Tenía que Pasar

Para mi quince cumpleaños mis padres decidieron darme una sorpresa. No sé si se coordinaron —no lo creo— o fue solo casualidad el que ambos me hicieran un regalo especial aquel día. He observado que las edades múltiplos de cinco son socialmente consideradas puntos de inflexión en el recomendable camino hacia la plena incorporación al mundo adulto. Los individuos, sin embargo, las consideran tristes hitos en el camino hacia la decadencia inevitable. La sociedad las celebra, el individuo las padece. Cuando yo cumplí quince años no tenía pensado padecer. Creo que sí me parecía una edad significativa pese a no hacer justicia a mi edad mental. Estaba convencido de que yo era una especie de genio atrapado en un cuerpo de adolescente y vivía este convencimiento con el nivel de dramatismo adecuado. A estas alturas, aquella vieja decisión de hacer todo lo contrario a lo que mis padres habían hecho en su vida, pesaba más que nunca. Me resultaba dolorosamente obvio que, si quería tener alguna posibilidad de sentirme vivo, no podía aceptar su interpretación de los hechos. En este tipo de momentos significativos esta obviedad resultaba inquietante. Aunque si tengo que ser sincero —en la medida en que es posible serlo— no puedo negar que la inquietud se mezclaba con una emocionante expectación síntoma innegable de que algo de esperanza había. Es como cuando decimos que no esperamos nada y a nada que pasa nos descubrimos esperando que lo que está pasando sea lo que esperamos que pase. Debo añadir que, hasta el momento, no he encontrado a nadie que sepa con suficiente claridad qué es exactamente lo que quiere que pase, sin embargo ahí seguimos todos, no esperando nada. Aquella inquietud se somatizaba de diversas formas. La más llamativa —y molesta— eran los granos. Más o menos dos semanas antes del acontecimiento, me salían tres granos —siempre tres— dos en la frente y uno en la barbilla. De los dos de la frente, uno era normal, un abultamiento discretamente enrojecido. El otro, para mi desgracia, era excepcional. Una de esas elevaciones de la epidermis que tiene varios niveles de rojo y que se coronan con un círculo blanquecino provocado por la grasa y el pus que, me imaginaba, habían quedado atrapados cuando circulaban por debajo de mi piel. No conseguía saber qué función tenía aquellas sustancias en mi cuerpo así que me empeñaba en abrirles una vía de escape lo antes posible. Utilizaba para ello alfileres, cuchillas, agujas e incluso —un día que estaba fabulosamente inquieto— el bisturí que tenía mi madre para quitarse las durezas de los pies. Así que a dos semanas de mi decimoquinto aniversario se me podía encontrar casi a cualquier hora del día, frente al espejo del baño grande construyendo vías de escape para mi inquietud epitelial. En el baño estaba el día que mi padre golpeó la puerta para hablar conmigo sobre mi regalo de cumpleaños. Aquellos golpes inesperados que eran marciales aunque mi padre pretendiese disimularlo, me sobresaltaron haciendo que el alfiler que estaba usando se me clavase demasiado profundo en la frente. El abultamiento herido comenzó a sangrar. ¡Joder! lo que me faltaba. Contesté que ya salía. Me apliqué alcohol sobre el agujero sangrante y confirmé que, por lo menos, había desaparecido el círculo blanco de la cima del abultamiento. Mi padre estaba en la cocina tomando uno de sus tazones gigantes llenos hasta el borde de leche con trozos de galleta. ¿Qué querías? Te he dicho mil veces que los granos no hay que tocarlos, mira cómo te has puesto, coño. Si no llamases a la puerta de esa manera igual no estaría sangrando. Torció el gesto mientras se metía en la boca con ansia una cucharada que no parecía que fuese a caberle en la boca. Por suerte, tenía más hambre que ganas de discutir. He pensado que para tu cumpleaños vamos a ir al peluquero y te cortarás el pelo como tú libremente decidas. Mi historia capilar probablemente requiera una novela completa para ser contada, así que no voy a entrar en detalles, solo diré que el proceso de formación de mi imagen estaba siendo muy truculento, sin duda, por culpa de las imposiciones familiares. Era ya un niño bastante crecido cuando todavía mi madre me cortaba el pelo a tazón y me vestía con pantalones cortos. Lo siguiente fue llevarme a una peluquería militar donde Mariano —que así se llamaba el peluquero— me perpetraba siempre el mismo corte de estilo castrense. Probablemente la sensibilidad estética de Mariano estaba significativamente por encima de los estándares militares. Creo recordar que incluso a veces intentaba hacer algo diferente con mi pelo pero el resultado era siempre el mismo peinado cuadriculado de niñobién que yo detestaba. En este contexto, el regalo de mi padre no iba mal encaminado. Dije vale, me olvidé del grano que todavía sangraba y empecé a pensar en la peluquería y el peinado que me iba a hacer para iniciar mi vida de quinceañero. Dos semanas son un importante periodo de tiempo para una imaginación adolescente, así que la víspera de mi cumpleaños mi cabeza ya había construido con toda precisión la imagen de lo que yo sería al día siguiente: un tipo duro con unos pantalones levis rotos a la altura de las rodillas, una camiseta adidas negra con las letras del logo en vivos colores y el pelo cortado a lo mohicano cogido atrás en una coleta no demasiado larga. No tengo idea de dónde había sacada todo aquello. Supongo que, como siempre, no era más que un cóctel hecho de imágenes de anuncios, de la rollingstone y del cine americano. Como quiera que fuera, me sentía pasmosamente a gusto sabiendo que quedaba muy poco para que llegase a ser quien realmente quería ser. Juro que yo pensaba que todo iba a salir bien. La mañana de mi quince cumpleaños me desperté cuando mi padre entró en la habitación y subió la persiana enérgicamente haciéndome notar que ya era todo un hombre y que los hombres empiezan sus días pronto para que les dé tiempo a más cosas. Supongo que porque era un día especial, aquello no me sentó tan mal como habitualmente. Venga, que hemos quedado a las diez con Mariano. ¿Con Mariano? Mis peores temores se agitaron en mi interior como posos. Mariano no sabe hacer el peinado a lo mohicano. Enseñé a mi padre la foto que tenía sobre la mesilla y que había preparado para evitar cualquier tipo de malentendido. Mi padre forzó una sonrisa que no se pareció nada a una sonrisa y dijo algo así como que no sabía de dónde me salía ese afán por dar siempre la nota. Ahora sé que lo que empecé a sentir en mi interior se llama ira. Entonces solo me pareció que un fuerte malestar, subiendo desde las tripas, asomaba por la cornisa de mi cerebro. Ya veremos, pero no te hagas muchas ilusiones, tenía que haberme imaginado que no tomarías una decisión razonable. El malestar fue creciendo mientras veía a mi padre desayunar en silencio. Llegó al clímax cuando mi madre apareció en la cocina dándome un beso y algo envuelto en papel de regalo verde con una etiqueta adhesiva reutilizada que decía «espero que te guste». Lo que había allí dentro era un jersey de entretiempo hecho por mi madre usando un patrón que encontró en un número del burda «especial jóvenes». Tenía gruesos ochos en la delantera y era de una lana fina granate que picaba en el cuerpo solo con mirarlo. Mis tripas se encogieron hasta casi el vómito. Sentí un calor extremo en la cara. Los ojos se me llenaron de lágrimas y después de unos segundos de inmovilidad, algo que venía del más allá me poseyó y empecé a gritar con todas mis fuerzas todo tipo de improperios sobre las injusticias que allí se estaban cometiendo y lo imposible que resultaba vivir de ese modo. Después de tres o cuatro minutos de berridos corrí a mi habitación donde me encerré con un portazo que a punto estuvo de sacar la puerta de las bisagras. Puse la música a todo volumen y mientras estaba tirado bocabajo en la cama, escuché con toda claridad una voz con mucho rever que me decía: bienvenido al mundo de los gritos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s