Efectos de la Industria del Entretenimiento

Mi padre tenía esas cosas: sufría de ataques de responsabilidad durante los que decidía que debía llevarme a ver algún espectáculo poco habitual. Supongo que era un modo de compensación por la ausencia; o, a lo mejor, de ofrecer valor añadido a mi educación diferenciándose de mi madre que era quien siempre estaba y debía encargarse de la parte rutinaria. Eran apariciones estelares de fin de semana como la de aquel viernes por la tarde en que me llevó a ver una película. Fue la primera vez que entré en un cine y dudo —por lo que sucedió después— que tuviese la madurez necesaria para interpretar el espectáculo. Recuerdo claramente que, aunque estaba a cierta distancia de nuestra casa, fuimos andando en silencio por las calles de la ciudad; las recuerdo vacías aunque es improbable que lo estuvieran. Es como si la memoria aislara sensaciones y pusiese o quitase personajes secundarios según convenga a lo vivido. Iba de la mano de mi padre, concentrado en la caminata para no desfondarme, sin tener la más mínima idea de lo que me iba a encontrar. Iba en un estado de falta de prejuicios casi imposible, con la emoción directamente expuesta a lo que sucediese sin importar lo que fuera. Todos sabemos que es un estado que se puede vivir muy pocas veces, si me tengo que poner teórico diría que solo se puede vivir una vez con cada categoría de experiencia; pero esto es solo teoría, porque las categorías de experiencia son intercambiables y solemos aplicar uno o dos esquemas a todas sin tener en cuenta distinciones teóricas de ningún tipo. Además, a partir de un pequeño número de experiencias, todos los impactos sentimentales están mediados por el primer esquema experiencial que nuestro organismo ha acertado a conformar. Como llegamos pronto a la sala —otra de las costumbres de mi padre que necesita sentir que tiene siempre margen para cualquier imprevisto imaginable por improbable que sea—  nos pusimos los primeros frente a la taquilla que todavía no estaba abierta. Entonces no había otra manera de conseguir entradas que comprarlas en la clásica ventanilla que abría como media hora antes del primer pase. Si no recuerdo mal, en casos excepcionales, se adelantaba el horario de apertura para evitar aglomeraciones. Mucho tiempo después mi padre me ha recordado algún detalle que mi cabeza ha borrado, como que aquel día se formó un importante atasco de entrada y él, siempre previsor, me colocó solo en la cola de acceso al patio de butacas —tampoco había varias salas, solo una única y principal con butacas de espuma blanda y tapicería de falso terciopelo hiperalergénico— cuando se dio cuenta de que algunos grupos mandaban avanzadillas que nos tomarían la delantera. Y es que no sé muy bien por qué sentido de la justicia las butacas no eran siempre numeradas provocando, en alguno de esos estrenos históricos, atascos a veces importantes —tampoco los accesos estaban diseñados para multitudes—. Así que allí estaba yo asustado esperando a que mi padre llegase con las entradas sabiendo que si alguien intentaba cogerme el sitio no sería capaz, no ya de defenderlo, ni siquiera sería capaz de protestar por ello. Siempre está bien conocer las propias limitaciones aunque el conocimiento no las elimine ni tan siquiera las haga más soportables. Hubo algunos empujones para entrar pero conservamos dignamente el puesto y mi padre consiguió dos sitios centrados en una fila hacia el final de la sala. Cuando se apagaron las luces no me dio tiempo a sentir miedo porque se iluminó la pantalla y comenzó a sonar aquella música grandilocuente que ya es un clásico de las bandas sonoras. Años después he visto de nuevo esa película y me ha parecido simple, terriblemente poco sofisticada y mal envejecida, pero aquella primera vez me produjo un efecto tan intenso que estuve fuera del mundo durante un tiempo largo. Me retrasé en el colegio, dejé de jugar a los juegos tradicionales, no me llamaban la atención mis congéneres y buscaba sin cesar seres marcianos con los que establecer relación. Mis padres —me consta— llegaron a preocuparse seriamente por mi estado de enajenación. Perdí, incluso, el interés por mi vecina, que no era nada comparada con una princesa, y soñaba constantemente con identificar, de una vez por todas, a mis antagonistas y la misión que debía sacar adelante contra aquellos seres malvados y poco expresivos. Era un vagabundo por la rutina diaria, me llevaban de un sitio a otro sin que mi voluntad participase lo más mínimo, vivía como si mi cabeza estuviese prolongado indefinidamente la trama dejando al resto de mí mismo convertido en un espectador incapaz de percibir el entorno. En aquel estado me encontraba el día en el que, ayudado por la escalera con la que mi madre estaba limpiando los ventanales, saqué medio cuerpo fuera por la ventana del salón. Mi madre trajinaba concentrada en su misión —qué envidia me daba aquella claridad de ideas— y yo miraba la gente pasar por allá abajo. Probablemente por la distancia —miraba desde un séptimo piso— había en aquellos movimientos algo de automático, de robotizado. Así que mi cabeza empezó a imaginar que aquellos transeúntes anónimos eran soldados del imperio y que yo volaba en mi nave-caza hacia ellos con la intención de quitarlos de en medio para liberar a la princesa. Me imaginaba haciendo picados arriesgados remontando el vuelo después de haberlos destruido con varios disparos —seguro que, al mismo tiempo, imitaba también el sonido de aquellas ráfagas láser; lástima que no pueda transcribir eso— sacando en aquellos movimientos más y más cuerpo por la ventana para poder ver durante más rato mi objetivo. Abstraído como estaba desde hacía meses, no escuchaba a mi madre que me advertía del peligro y me pedía que bajase de allí. Supongo que como recurso para darle más verosimilitud a aquella lucha espacial, empecé a lanzar escupitajos a mis objetivos justo antes de imitar el sonido del láser y remontar dejando sobre la acera allí abajo, imaginados cadáveres metálicos. Con cada nueva ráfaga iba perfeccionando mi técnica de disparo y los escupitajos eran cada vez más grandes, densos y precisos hasta que uno de ellos impactó en la cabeza de un paseante. Yo creo que hay que reconocer el mérito que tiene que un niño tan pequeño sea capaz, desde esa distancia, de darle con un simple escupitajo a una persona, pero no parece que en aquel momento mi madre estuviese preparada para reconocerlo. Estaba tan centrado en la remontada de la nave, con el quicio de la ventana a la altura de mi entrepierna que no me di cuenta que mi madre había oído el grito de aquel indignado paseante y se acercaba a mí con decisión. Sí me di cuenta de que alguien me agarraba por el cuello —seguro que pensé que algún soldado imperial me había cogido la espalda— y tiraba de mí hacia atrás con una mano mientras con la otra me pegaba un bofetón lateral tan contundente que me devolvió a la realidad de inmediato generando en mi cabeza, a partir de entonces, una aversión rozando lo patológico a las películas de héroes y villanos.

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