Imprevisibilidad

No fue sencillo abandonar la infancia. Fue algo así como dejar la butaca en la que estás disfrutando cómodamente del espectáculo para bajar al escenario —a punta de pistola— a representar un papel completamente desconocido. Mi primera reacción fue la de volver a la butaca. La de negarme a aceptar ese cambio que no me había sido comunicado ni en tiempo, ni en forma. Así las cosas, vivía en una especie de regresión constante. Yendo del escenario a la butaca y de la butaca al escenario impulsado por sensaciones contradictorias que alternaban, con aparente normalidad, entre la desesperación y la euforia. Me acordé de esta sensación el otro día, leyendo un cuento de Carver, Jerry y Molly y Sam, que me trajo a la cabeza un nombre de perro: Rusky. Y es que el personaje central del cuento de Carver es un perro. No es Jerry ni Molly —que son apenas unos secundarios que se nos cruzan en un bar— ni tan siquiera Sam; el personaje central es Suzy, la perrilla blanca y peluda de la familia a la que su dueño elige un domingo para sacrificar en el altar del dios del orden. Rusky, por su parte, era un perro canela con nariz de boxeador y cara de viejo. Uno de esos que tienen permanentemente los dientes al aire como si la cara no les acabase del cuadrar. El nombre se lo pusimos el día que apareció en la parcela y se pasó toda la tarde haciéndonos carantoñas moviendo nerviosamente su pequeño rabo enroscado. Se esforzaba con cierta desesperación perruna por agradarnos y ser merecedor de nuestra atención. Su comportamiento no nos era del todo extraño; hacía cosas muy parecidas a las que hace un niño recién llegado para ser aceptado por sus nuevos vecinos. Con una diferencia: a los doce años, la presencia de otro niño, genera cierto nivel de prevención hacia el extraño, cierto grado de desconfianza natural. La presencia de un perro, sin embargo, despierta ternura porque el animal transmite sin esfuerzo una confianza basada en su comportamiento previsible. Quizá nos fascina que eso sea posible porque la previsibilidad, es una habilidad que los humanos no poseemos por una serie de limitaciones genéticas que algún día serán científicamente identificadas. Por eso todos los niños quieren tener un perro; para seguir imaginando que la previsibilidad es posible. Esto me lo demostró Rusky con un gesto sencillo: se acercó a mí mirándome con fijeza y, cuando yo, al ver incómodo que no dejaba de mirarme le acerqué la mano sin estar seguro de lo que le iba a hacer con ella, me la lamió con cariño un par de veces dejándomela mojada en el aire —como muerta— durante los siguientes cinco o seis minutos. No tenía ni idea de cómo responder a ese tipo de gestos. La situación se estaba complicando porque había que decidir qué hacer con Rusky cuando nos tuviésemos que subir a casa. Como especímenes humanos que éramos, pensábamos que el animal no iba a ser capaz de arreglárselas solo o, de poder hacerlo, sería solo capaz de una supervivencia básica. Nuestra primer impulso —equivocado, cierto, pero eso nosotros no lo sabíamos entonces— fue buscar el consejo de nuestras  madres. La mía, por ejemplo, me preguntó preocupada si me había vuelto loco mientras intentaba demostrarme con todo tipo de ejemplos lo duro que es responsabilizarse de un indefenso animal como aquel. También consideró conveniente recordarme la cantidad de pelo que sueltan esos bichos. Después le pregunté a mi padre que me dijo aquello de que ya has oído a tu madre. Las madres de los otros supongo que dirían algo parecido así que barajamos otras opciones mientras la noche se iba echando sobre nosotros condenando a Rusky a dormir a la intemperie. Alguien pensó en hacerle una cueva adecuada a su tamaño en la parte más escondida del jardín. Otro —quizá el mismo dado que los ingeniosos son perseverantes— en meterle en uno de los portales o, incluso, en uno de nuestros trasteros. Hablábamos y hablábamos sin que las cosas que decíamos nos moviesen a ningún tipo de acción. Yo me estaba empezando a poner nervioso. Mis padres me limitaban con sus decisiones indiscutibles, mis amigos con su falta de decisión. Creo que aquel día podría haber decidido conformarme con esas limitaciones, pero no lo hice. Mi estómago me empujaba a buscar una salida. Como en realidad no había muchas salidas, me vi obligado a tener una idea a la altura de la que tuvo Al en el cuento de Carver: Rusky no tenía esperanza, ¿y si le metían en alguno de esos oscuros trasteros en los que no tendrían la deferencia de dejarle la luz encendida porque gasta? ¿o en un agujero en el césped en un rincón húmedo hasta el reúma? Y en el mejor de los casos  ¿y si le encerraban en la casa de alguna de esas madres que lo consideraban un bichoconpelos? Sin duda había que evitarle todo ese sufrimiento, así que propuse que fuéramos al río porque el animal, mientras nosotros seguíamos mareando la perdiz, quizá necesitase beber agua. No creo que ninguno de mis amigos —mientras bajábamos charlando  por el paseo de la ribera con Rusky jugueteando entre los cordones de nuestras deportivas blancas— se diera cuenta de que yo me había visto obligado a buscar una salida a aquella situación tan absurda.

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