Breve Manual de Aislacionismo

No tengo conocimiento de que se le haya reconocido oficialmente ninguna utilidad a la música. Creo que se le atribuye más bien una cierta capacidad de despertar emociones. No es un secreto que las emociones están desigualmente repartidas, así que la música, como ellas, anda de aquí para allá buscando un sitio donde quedarse. Yo, sin embargo, le encontré muy pronto utilidad a la música. Descubrí que era terriblemente útil para no escuchar los gritos y, en general, para no escuchar cualquier cosa que viniese de fuera. Funcionaba como un perfecto aislante del mundo exterior. Y digo aislante porque no se trataba de seleccionar lo que quería escuchar. Se trataba de dejar de escuchar. Mi experiencia de adolescente me decía que en un noventa y cinco por ciento de los casos, los sonidos que provenían del exterior eran perjudiciales para mi salud. Había cinco categorías fundamentales de ruidos exteriores. Estaban los gritos. Estaban las órdenes. Estaban las peticiones de ayuda. Las noticias de muerte y enfermedad y, por último, estaban los ruidos de la euforia. Exactamente en esas categorías cabían todos los mensajes que me llegaban del exterior. No había llegado a esta clasificación de modo caprichoso. Todavía conservo el cuaderno en el que durante veintitrés días —del cuatro al veintiséis de junio del ochenta y cinco—fui clasificando diariamente los mensajes que recibía del mundo. Resulta enternecedor releer esas frases. Desde la última bronca en casa hasta la adhesión a la Comunidad Económica Europea —que clasifiqué como ruido de euforia— pasando por una atentado terrorista y una descalcificación aguda en la rodilla izquierda que me impidió completar las pruebas de acceso a las categorías inferiores del club de fútbol de primera división de mi ciudad. Después de una bronca en casa el ocho de junio, anote bajo el epígrafe gritos: “hoy mis padres no se han puesto de acuerdo en la hora a la que teníamos que salir a hacer la compra. Mi madre quería salir después de hacer la comida y ordenar la casa. Mi padre antes porque si no luego haría demasiado calor. Han acabado gritándose durante casi siete minutos. Mi padre se ha ido dando un portazo. Mi madre ha gritado un par de minutos más. Yo me he puesto ropa de deporte y he salido a que me diese el sol”. La firma del tratado de adhesión a la CEE me inspiró el siguiente comentario: “Esto de la CEE no es más que un camelo pero hay una euforia importante al respecto. He leído que hemos tenido que hacer concesiones hasta para poder vender leche y vino. Demasiado trajeado, me parece a mí”. El resultado de la investigación fue concluyente y ningún ruido quedó fuera de la categorías que había ideado. En total son quince páginas del cuaderno, tres para cada una de las categorías. La categoría más poblada —las últimas anotaciones se amontonaban en la parte inferior de la tercera página— era la de las órdenes. Luego venían los gritos. En tercer lugar la muerte y la enfermedad —había anotado los nombres de nueve muertos: cinco en atentados, dos durante el secuestro de un avión, uno en un motín en la cárcel y el de un vecino al que el corazón le falló la mañana del veinte de junio. Después, probablemente me cansé de nombres —o quizá los desconocía— y debajo de la frase “Más de 20 muertos en un atentado suicida” había escrito aplicadamente: muerto1, muerto2, muerto3 así hasta muerto23. Debajo del muerto23 escribí tres puntos de esos suspensivos. La lista continuaba con “15 personas ametralladas” aunque, puede que por falta de espacio o porque ya me había acostumbrado a las muertes violentas, no me entretuve en individualizar esos cadáveres. Las peticiones de ayuda —lo que yo consideraba injusticias clamorosas— eran también abundantes pero poco variadas: hambrunas en países lejanos, algunas invasiones neocolonialistas, huelgas generales, denuncias de estado policial.  Me ha llamado la atención en este apartado una frase entrecomillada que dice “Los jóvenes de los ochenta son una generación bloqueada”. Fuera de las comillas se lee: a ver si enteran mis padres. Y también esta otra algo más críptica; HIPOCRESÍA: 23 espías occidentales se intercambian por 4 espías del este; entre ellos se entienden y se organizan. Los resultados del experimento no dejaban demasiadas opciones, el panorama era desolador. Tenía que tomar alguna medida si no quería volverme loco. Se podía considerar que el primer paso ya estaba dado hacía algunos meses cuando había conseguido tener en mi habitación un radiocaset de cierto tamaño en el que podía escuchar la radio y mi colección de cintas TDK. La piratería no es un fenómeno nuevo. Por aquel entonces solo tenía tres cintas originales. Dos robadas en el Corte Inglés —el robo a pequeña escala no lo era tampoco— y una que me había regalado un vecino. El resto de mi colección la componían grabaciones piratas cinta a cinta en TDKs de noventa. Copiaba cuidadosamente los títulos de las canciones en el interior de la carátula, preocupándome de que quedase lo más estético posible dentro del estándar pirata. En ocasiones fotocopiaba —alguna vez incluso en color— la carátula original haciendo que la experiencia de poner una grabación se pareciese bastante a la de poner la cinta original. Incluso que fuese mejor, porque la transparencia de las tedeká le daba al conjunto un aire futurista muy recomendable. El segundo paso fue insonorizar mi habitación utilizando diversas técnicas caseras. Por ejemplo, poniendo toallas húmedas en los huecos de la puerta cerrada. También me hice con una buena colección de posters de mis grupos y cantantes favoritos y forré la pared que daba al pasillo. Debajo de la cama tenía veinte cartones grises con veinticuatro huecos para colocar huevos que, cuando decidía aislarme, colocaba sobre los posters con un ingenioso sistema de cuerdas que tiraba de pared a pared utilizando unas discretas chinchetas camufladas en los ángulos rectos de la pared. Aquello era como tender cartones de huevos. Por último, con la comprensible intención de evitar que alguien entrase en mi habitación, movía el escritorio hasta que bloqueaba la puerta. Como ya no me cabían más cartones de huevos debajo de la cama y no me permitieron llenar de posters la pared que daba a la habitación de mis hermanas, lo que hacía para aislar ese flanco, era colgar una jarapa en la pared utilizando la misma técnica de cuerdas. Esta maniobra de aislamiento requería bastante tiempo y solo podía utilizarla para días completos. Fundamentalmente para aislarme un sábado, un domingo o un festivo cualquiera. Pero todos sabemos que los festivos son la excepción y no la regla. Yo aspiraba a aislarme sistemáticamente, por eso tuve que dar un tercer paso y hacerme con unos auriculares. Eran unos cascos Sony metálicos endiabladamente grandes, cromados-mate, incluso tenían un par de mandos incorporados en el exterior del casco derecho, uno se llamaba tone, el otro volume. Se conectaban a la salida de audio del radiocaset usando un largo cable negro en espiral —de por lo menos dos metros—. Estaban perfectamente acolchados alrededor de las orejas para evitar que se escuchase cualquier otro ruido que no fuese la música. Eran perfectos para mi objetivo. Yo estaba orgulloso de mi capacidad de aislamiento, sentía que esta vía me conduciría, sin duda, a la inmortalidad. Supongo que la realidad se vio obligada a darme una lección pronto. Lo hizo en dos partes. En la primera, un clásico doctor de mutua, durante una revisión rutinaria que nos hacían a los alumnos de nuestro privadísimo colegio, dictaminó que tenía una pérdida de audición significativa en el oído izquierdo. Cuando mis padres se enteraron de este diagnóstico —que yo nunca he considerado probado pese a que mi padre oye cada vez menos— decidieron tomar una medida preventiva: me fueron confiscados mis auriculares. Esto complicaba mis posibilidades de aislamiento, así que, pese a que no era mi estilo en esta época, opté por ser positivo y perfeccionar mi estrategia para ser capaz de poner la música lo más alto posible cualquier día y en cualquier momento.  La realidad, sin embargo, tiene su propio estilo que no depende del nuestro. Una tarde de viernes llegué a casa y no había nadie. Fui precavido y, en lugar de poner sin más la música a todo trapo, dediqué media hora a aislarme para poder hacerlo. Aquella precaución, sería, como veréis, mi perdición. Imagino a mi padre entrando por la puerta de casa escuchando a lo lejos a los Maiden; el Life After Death —lo recuerdo con claridad— llamando a su hijo para confirmar que todo estaba bien. Su hijo no escuchaba los gritos de su padre porque estaba aislado. El padre que nunca había hablado con su hijo del aislamiento y sus pros y contras, se sintió frustrado por la falta de respuesta y se dirigió a la habitación del hijo con el derecho que la propiedad concede. La puerta de aquella habitación —ya lo sabéis— estaba bloqueada por el escritorio, el hijo estaba tirado en la cama en posición tal que no veía la puerta de la habitación. Por razones obvias, tampoco escuchó el golpe violento de la puerta contra el escritorio. El padre tuvo que dar tres empujones a la puerta contra el escritorio hasta que consiguió entrar en la habitación. El corazón del hijo se detuvo unos segundos al ver a aquel señor, que se parecía levemente a su padre, destrozar el radiocaset contra el suelo. Cuando el corazón del hijo volvió a latir precipitado, el padre gritó: quita toda esa mierda de las paredes, estás castigado un mes sin salir. El hijo se puso de pie sobre la cama como un resorte y empezó a descolgar cartones de huevos y a apilarlos en el suelo. Cuando su padre salió de la habitación se dijo sin dejar de mirar fijamente los valles y montañas de las hueveras: por lo menos no me ha metido una hostia.

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