Barullo

Por aquel entonces alguien inventó la televisión con múltiples canales. Creo recordar que aquello se celebró como la entrada de nuestra sociedad en el círculo del grupo selecto de las que llaman avanzadas. A mí, que nuestra sociedad se convirtiera en avanzada, me provocó estasis venosa y largas temporadas de insomnio de las que es probable que no me haya recuperado todavía. Ignoro si al mismo tiempo que la televisión multicanal se inventó el mando a distancia, sería razonable pensar que sí, pero lo cierto es que nosotros no teníamos una televisión con mando a distancia. El aumento de la oferta —curiosamente en paralelo a un supuesto aumento de la libertad en la sociedad en general— fue clave para la aparición de una nueva característica de mi personalidad: la curiosidad. Conviene aclarar que no se trataba de esa curiosidad constructiva, sugerente, madre del conocimiento —esa tengo ciertas dudas de que exista— sino más bien de una curiosidad sin objeto. En aquella época, recuerdo que hicimos una visita a aquel perverso sicólogo escolar. Mi madre —con intención clara de ayudar— sacó el tema. Es que el niño es muy curioso. El sicólogo intentó quitar importancia al asunto —o no— insistiendo en recordar, con suave superioridad, que ya no estábamos tratando con un niño y que vivíamos en tiempos de cierto barullo; el mantenimiento de los valores va a ser clave para el futuro de nuestros hijos, apostilló ufano. Yo diría que todo aquello empezó al hacerme consciente de que las cosas no suceden en secuencia, si no simultáneamente. Era necesario estar atento para no perderse nada. La televisión multicanal materializa a la perfección este extremo porque, como todos sabemos, si estás viendo un canal puede que te estés perdiendo algo aún más interesante en otro. Era completamente lógico entonces, ir cambiando cada tanto de canal para confirmar que uno estaba viendo lo más interesante en ese momento y no se estaba perdiendo nada. Al principio, la curiosidad operaba con una cadencia de algunos minutos. Con el entrenamiento iba cogiendo la fuerza de lo insaciable. La combinación de una televisión familiar sin mando a distancia con un adolescente curioso producía situaciones con posibilidades literarias. Tensas cuando había que decidir quién debía levantarse a cambiar de canal. Asimétricas cuando se obligaba al más débil a quedarse de pie junto al aparato mientras el más fuerte decidía qué era lo más interesante. Límite cuando el adolescente estaba solo y su curiosidad no acababa de encontrar satisfacción. Había un momento especialmente delicado: las noches víspera de fiesta. Mi madre solía ser la última en irse a la cama, pero en estas noches yo me hacía el interesado con la película o programa de variedades en curso, con la única idea de disfrutar de un rato de independencia. Era un alivio estar tirado en el salón sin ningún tipo de control externo. Así, aliviado, seguía viendo lo que quiera que había estado viendo con mi madre hasta que me daba un ataque de curiosidad, ¿y si había algo más interesante en otra cadena? ¿y si me estaba perdiendo algo? Interesante, he de decirlo, era un concepto muy vago. No se trataba, por supuesto, de interés cultural. Aquella curiosidad no buscaba satisfacer necesidades elevadas. Tampoco de interés práctico porque nada de provecho salía de aquella búsqueda. Era más parecido a la tendencia a olisquear de los perros. Me levantaba de un salto del sofá, me ponía de pie al lado de la Telefunken color caoba, lo más cerca posible de la esquina superior derecha donde estaban los botones negros junto a los pequeños pilotos rojos que indicaban el canal activo, y empezaba a tocar los botones —creo que eran ocho— que componían el limitado universo de opciones para mi curiosidad. Solo había cuatro canales diferentes, así que, desde el punto de vista cuantitativo, no debía llevar demasiado tiempo husmearlos todos. En realidad no era tan sencillo. Lo primero era hacer un recorrido rápido por los canales para hacerse una idea general de la situación. Había tres materias fundamentales que le resultaban atractivas a mi curiosidad en aquel entonces —y puede que no haya cambiado mucho la cosa— Los deportes, la música y las películas de dos rombos. Solía ver los resúmenes de las noticias deportivas del día. No era difícil poder ver algún vídeo musical aunque a un volumen demasiado prudente. Las películas de dos rombos eran más habituales —estábamos en los tiempos del destape— e incluso tenía ocasión de ver alguna teta blanca como la leche que no sabría decir si servía para calmar mi curiosidad o para espolearla. No me he preocupado de contabilizar el tiempo que perdí allí de pie irresistiblemente atraído por el barullo multicanal. Seguro que el suficiente para poder achacar a aquellas noches mi actual estasis venosa. Una mañana del doce de octubre —fiesta nacional— en la que mi madre se levantó a su hora habitual —que sería alrededor de las siete de la mañana— al entrar en el comedor poniéndose la bata granate que le regalamos ese mismo año el día de la madre, pegó un grito de espanto que me despertó de forma instantánea. Yo estaba medio tumbado apoyando mi hombro izquierdo en el mueble de la televisión, con la mano derecha elevada y todavía en contacto con el aparato. La luz que emitía la carta de ajuste formaba un halo beatífico alrededor de mi cabeza. De fondo se oía un pitido inagotable que parecía estar dispuesto a seguir sonando hasta el fin de los tiempos.

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