Posos

A veces, cuando mi perra intuye que voy a salir sin ella, me mira con una expresión de angustia idéntica a la que yo debía tener cuando llegaba a casa del colegio y mi madre no estaba en casa. No esperaba que mi padre estuviese en casa, eso se daba por hecho, pero ¿dónde se metía mi madre cuando sabía que yo llegaba siempre a la misma hora? ¿Por qué esta falta de atención y de cuidado? No podía tratarse de un descuido, yo pasaba casi ocho horas fuera ¿no había tiempo en ese intervalo para hacer lo que mi madre tuviese que hacer y estar de vuelta a las seis de la tarde para abrirme la puerta y que yo pudiera merendar y ver la tele? Era un razonamiento aplastante que solo podía conducir a una conclusión: mi madre, por alguna razón que yo tenía que adivinar, me dejaba en el descansillo cada tanto de manera premeditada, no sé si exactamente para hacerme sufrir o para que aprendiese alguna lección de vida. Eso daba igual. La cuestión trascendente es que yo me quedaba allí indefenso, sin rutina a la que aferrarme, incapaz de imaginar que existían alternativas al sofá, la tele y la merienda en parte por mi congénita apatía, en parte por la férrea prohibición a hacer algo distinto a quedarme en el descansillo, esperando a que mi madre se dignase aparecer abriendo la puerta del ascensor. Por motivos de seguridad, se me había inculcado máxima prudencia para no alejarme de los lugares conocidos y seguros: no debía salir de la parcela ni hacer ninguna ruta que no fuese la línea recta entre mi casa y el colegio. En caso de que mis padres, siempre por causa mayor, no estuviesen en casa a mi vuelta, la consigna era utilizar el portero automático para llamar al piso de algún vecino, identificarme convenientemente y pedir —siempre por favor— que me abriesen la puerta de la zona segura que empezaba en el portal. Luego tenía que subir —siempre por las escaleras— al descansillo y esperar allí lo que fuese necesario. Como mucho, en caso de que la supuesta causa mayor se prolongase más de la cuenta, me estaba permitido hacer sonar el timbre de nuestros vecinos para que la madre —una mujer alta, dulce y cariñosa que no dudaba un instante en hacerme pasar a su casa— me ofreciese su sofá, su tele y su merienda, que compartía además con su encantadora hija de mi misma edad. Alguien podría pensar que este panorama era más atractivo, aunque solo fuera por novedoso, que el ya conocido de las consignas de mi madre y mi hermana estudiando como si fuese divertido. A ese alguien me gustaría recordarle que, en aquel momento, yo no quería la lástima de nadie. Además, cuando se está obcecado en un sentimiento, resulta imposible por definición encontrar alternativas que te saquen de ese estado y estás abocado sin remedio a sufrir. Ese era el caso, supongo, porque pienso ahora que aquella hubiese sido una oportunidad fantástica para desobedecer y romper la rutina. Tenía trece años ¿por qué no podía tener mi propia llave? ¿Por qué cojones tenía que seguir dependiendo de que alguien me abriese la puerta? Mis sentimientos se movían con cierta lentitud pero seguros, de la angustia inicial hacia la frustración y la rabia. Era sencillo, abrir la puerta era tan sencillo y, pese a todo, yo tenía que estar allí fuera, en el frío, sin la posibilidad de cobijarme haciendo el simple gesto de girar una llave en una cerradura. Entonces me sentía con el valor de plantear mi reivindicación a mis padres, incluso llegaba a imaginar que lo conseguía. Pero la realidad era otra. Ellos pensaban que solo tenía trece años y que darme una llave de casa —teniendo en cuenta además mi carácter descuidado e impulsivo— era una absoluta temeridad que conduciría, seguro, al desvalijamiento de nuestra vivienda y a la pérdida de todos los bienes familiares. Yo sabía eso y cuando la frustración desaparecía la demanda resultaba tan obviamente absurda que no merecía la pena ni pensar en plantearla. ¿Acaso alguien en su sano juicio plantearía a sus vecinos vivir con las puertas permanentemente abiertas confiando los unos en los otros? No, eso se transmite y se entiende fácilmente desde muy pronto. La rabia me llegaba en el momento exacto en que comprendía que había todo un sistema de pensamiento, basado en la seguridad, contra mí. Apretaba los dientes sentado en ese escalón duro y helado mientras los ojos se me llenaban de lágrimas y maldecía primero a mi madre —que es la que debería estar en casa— después a mi padre como cómplice necesario de aquella situación, para finalizar conjurándome contra el sistema absurdo que me dejaba en el descansillo. Algunos años más tarde, cuando se me concedió el privilegio de tener una llave de casa, recuerdo que, probablemente como reacción, sentía el fantástico alivio que acompaña a la sensación de libertad cuando abría la puerta y no había nadie en casa. Es cierto que contenía la euforia porque, acostumbrado a la frustración, tenía que comprobar habitación por habitación que aquello era verdad y podía dedicarme a no hacer absolutamente nada. En el descansillo me pasaba quizá una o dos horas. Escuchando atento el sonido del ascensor arriba y abajo, invadido por una rabia que se acompasaba con ese sonido y que servía para hacer planes detallados de lo que sería mi venganza: Robaría una llave, no hablaría a mis padres durante la próxima semana, rayaría el parqué, mearía fuera y no tiraría de la cadena, suspendería todas. En fin, esas cosas que todos hemos soñado hacer alguna vez y que nunca hemos hecho. No las hemos hecho porque se pasa la angustia, se pasa la frustración, porque el cuerpo humano tiene un límite y se cansa de sentir rabia. Por lo que sea. Por fin, en una de esas ocasiones, el ascensor se paraba en nuestro piso, se abría la puerta y aparecía mi madre terriblemente estresada pidiéndome ayuda con algunas bolsas y buscando nerviosa la llave en su enorme bolso. Yo no podía evitar alegrarme, sentir alivio al verla allí y me centraba en disimularlo con todas mis fuerzas. En que no se me notase. Ni eso, ni que había llorado. Tiraba las cosas en medio de mi habitación, me cambiaba de ropa y de zapatos, me iba diciendo por el pasillo que ese era un buen momento para leer alguno de los libros que estaban sobre mi mesilla. Me sentaba en el salón, ponía la tele y, al poco, el efecto ansiolítico de las imágenes, me había hecho olvidar todo y me había puesto al borde de la pérdida de conciencia. A los dos o tres horas, con la mente en blanco, volvía a la habitación. En el pasillo volvía a pensar que era un buen momento para esos libros, me ponía el pijama, me metía en la cama y me quedaba dormido sin más. Quizá, aunque no los recuerde, era en los sueños de ese tipo de noches en los que se iban afianzando como posos, los cimientos de lo que pasaría después.

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