La Matanza

El pueblo no era ese lugar idílico que algunos pintan como escapatoria infalible al estrés urbano. Era solo un lugar menos habitual que provocaba en mi cuerpo, sensaciones poco conocidas. Había personas nuevas: mis tíos, una miríada de otros familiares indeterminados del tipo primos de tal o cual que a su vez eran tíos de una prima de mi padre, mis primas, representantes de la categoría de mujer fuera del núcleo familiar capaz de despertar el deseo sexual. Había calles poco habituales mal o nada asfaltadas. Portones traseros por donde salían algunos tractores con luces como de platillo volante en dirección a los campos donde yo fantaseaba encuentros con extraterrestres tímidos que no se atrevían a acercarse demasiado porque preferían a los solitarios y macizos agricultores.  Estaba la plaza con el frontón en el que se jugaba a pelota. Un deporte que yo —que siempre he tenido la piel de las manos extremadamente fina— consideraba impracticable. Solo de ver a aquellos seres abigarrados golpeando, con lo que me parecían garras, esa pelota hecha de piedra maciza me dolían las manos. Incluso mi padre se unía esporádicamente a aquella práctica folclórica quitándome, al verlo jugar, las ganas de ganarme una bofetada de aquellas extremidades indudablemente autóctonas. Lástima que ahora la civilización haya descatalogado este tipo de prácticas deportivas, porque eran —además de saludable actividad física— tremendamente disuasorias para niños urbanitas portadores del gen de la flojera crónica. Otra práctica similar, también ya descatalogada —esta vez por motivos de salud pública y no de moderna pedagogía positiva— era “la matanza”. Nombre que, escrito ahora, transmite la certeza de que fue elegido sin tomarse tiempo para buscar eufemismos que provocasen lucrativos efectos comerciales. De haberse nombrado hoy, estoy seguro, habría llevado semanas encontrar denominaciones adecuadas para las búsquedas en Internet y para las guías turísticas. Alguno de esos agudos mercachifles, habría concebido explicaciones largas e inconcretas del tipo: “Quizá el único sacrificio que realmente merece la pena”, “Una tradición que mezcla a la perfección lo económico y lo cultural, la necesidad y la virtud”, “Una costumbre milenaria que celebra la transformación de la vida del cerdo”. No sé, no soy capaz de entrar en esas mentes tan capaces, pero estoy seguro que no usarían palabras como agonía, matar, sangriento, desesperación, acuchillar, despiadado, chillido… La prohibición llegó —no sabría decidir si por suerte o desgracia— cuando yo ya había sido iniciado en el rito del sacrificio. Después de buscar durante un rato un sitio seguro en el que dejarme —era yo un niño frágil de cinco o seis años— me sentaron en lo alto de una tapia mitad adobe, mitad ladrillo, desde donde se dominaba bastante bien la escena. Era un patio trasero relativamente pequeño con forma de cuadrilátero irregular. El rito congregó aquel día como a una docena de personas entre las que había dos grupos claramente diferenciados: las mujeres y los niños y los hombres. El primer grupo estaba esencialmente compuesto por espectadores aunque, como siempre, bien organizados jerárquicamente: Los niños eran espectadores puros, las mujeres tenían capacidad crítica, o lo que es lo mismo, estaban autorizadas a juzgar el espectáculo. Igual que en el mundo de la crítica, existía también una jerarquía en el de las mujeres. Mi tía, por ejemplo, se movía de aquí para allá con una especie de despiste entrenado. Transmitía la sensación de conocer perfectamente el reparto de tareas y de quién era la responsabilidad de completar cada una de ellas. Hacía las que le correspondían concentrada sin preocuparse —en apariencia— de las de los demás. Sin embargo, cuando algo no iba bien, soltaba un par de frases contundentes —solía siempre incluir nombres— que zanjaban discusiones o dejaban claro quién era el responsable de que aquello no hubiese salido según lo previsto. Así que desde aquella tapia yo veía a mi tía ir y venir sabiendo por instinto que donde ella estaba era donde se desarrollaba la acción. Me habían hecho madrugar indecentemente —por aquello de que había mucho que hacer— lo que mantenía en un estado de alerta agradable y productivo. Mi tía dijo por fin: se nos va la mañana como no empecéis con eso. El grupo de los hombres parecía estar esperando aquella frase: dejaron de hablar, apuraron los cafés de puchero, los orujos y los cigarros y se estructuraron nerviosos en su jerarquía —cómo no— de actores. Entorno a una mesa baja de madera se dispusieron en una fila imperfecta encabezada por el más abigarrado de todos. En la mesa había un par de cuchillos gigantes. En el suelo una palangana de porcelana blanca y una especie de caja grande de madera sin tapa. Y ollas. Se notaba cierta tensión. Los hombres hablaban pero no decían frases enteras, decían vamos y tú quédate ahí, decían venga, decían andad con cuidado, decían sí y no tenemos todo el día, mientras se iban acercando a la puerta pequeña de la trasera que daba a la calle. De pronto dos de los hombres la abrieron. Desde donde yo estaba no podía ve el otro lado pero parecía que alguien indicaba a un coche, tira, tira, un poco más, va, va… hasta que se oyó un golpe fuerte en la trasera y un grito, ¡vale!. Yo empezaba a asustarme. Los hombres se amontonaron en la puerta agitados gritándose instrucciones contradictorias unos a otros. Entonces, por primera vez, se oyó el chillido. Agudo y ronco al mismo tiempo. Vivo y sentenciado a partes iguales. Que había una sentencia que cumplir yo no lo sabía, solo empezaba a intuir que no se me había dado toda la información necesaria. Dejaba de estar asustado y empezaba a tener miedo. El cerdo apareció por la puerta luchando con la soga con la que los hombres le sujetaban desordenadamente, le tiraban del rabo, le buscaban constantemente la espalda para evitar, por lo que entendí, que les mordiese. Era un animal grande, macizo como eran todos los seres del pueblo, tenía una cara un tanto inexpresiva que le daba aspecto de tener posibilidades en la lucha. Los chillidos, a medida que la desesperación avanzaba, eran cada vez más largos. Definitivamente yo tenía miedo y me preguntaba sentado en aquel murete qué había hecho aquel animal rosado para que le castigasen de aquella manera. Como no tenía tanto hambre como para pensar que aquella podría ser una razón, tomé partido por la víctima y empecé a desear que el animal escapase. Os juro que veía posibilidades. La puerta estaba todavía abierta —no sabía, es cierto, que la trasera estaba bloqueada por una furgoneta— los agresores estaban desorganizados y mostraban respeto por la intención del animal de usar sus armas. Los chillidos ya eran constantes. Me empezó a parecer que aquella no era una buena señal, pero no perdía la esperanza. Forcejeaban todos contra todos. Se gritaban para corregir las maniobras destinadas a volcar al cerdo, parecía claro hasta para mí, que la intención de aquellos hombres era tumbarlo sobre la mesa baja de madera. Uno de ellos —el que gritaba más alto que ninguno— cogió unos de los gigantescos cuchillos que habían dejado allí. No lo di importancia porque confiaba inconscientemente en que se respetase, con elegancia, la regla de cada uno con sus fuerzas. Entre los chillidos se intercalaban jadeos. El animal echaba espuma por la boca que alguien le había atado. Cada vez se movía menos. Se resistía ahora de manera inconstante como evaluando, entre intento e intento, sus posibilidades reales. Lo hombres paraban cuando él paraba pero solo para coordinar su siguiente intento de desplomarle. Entonces él chillaba desesperado. Gruñía al borde del agotamiento. Ellos no eran elegantes, parecía obvio. Eran despiadados y harían lo que fuese para alcanzar su objetivo. No tengo ni idea de cuánto tiempo pasó, creo que una eternidad de algunos minutos, gritaron a la de tres, contaron uno dos y tres y el cerdo quedó tumbado sobre aquella mesa que yo confiaba se hiciese astillas. El del cuchillo seguía gritando ahora muy cerca de él. Algunas mujeres se acuclillaron alrededor de su cabeza. Dejó de resistirse algunos segundos. El del cuchillo se acercó sin dejar de gritar. Se hizo un silencio expectante, algunos de los hombres gritaron ahora, el del cuchillo se acercó aún más y con un movimiento tosco, le acuchilló en la garganta. Hubo un par de últimos chillidos e intentos flojos de soltarse. Mucho jaleo y poco más aparte del sonido caliente de la sangre oscurísima borboteando sobre la madera y la loza de las ollas y la palangana.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s