La Visita

Suelo visitar a mis padres de manera desordenada. Lamentablemente, en el haber de mis capacidades no se encuentra la de planificar. En realidad, no cuento con capacidades destacables y tengo la convicción de que, si no fuera por esa presión externa que hemos interiorizado durante nuestra educación, viviría en un desierto de sensaciones e improvisación en el que no sobreviviría mucho tiempo. Incluso he llegado a estar convencido de que ese desierto es, ni más ni menos, el estado natural del ser humano que nos hemos empeñado en enterrar quizá porque pensamos que es demasiado poco para una existencia elevada. A día de hoy no sé si sigo convencido de eso. Lo cierto es que un día que me encontré de camino a una de esas desordenadas visitas, se me ocurrió que podía compartir con mis padres —al fin y al cabo son personajes habituales— algunas de mis historias sobre la infancia. Creo que me pareció que el momento tendría algo de ternura, de recuerdo emocionante; incluso me imaginé a mi madre leyendo conmovida, intentando evitar que las lágrimas se desbordasen de sus ojos. Probablemente estuviera un poco deprimido aquel día  y necesitaba ese tipo de emoción reconfortante que, por compartida, parece devolvernos a un lugar conocido en el que nos sentimos seguros. Quiero dejar claro que no se trataba de un plan o de un pensamiento elaborado con un objetivo. Para nada. Era solo —como bien he dicho— una ocurrencia basada en la superposición de imágenes emocionantes que parecían poder ponerme a salvo de la depresión durante algunos minutos. Mi padre no estaba en casa. Mi madre me recibió con dos besos y las consabidas quejas sobre su estado de salud que siempre ha sido subjetivamente frágil —porque objetivamente nunca ha sido malo—. Me informó de que, aunque era un poco pronto, la comida ya estaba lista, de que mi padre no iba a comer con nosotros y me preguntó, sabiendo la respuesta, si me apetecía un vermú en el comedor. El vermú es la costumbre social más cohesiva que hemos fabricado. Maestros tendrá la santa iglesia de la sociología para indagar el porqué. Mi sensación es que tiene que ver con que se celebra a mitad del día, en un estado de ayuno leve que favorece el efecto social del alcohol, y que pese a tener como final determinado la hora de comer, permite aplazar agradablemente esa obligación hasta el momento en el que el hambre de la manada es difícil de ignorar. En algunos casos incluso, permite sustituir la comida ordenada tradicional por una más caótica aunque —precisamente por esto— más agradable. Así fue como mi madre y yo nos sentamos en la mesa redonda del comedor con unas aceitunas machacadas, unos boquerones en vinagre que sobraron el día anterior y una botella de Martini rosso. En uno de esos arrebatos pijoestéticos que me dan, corté un par de rodajas de limón y las metí dentro de los vasos anchos llenos de hielo. He de decir que mi madre, desde siempre, es muy prudente en la ingesta de alcohol, así que puso la mano sobre el vaso cuando se lo iba a rellenar por segunda vez antes de que yo me lo rellenara por tercera.  No hablábamos mucho. Después de meterme la última pareja de boquerones en la boca, todavía con ese sabor fresco y denso que pide ser complementado con un trago, me acordé de mi ocurrencia y sin pensarlo se la solté a mi madre. Oye mamá, estoy últimamente escribiendo algunas cosas que igual te gustaría leer. ¿Escribiendo, tú? Respondió sin maldad. Sí, un blog basado en mis recuerdos de la infancia. ¿Un blog?. Bueno, es cierto que lo que hago no encaja muy bien en el concepto blog, es quizá demasiado largo, en castellano a veces se traduce por bitácora. ¿Bitácora?. Sí, una especie de diario. ¡Ah! Escribes un diario, eso está muy bien, hijo. He pensado que igual te gustaría leer alguna de las cosas que escribo, tú sales mucho, evidentemente, en el papel de madre. Dijo vale pero noté un deje de desconfianza que no había esperado, quizá el chascarrillo sobre su papel no le había resultado adecuado. Saqué la tableta y le enseñé a moverse por la entradas de la página. Dijo vale otra vez y se quedó allí sentada, leyendo, mientras yo iba a por más hielo a la cocina. Me demoré un poco para permitirle cierta intimidad mientras aprovechaba para husmear en la comida preparada. Busqué con un tenedor un pedazo pequeño de bacalaó entre la salsa de tomate y lo pinché junto con un trozo de patata roto que andaba tumbado en el fondo de la cazuela de barro. Unté salsa con pan que arranqué de la barra. Por último, di un trago de vino tinto directamente de la botella que estaba en la puerta del frigorífico. Aquella combinación caótica de sabores intensos es lo que yo llamo estar en casa. En el comedor mi madre seguía leyendo con interés aunque sin muestras de emoción. No me detuve en este detalle porque me di cuenta de que me había olvidado de coger el hielo. Volví a la cocina e intenté no distraerme esta vez. Me senté frente a mi madre después de llenar generosamente de Martini el vaso con hielos nuevos. Me dispuse, ahora sí, a analizar la expresión de su cara que parecía dudar entre una sonrisa y una mueca de fastidio. No dije nada creo que confiando en la capacidad de sugestión de las historias y olvidando, por un narcisista minuto, que mis historias son mediocres y con escasa capacidad de sugestión. Por fin, mi madre decidió que ya no leía más y dijo con su media sonrisa, hijo, no sé por qué te inventas estas cosas, tú nunca has sido un niño imaginativo. Creo que me puse un poco rojo y estuve a punto de enfadarme por frustración, tuve la tentación intensa de ponerme a recordar a mi madre los detalles reales de las historias que había escrito y lo que quería transmitir con cada una de ellas. Dudé de hacerlo e inmediatamente después dudé de mí mismo ¿qué interés tendría yo en inventarme aquello? ¿podría ser que fuesen sueños de esos muy reales que no somos capaces de diferenciar de los acontecimientos de nuestras vidas? ¿son las historias una forma autónoma de realidad? Apuré el vaso mientras reflexionaba sobre estos delicados asuntos y, de paso, sobre mi frustración. Al volver a dejar el vaso sobre la mesa parece que no tuve el suficiente cuidado. Lo apoyé demasiado cerca del borde, no llegó a asentar bien y cayó al suelo rompiéndose en cuatro amenazantes trozos. Mi madre gritó. Yo me cagué en la puta. Recogí y limpié el destrozo viendo de reojo cómo mi madre balanceaba despacio la cabeza. Así se pasó toda la comida, moviendo la cabeza sin decir ni una palabra. Yo, en un determinado momento, dije: el bacalaó te ha quedado cojonudo, mamá.

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Un pensamiento en “La Visita

  1. Este relato me ha calado hondo. Más que cualquiera de los otros. Creo que no es solo por la temática, sino por la manera de escribirlo, por no cebarse en las partes más intensas, exponiéndolas sin dramatismo ni adorno.
    Ya los hechos de por sí son importantes, solo hay que contarlos, sin subir el tono respecto al resto.

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