Dónde Demonios lo Habré Metido

Haciendo repaso de mi vida con un terapeuta aficionado —como yo— a los bares cerveceros, concluimos de manera irrefutable que el auténtico amor es aquel que nos resulta inconfesable. Nuestro agudo razonamiento profundizaba en la capacidad del lenguaje en general de deformar la realidad —no de crearla— de tal modo que en el mismo momento en el que trasladamos a palabras nuestro enamoramiento, lo estamos convirtiendo en una cosa diferente al amor mismo. Nos costó alcanzar este axioma la distancia temporal de beber cinco cervezas —tened en cuenta que cada uno bebemos cerveza a una velocidad diferente, lo extraordinario de aquel encuentro era que los dos bebíamos cerveza a idéntica velocidad—. Después de que la camarera dejara las sextas cervezas en la barra frente a nosotros, hicimos uno de esos silencios satisfechos que se producen de manera natural después de un intenso esfuerzo. A mí me dio tiempo a pensar en mi primera novia con la sana intención de saber si estuve o no enamorado de ella. Soy consciente de que lo lógico hubiese sido que mi vecina fuese mi primera novia. Dejando a un lado que mi biografía —ahora lo voy sabiendo— ha carecido de lógica alguna, tengo la teoría de que  mi vecina no fue mi primera novia porque pasamos demasiado tiempo juntos. Todo ese tiempo, con nuestros juegos inventados, mis planes incompletos, su bondad pragmática, mis explicaciones ininteligibles; sirvió para que ella comprendiera que lo natural era que yo fuese un capítulo corto en su infancia. Así me lo hizo saber —sin decir una sola palabra— el día en el que mis vecinos se fueron a una nueva casa. Con esta lección en mente me propuse los siguientes objetivos para el hipotético caso de que yo tuviera novia algún día: no pasar demasiado tiempo con ella, no inventar juegos, no hacer planes en los que ella estuviese incluida y abstenerme de dar explicaciones de cualquier cosa abstracta que se me pasase por la cabeza. En un principio me pareció que no quedaban muchas cosas para hacer, pero no me importó; supongo que me dije que el amor era un misterio que, según había leído, deparaba constantes sorpresas a los enamorados. Mis objetivos no incluían ninguna indicación práctica de cómo encontrar una novia, así que me entregué por completo a las convenciones sociales. Todo indicaba que mi entorno valoraba mucho tener una novia popular. La belleza se presuponía en las adolescentes populares, así que no había más que buscar una que me llamase la atención. Tuve algunas dificultades porque todas me llamaban, de una forma u otra, la atención por lo que solo conseguía centrarme en alguna de aquellas chicas durante unos pocos minutos —lo máximo que recuerdo eran unas horas— . Después de algunos meses en los que viví con un permanente mareo de barco, mis amigos me hicieron notar en conversaciones aisladas, que tenía un par de candidatas: una morena de ojos limpios y una castaña con las tetas muy grandes. La morena era más popular y, por lo tanto, más guapa, así que, no tengo ni idea de cómo, me convertí en su novio. También había una rubia con la que me cruzaba prácticamente a diario. Andaba suavemente, sin hacer ningún ruido, con sus ojos claros fijos en el suelo aunque sin bajar la cabeza. Tenía un cuerpo infantil que yo me imaginaba —sin connotación sexual alguna— blanco y discretamente oloroso. No era especialmente llamativa ni popular, por lo que creo que nunca hablé con ella. Puede que lo intentara alguna vez y me quedase mudo, no sé, no consigo recordar. Sí que recuerdo que alguna vez me plantee decirle algo. De haberlo intentado, el recuerdo ha sido sustituido por el de los días de mi primer noviazgo. Confieso que al principio, olvidé mis objetivos y hablaba y hacía demasiadas cosas. Estaba entregado ciegamente como si el asunto de ser novios fuese algo que requiriese plena y constante atención. Como si perder la concentración en ello implicase la inmediata finalización del noviazgo. Supongo que este nivel de concentración tuvo un efecto contrario al esperado: mi primera novia estaba asustada de tanta intensidad. Una tarde después del entrenamiento de los jueves, mientras iba a buscarla, me vinieron a la cabeza mis objetivos para el hipotético caso en el que me encontraba. Después de dar una patada a un piedra que hizo un desgarrón oscuro en mis jhayber nuevas, decidí volver a los objetivos que me había fijado. ¡Qué maravillosa sensación la de retomar el control de tu vida! A partir de aquel momento mi primer noviazgo fue un ensimismado vacío. Allí estaba yo totalmente concentrado en sentir amor y, al mismo tiempo, en cumplir con mis objetivos. Inocente como era no me daba cuenta que había un importante nivel de contradicción entre ambas cosas. Apenas hablada de algo que no fuesen hechos observables. No tenía la menor iniciativa ni esperaba que ella la tuviera. Cumplía los horarios con seriedad esperando que lo demás viniese por añadidura. Tampoco tenía muy claro qué era lo demás, pero bueno, conseguí sin aparente esfuerzo que mi primera novia estuviese aburrida además de asustada. Un día, la castaña con tetas grandes me dijo a modo de confesión, que ella creía que no debía fiarme de mi novia, que andaba flirteando con unos y con otros para asegurarse un futuro próspero. En agradecimiento yo la besé y —sin connotación sexual alguna— le toqué aquellas hermosas tetas. Ella se dejó hacer y al día siguiente, muy probablemente arrepentida, se vio obligada a informar a mi novia de lo que había pasado. Ella decidió dejarme de forma fulminante. Yo comprendí en silencio que tenía que mantener su nivel de popularidad y acepté la decisión. Di un trago largo a la séptima cerveza pensando que estos pocos hechos resumen de forma exhaustiva dos años de una vida. De una vida mediocre, diréis. Qué vida no es mediocre, se me ocurre. Me encontré a mi primera novia hace algunas semanas, tenía los ojos igual de grandes aunque turbios. Me dijo que tenía dos niñas preciosas y que su marido la acababa de abandonar por una veinteañera. En un meritorio esfuerzo por rehacer su vida, me dio su teléfono que no sé dónde demonios he metido. Me despedí del terapeuta aficionado deseándole una vida intensa. Al acostarme las paredes de la habitación dieron algunas vueltas, tuve que levantarme a vomitar con tan mala suerte que no me dio tiempo a llegar al baño. Mientras fregaba aquel oloroso líquido espeso, no me cupo la menor duda de que, de haber sentido amor alguna vez, había sido por aquella rubia de ojos claros que andaba suavemente.

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