no parar quietos y nuestra tendencia a la contemplación, resultaba imposible consolidar nada. Pero vivíamos —influidos por nuestra educación de base religiosa— en la ilusión de que aquel movimiento constante y aquella militancia contemplativa, nos llevarían a la salvación. Lo que pasó aquella noche en la que encontramos un motivo para estar centrados más de media hora, fue inexplicable: una de las rubias pálidas de ojos claros se interesó por mí y me dejó tocarle las tetas. Y más aún: me dejó tocarle por encima del pantalón animándose incluso a tocarme ella por encima del mío. Fue inexplicable porque yo nunca he llamado la atención. Soy tan mediocre que no puedo ser calificado ni de guapo ni de feo, ni de tonto ni de listo, ni de rápido ni de lento; soy una de esas personas que estamos ahí para que destaquen otros por mucho o por poco, secundarios de relleno que dan ambiente al escenario de la vida. Si lo analizo ahora, solo es concebible una explicación: que aquella chica tuviese vocación de antropóloga y estuviese llevando a cabo su primer experimento —centrado en conductas y ritos sexuales— con poblaciones indígenas de la lejana y cálida España. Se llamaba Susana Kolanko. No hace mucho tiempo, le he pedido a google que investigase por mí este nombre para ver si podía confirmar esa explicación. Me ha mostrado con el mismo apellido, una dermatóloga de Florida, un youtubber aficionado al bricolaje, una coleccionista de fotos de caballos, y una tal Heidi Kolanko que es profesora de yoga en San Diego —inmediatamente, no sé porqué, me he puesto en contacto con esta última para contarle mi historia—. Ninguna antropóloga polaca. Después de que nos tocásemos aquella primera noche, ella me dijo que se alojaba en un cierto colegio mayor de mi ciudad, que al día siguiente estaría de excursión pero que podía ir a visitarla a partir de las ocho de la tarde. Por supuesto, dadas las circunstancias, yo me enamoré de aquella polaca. O, mejor, me enamoré de aquella situación inesperada. Sé que el término “enamorarse” se utiliza para designar un sentimiento intenso hacia otra persona con la egoísta pretensión de completarse a uno mismo. Pero no puedo decir que yo, siendo adolescente, fuese capaz de tener ningún tipo de sentimiento complejo. Egoístas sí, por supuesto. Yo me enamoraba de un modo más bien alucinado, estático, de no se sabía qué. Me enamoraba de una imagen, de un sonido breve, de un olor intenso, de un color de ojos… Susana —que no era especialmente guapa— tenía los ojos de un azul imposible y, encima, me había dejado tocar cosas que nunca había tocado. Al día siguiente a primera hora de la mañana, ya estaba yo estudiando la fachada del colegio mayor para encontrar el mejor modo de acceder sin ser visto. Era una residencia regentada por una congregación de religiosas —y pese a que el amor se encuentra en la base de su conocida doctrina— había muy pocas probabilidades de que entendiesen que yo necesitaba pasar allí la noche. Mi experiencia previa en el allanamiento, facilitó que encontrase el lugar más discreto para acceder al edificio. Con un poco de suerte, ella estaría alojada en alguna de las habitaciones del edificio más interior que daba a un frondoso jardín de pinos y juníperos. A las ocho de la tarde estaba en la puerta de la residencia para verla llegar con los ojos abiertos como platos. Por lo que me contó en su pésimo castellano, no se acababa de creer lo que le estaba pasando: treinta y ocho grados a la sombra, ni una sola nube en el cielo tres días consecutivos, las historias que le contaban las monjas —las desconozco pero estoy seguro de que eran inverosímiles— y, para colmo, que yo, un perfecto ejemplar mediocre de la tribu hispánica, estuviese dispuesto a cometer un delito para colarme en su habitación de madrugada.  Me pasé toda la noche frotándome contra ella. Ninguno de los dos sabíamos lo que hacíamos y ninguno de los dos parábamos de hacerlo. Nos frotábamos por delante. Nos frotábamos por detrás. Nos frotábamos de medio lado. Nos escocían los labios de frotarnos las caras. A las seis de la mañana estábamos agotados. Paré de frotarme y me eché de lado en su cama. Ella me golpeó con el codo y dijo algo en polaco que entendí perfectamente: no te duermas que te tienes que pirar pero ya. Añadió en su peculiar español que se iba al día siguiente a otra ciudad y a otra residencia de estudiantes. Me puse el pantalón y salté por la ventana al tejado, después al jardín y, por fin, saltando la valla exterior, a la calle. En casa me unté vaselina en todos las escoceduras que la experiencia me había dejado y pensé que aquella otra ciudad no estaba tan lejos. Cuando le conté a mi amigo esta historia, me mostró su más sincera solidaridad y estuvo de acuerdo en que había que conseguir llegar a esa ciudad para que pudiera perfeccionar mi técnica de frotamientos y para que él se iniciase con alguna de las amigas polacas de mi amada. Evaluamos diferentes alternativas que no nos parecieron viables porque implicaban estar fuera de casa casi dos días, para lo que no habríamos conseguido el permiso de nuestros padres. La alternativa más interesante resultó ser la de obtener un coche, viajar por la mañana pronto —teníamos apenas hora y media de viaje—, frotarse todo el día y regresar a casa por la noche. Las dificultades de este plan eran varias, entre ellas que no teníamos coche, ni permiso de conducir, ni siquiera la edad legal para poder tenerlo. Tampoco sabíamos conducir, pero habiendo visto cómo se hacía, no teníamos la más mínima duda de poder hacerlo sin ningún tipo de problema. Pareciera un panorama capaz de desanimar al más pintado, pero no a nosotros que estábamos enamorados. Además sabíamos ya que, en este tipo de situaciones desesperadas, el delito constituía una alternativa viable. Había dos coches candidatos: el de mi padre, que era un Ford Taunus, y el del padre de mi amigo, que era un Volvo 740. Por motivos que se entienden bien en una sociedad adolescente, elegimos el Volvo para mejor impresionar a nuestras descoloridas amigas. A las seis de la mañana de un sábado de agosto, yo estaba en la puerta del garaje de mi amigo esperando a que él abriera desde dentro. Sus padres estaban de fin de semana y estarían fuera hasta el domingo. Bonito panorama. Mi amigo abrió la puerta del garaje comunitario y yo entré corriendo. Arrancar el coche no era un problema, nuestras nociones llegaban hasta ahí. Al meter primera empezamos a experimentar algunas dificultades puesto que el coche no acababa de moverse sin dar tirones. Nos preguntamos si el coche estaría averiado. Éramos perseverantes así que en ningún momento se nos pasó por la cabeza la posibilidad de abandonar. Nos costó varios intentos hacer que el coche subiera la cuesta del garaje pero una vez lo logramos, vimos claro que nada nos iba a parar. Teníamos unos metros para practicar en un tramo de carretera poco frecuentado antes de incorporarnos al tráfico real. Nos alternamos en la pruebas y resultó que yo era el que más metros avanzaba sin que el coche diera tirones o se parase, así que fui solemnemente designado conductor. Siendo la primera vez que conducía en mi vida fue sin duda meritorio que no tuviese un accidente mientras cruzábamos la ciudad. Eso sí, nos movíamos a una velocidad ridícula. El coche se calaba en cada semáforo. Tardaba minutos en conseguir engranar la tercera. Había pasado casi una hora cuando llegamos a la nacional que nos debía conducir a los brazos de nuestras amadas polacas. Pensamos que ya estaba hecho, que llegado a este punto todo iba a ser cuesta abajo y enfilamos la nacional a cien por hora. Yo sentía que, a esas alturas, ya dominaba la técnica. Bajé la ventanilla y apoyé el codo —como había visto hacer a mi padre— en la parte superior de la puerta. En ese mismo instante, me pareció que el coche que venía de frente hacía una maniobra extraña y se venía contra nosotros. Creo que rectifiqué levemente el volante hacia la derecha. Las ruedas se salieron del asfalto y el coche dejó de responder. Agarré fuerte el volante. Frené, volví a frenar —el concepto de freno motor me era desconocido— hasta que el coche se caló en un tramo de arcén ligeramente más ancho lleno de piedras. De nuevo aquella fue una acción meritoria para un principiante que no iba a ser capaz de sacar el coche de allí. Empujamos, aceleramos, metimos palos debajo de las ruedas, volvimos a acelerar, volvimos a empujar sin conseguir que el coche se moviese. Nos sentamos apoyados en la ruedas a esperar. Si saber qué se espera da sentido a esperar, nuestra espera no tenía ningún sentido. Al mediodía empezamos a preocuparnos al ver que el coche no salía de allí solo. Decidimos hacer señales a los conductores que pasaban. Paró un abuelo que nos preguntó si nos llevaba a algún sitio. ¿Y qué hacemos con el coche? Llamad a la grúa para que os lo lleve. Imposible, muchas gracias. Paró una pareja que nos preguntó cuántos años teníamos. Dieciocho y diecinueve, ¿tienen alguna duda? Paró una familia que quería llamar a nuestros padres. No tenemos padres. A eso de las tres de la tarde, perdida la esperanza de practicar frotamientos con mujeres pálidas, paró un camionero que nos recomendó que metiésemos más el coche para que no nos lo llevasen por delante. Ni que fuese tan fácil, le dijimos. Herido en su amor propio de camionero, paró unos metros más adelante y se metió en el Volvo sacándolo de aquel pedregal en dos maniobras. Hala, ya está ¿dónde vais? ¡A casa! gritamos desde dentro del coche. Aquel tipo se convirtió en nuestro modelo durante algunos meses soñábamos con ser camioneros capaces de sacar el coche de un pedregal en dos maniobras en ligar de especialistas en frotamientos. Las escoceduras, además, duraban varias semanas y eran terriblemente molestas. Aparcamos el coche en el garaje a eso de la medianoche. Solo le hice un pequeño rozón en la aleta derecha. De las polacas ni nos acordábamos. Echamos los asientos hacia atrás sin decir una palabra y nos dormimos plácidamente.

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