El Plan (I)

Fue entonces cuando decidieron solemnemente que debía empezar a ir a la guardería. No tenía muy claro en qué consistía aquello ni cómo iba a afectar a mi vida así que opté —como habitualmente— por no ponerme ni alegre ni triste. El primer día que me llevaron de buena mañana a aquel lugar, me di cuenta inmediata —y es que ya empezaba a desarrollar mi característico olfato fino para las desgracias— de cómo aquello iba a afectarme en adelante. La lista de agravios es larga así que voy a intentar sintetizarla al máximo: Ya no podría remolonear antes de ceder a las presiones de estar despierto. No solo eso, mi hora de despertarme se adelantó significativamente, de tal modo que siempre era de noche cuando salía de la cama. Ya nunca más —es cierto que la magnitud temporal de la condena la comprendí bastante después; no sé qué hubiese cambiado si lo hubiese comprendido entonces— podría quedarme por las mañanas a salvo en casa, con mi madre, jugando dentro de mi cabeza a juegos incompartibles —aunque más de una vez hice el esfuerzo por compartirlos—. Se acabaron los mediodías  de fiesta en medio de la semana que sucedían en casa de mi vecina donde jugábamos a juegos inteligibles propuestos por su más despierta y acertada comprensión de la realidad. No era que no me gustase jugar o no propusiese juegos, era solo que cuando intentaba explicar las reglas del juego delirante que se me había ocurrido, empezaba a hablar forzando los músculos de mi cabeza para convertir en palabras aquellas imágenes nítidas de película muda que pasaban aceleradas por la trasera de mis ojos. No era fácil. Después de los primeros minutos de explicación me trababa y empezaba a tartamudear mientras veía cómo se arrugaba la frente sobre los ojos de mi vecina en un gesto de sincera preocupación, creo, que por mí. Era obvio que iba perdiendo progresivamente el interés por lo que yo balbuceaba en aquellas largas peroratas sobre las reglas del juego. Sin embargo ella nunca me interrumpía. Probablemente porque era una niña paradigmáticamente buena esperaba a que mi cabeza fundiese a negro y mi boca dejase de emitir sonidos hasta el punto en el que salía el último volumen de aire en mis pulmones dejando mi cabeza como un globo rojo deshinchado. Ella, por su parte, tampoco podría venir a mi casa dado que también estaba afectada por una decisión idéntica tomada, eso sí, por sus padres, no por los míos.Ya no podría almorzar minibocadillos de rajas finas de chorizo, ni rebanadas de pan bimbo con nocilla. Ya no tendría oportunidad de quedarme sentado junto al radiador mientras mi madre fregaba los cacharros y limpiaba la cocina. Ni de acompañarle a la compra para correr entre las estanterías repletas de relucientes envases de colores imaginándome —a modo de sustituto de lo inalcanzable— que disfrutaba de aquellas cosas que no me estaba permitido comprar. No bajaría más mañanas a la parcela a jugar con el balón de plástico de hexágonos blancos y negros a imitación de un balón de reglamento de la época. Se acabaron las horas muertas tumbado de espaldas sobre la alfombra del salón contemplando en el techo blanco un desfile de animales reales e imaginarios que me ignoraban distraídos al pasar… He conseguido resistirme a la matemática tentación de echar la cuenta de los años, meses, días, horas, minutos y segundos que pasé metido en aquel sitio concebido como un sucedáneo de la seguridad del hogar pero no he conseguido, sin embargo, evitar sentir lástima al tener que reconocerme que apenas recuerdo nada. Estuve yendo allí diariamente casi dos años pero es como si nunca hubiese estado. Me temo, sintiéndolo mucho, que tendré que recoger algunas imágenes de aquí y allá y fingir que me acuerdo de algo. Tal vez de unas ventanas bajas, esmeriladas, por las que solo pasaba la luz en su forma más básica y que, como máximo, permitían apreciar movimiento de colores en el exterior. Yo diría que era una habitación esencialmente diáfana con solo unos tabiques que delimitaban el baño y la habitación que funcionaba como sala administrativa. El resto de espacios estaban marcados por cojines, biombos, cajas de juguetes, suelos de diferentes colores; la zona de descanso, la zona de juegos, el círculo dibujado en el suelo sobre el que nos sentábamos a cantar. Sí recuerdo que cantar era una actividad emocionante. La profesora utilizaba un radiocasete en el que metía unas cintas TDK que guardaba en un portacintas rectangular de plástico rojo. Lo abría con cuidado, dedicaba unos segundos a leer los lomos de las cajas y por fin sacaba con precisión la cinta elegida que, casi siempre, tenía que rebobinar hasta el comienzo. Yo miraba aquella ceremonia boquiabierto, me sabía todas las canciones aunque nunca las cantaba. O, por ser más preciso, las cantaba en el interior de mi cabeza siguiendo a la perfección todos los efectos vocales e instrumentales que las componían. Quizá por eso no podía cantar, porque cantar —supongo— requiere olvidarse de los detalles que suceden de fondo, de modo que si estás pendiente de eso —de los detalles— es imposible centrarse en la letra para cantarla. Eso me pasaba: que escuchaba minuciosamente los sonidos con la boca abierta y no podía hacer nada más. Algunas veces, las cuidadoras se dirigían a mí para animarme a cantar como hacía el resto sin apreciar en absoluto el esfuerzo que yo estaba haciendo en escuchar la canción hasta el más mínimo detalle. Yo no entendía la lógica integradora de aquellos movimientos pedagógicos que me resultaban terriblemente molestos, así que me vi obligado a quejarme amargamente ante mi madre para que hiciese comprender a aquellas muchachas que debían dejarme tranquilo. En estas cosas pasábamos mi vecina y yo las mañanas después de que nuestras madres nos entregasen a aquellas dos mujeres suaves y cariñosas. A mitad del día había un recreo en el que salíamos a un espacio rectangular, ensanchado en círculo en uno de sus extremos, con un pavimento polvoriento de brea negra rodeado por un muro de ladrillo de aproximadamente un metro de altura y medio de ancho. En el ensanchamiento circular, habitaban silenciosos unos columpios en los que jugábamos. Bueno, jugaban, porque yo no los utilizaba. Yo, como máximo, andaba alrededor de ellos acariciándolos con los dedos, agarrándolos suavemente sin acercarme demasiado y, cuando mis compañeros jugaban, yo me dedicaba a mirar. Miraba cómo se deslizaban por el tobogán, cómo se columpiaban arriba y abajo en el balancín, cómo escalaban aquella estructura de barras de hierro multicolores que simulaba una torre del homenaje. Yo solo miraba porque no me fiaba de aquellos animales de hierro excepto cuando estaban solos y en reposo, entonces era cuando los acariciaba apenas o me agarraba a alguno de ellos imaginando cómo sería jugar con ellos. Al final de la mañana nuestras madres volvían a buscarnos y nos llevaban de vuelta a casa hablando entre ellas sin hacernos el más mínimo caso. Pese a todas las pérdidas que nos habían llevado hasta allí, teníamos que reconocer —cuando mi vecina y yo hablábamos— que aquello no estaba tan mal. Sin embargo éramos unos niños ambiciosos y no podíamos conformarnos con aquella rutina que intuíamos nos conduciría al habitual aburrimiento. Así que hicimos un plan.

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