El Plan (II)

El plan consistía en demostrar una responsabilidad impropia de nuestra edad comportándonos ejemplarmente durante una buena temporada con el objetivo de que nos dejasen bajar solos a la guardería y poder así, un día cualquiera, escaparnos. Quizá —ahora que lo pienso— era un plan descabellado que tenía unas mínimas posibilidades de funcionar y que seguro hoy no hubiese funcionado pero, amigos míos, funcionó y nuestras madres —nuestros padres no andaban por allí habitualmente— nos empezaron a dejar bajar solos después de comer con la condición de que no usásemos el ascensor y fuésemos, sin entretenernos con nada ni nadie, a encontrarnos con nuestras cuidadoras. Y así lo hicimos durante algunas semanas. Bajábamos concentrados por la escalera agarrándonos a la barandilla y sin decirnos nada. Era el momento de los olores. Cada descansillo tenía el olor particular de sus habitantes. Había algunos que olían rancio. Otros que olían a colonia de niño y a talco. El del segundo, en concreto, tenía el olor a hierro oxidado del sargento retirado que nos atemorizaba con una voz robotizada e incomprensible que salía de un agujero en medio de su garganta. Esto no nos lo decíamos porque no teníamos aún las palabras, pero en cada rellano mi vecina y yo nos mirábamos un instante para confirmar que estábamos sintiendo lo mismo. Era como empezar el día repasando la lista de emociones habituales para confirmar que ese día también estarían allí, a nuestra disposición. Subir los siete pisos era más complicado. Requería un esfuerzo físico importante que no nos permitía distraernos con sentimentalismos. Teníamos suficiente con seguir respirando. Cada dos o tres tramos de escalera parábamos a descansar sin reparar en ningún otro detalle. Eso sí, el tramo entre el segundo y el tercero lo pasábamos siempre de un tirón, apretando el paso. Nuestra vida transcurría plácida hasta el día en el que decidimos escapar. Como el plan era mío, no estaba trazado con detalle pese a las horas que había invertido en diseñarlo dentro de mi cabeza y en explicárselo a mi vecina. Así que cuando llegó el día indicado, bajamos las escaleras completamente inundados por una nueva emoción mucho más intensa que los olores habituales. Por el ritmo al que latían nuestros corazones, aquello se parecía a una paradoja fisiológica, nos recordaba más a subir las escaleras que a lo que estábamos haciendo, que era bajarlas. La determinación se mezclaba con la incertidumbre de estar haciendo algo por primera vez no solo sin que nos lo hubiesen mandado, sino aún peor, algo radicalmente contrario a lo que se esperaba de nosotros. Sentíamos por primera vez la fascinación del descenso hacia lo no permitido, de la intensa posibilidad de ser otros ignorando con naturalidad la potencial decepción en los demás, ese momento tan increíblemente emocionante en el que te preguntas si no sería mejor dejarlo y seguir teniendo una vida plácida sabiendo que la pregunta es perfectamente retórica. Llegamos al portal como si aquello fuese un misterioso espacio gótico y no el umbral rutinario por el que atravesábamos varias veces al día sin ninguna sensación destacable. Una vez abriésemos la puerta y saliésemos a la calle  no habría vuelta atrás hasta después de las dos horas de la tarde. En ese momento nos dimos cuenta de que mi plan era puramente teórico, escapar por el hecho de escapar, de modo gratuito, sin ningún sitio al que ir ni nada que hacer, sin saberlo, había planeado una escapada de corte budista. Así que, al ver el ceño fruncido de mi vecina mientras estábamos paralizados en el umbral de la puerta del portal, desarrollé un discurso de varios minutos sobre la gratuidad de la huida que quería desembocar en la conveniencia de que volviésemos a entrar y nos ocultásemos bien para disfrutar de aquellas primeras horas de auténtica libertad en nuestras vidas. No había muchos sitios donde ocultarse en la escalera: abajo los trasteros y el garaje tenían una puerta de entrada cerrada con llave además de destacables humedades. Arriba, aunque tampoco había nada, estaríamos al menos más templados. Superado aquel momento de incertidumbre, subimos hasta el descansillo de la sala de motores del ascensor dispuestos a pasar la tarde en aquella semioscuridad escuchando el arranque y parada de los engranajes, adivinando a qué piso se dirigía y si lo habían llamado para bajar o si subía alguien. Hay que decir aquí que esa escapada —aparte de poco arriesgada como se podía esperar de un plan salido de mi cabeza— era también muy corta. Las casas de nuestros padres estaban en el piso siete, justo un tramo de escaleras por debajo de donde estábamos sentados.  Aunque es cierto que ellos no lo sabían. Allí estuvimos las dos horas la mayor parte del tiempo callados, disfrutando sin más de la libertad de disponer de nuestro tiempo para adivinar el piso en el que se pararía el ascensor, para hablar de asuntos familiares y poco más. Creo que tuvimos ambos la sensación de que la libertad no era para tanto —no creo que pensáramos que podría ser otra cosa con algo que hacer—. También creo que ambos pensamos que en la guardería al menos había sillas y cojines cuando el culo se nos empezó a poner cuadrado y frío de estar sentados en un escalón y decidimos probar con el sexo —supongo que como un modo de entrar en calor— indagando las diferencias entre lo que cada uno tenía “ahí”. Todo iba bien, aunque vale que algo tedioso, hasta que oímos las voces de nuestras madres en el descansillo esperando al ascensor para ir a recogernos. Nos miramos llevándonos la mano a la boca al comprender con perfecta coordinación que tampoco habíamos previsto un modo creíble de volver, como si creyésemos que una vez se escapa el movimiento es definitivo y que nuestras vidas iban a transcurrir a partir de entonces en aquel descansillo. Así que allí estuvimos paralizados vete tú a saber cuánto tiempo mientras nuestras madres descubrían que no habíamos ido a la guardería, nos buscan como locas por todos los rincones de los alrededores, preguntaban en las tiendas por si alguien nos había visto, se angustiaban imagino que infinitamente hasta que a una de ellas —creo que fue a la madre de mi vecina— se le ocurrió buscarnos subiendo el último tramo de escaleras. Y allí estábamos los dos, con la mano todavía en la boca y serias dudas de que la libertad y el sexo fuesen algo tan apreciable como se decía por ahí.

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