23F

Envidio a esas personas que tienen tan buena memoria para los acontecimientos históricos que —estuviesen ellos donde estuviesen— recuerdan con todo detalle qué estaban haciendo en aquel momento, cuál fue la cronología precisa de los acontecimientos y las razones profundas que los precipitaron. Son capaces, además, de aportar el componente humano integrando con naturalidad su vida privada con la realidad histórica o social o política. Me encanta escuchar esos relatos densos que siempre aportan, al mismo tiempo que me hacen sentir en absoluta inferioridad de condiciones. Inferioridad porque mi memoria es tan limitada que no es capaz de fijar casi ningún hecho con detalle. Mi memoria se siente casi siempre impotente probablemente debido a algún defecto fisiológico menor que ya he desisitido de encontrar. Tiendo a creer que aquel día fue normal hasta la hora de la merienda. La cosa empezó a torcerse cuando no me dejaron ver los programas habituales de la tarde —que no recuerdo cuáles eran— haciéndome sentir leve y arbitrariamente castigado. Pese a ese sentimiento —o quizá porque era leve— no abandoné el comedor y seguí dando pequeños mordiscos al bocadillo de nocilla jugando, de vez en cuando, con las migas que iban cayendo sobre la bandeja marrón. Me gustaban —esto lo recuerdo perfectamente— las migas que caían con una gota de pasta de chocolate porque me ofrecían la posibilidad de —utilizando la yema del dedo índice derecho— limpiarlas con cuidado de la bandeja y llevármelas a la lengua para chupar con gusto aquella gota cremosa en contacto con el pan áspero. Mi padre estaría sentado, supongo, en su sillón habitual y mi madre a la mesa haciendo alguna labor de costura. Mi madre cosía casi diariamente: remendaba calcetines o ponía rodilleras a mis pantalones, hacía blusas y faldas para ella y también, por supuesto, hacía jerséis de lana para nosotros copiando modelos de las revistas de moda que coleccionaba. Yo estaba sentado en una silla acolchada dispuesta en la perpendicular del televisor, lo que me permitía distraerme con cosas diferentes a las que había en la pantalla. En un momento dado, mi madre dejó de coser y emitió un grito apagado mirando de inmediato a mi padre. Mi padre se incorporó en el sillón y pidió silencio y tranquilidad de una manera brusca y nerviosa. Yo dejé de jugar con las migas de la bandeja aunque seguí mordisqueando el bocadillo de pan levemente seco cuando no iba acompañado de aquel chocolate en crema. Como yo normalmente no hablaba, aquel silencio tenso no era nada especialmente reseñable para mí, sí lo fue cuando la televisión dejó de emitir y, después de cambiar varias veces de canal, mi padre decidió apagarla. Mi madre empezó a suspirar con fuerza poniendo esa mirada resignada inspirada a la perfección en la virgen de las angustias. Entonces, mi padre se sentó junto al teléfono y empezó a marcar números y a hablar en voz baja creo que sobre ir o no ir, salir o no salir y disyuntivas de ese calado a las que yo no intentaba aportar ningún sentido. Mi madre estaba de pie junto a él diciendo cada tanto “¡Ay, dios!” mientras yo seguía mordisqueando el bocadillo fastidiado porque ya ni siquiera la tele funcionaba y preocupado por la eventualidad de que aquella avería se pudiese prolongar en el tiempo. ¿Y si ya no podría volver a verla nunca más? ¿Qué haría por las tardes entonces? No es que tuviese ningún programa favorito ni nada por el estilo, me daba igual lo que pusiesen con tal de poder estar allí sentado con mi merienda durante una o dos horas antes de irme a la cama. Aquello sería una catástrofe inimaginable. De todos modos, no me dejé llevar por la desesperación y seguí contemplando a mis susurrantes padres. Mi padre salió del comedor y escuché algunos ruidos de puertas de habitaciones y armarios, mi madre le sustituyó al teléfono y empezó a marcar y a recibir llamadas que no sonaban como habitualmente, sucedían en sordina como si se estuviesen dilucidando allí secretos de estado y el teléfono lo supiese. Cuando ya había chupado todas las migas que tenían algo de chocolate, dejé la bandeja sobre la mesa de madera con varios montoncitos de migas secas dispuestos de manera azarosa pero armónica —eso estaba terminantemente prohibido porque la bandeja podría rayar la mesa y porque no se iba dejando la basura por la casa— para sustituir a mi madre al pie del teléfono mientras ella hablaba de no sé qué tan preocupante. Después de algunos minutos colgó el auricular gris de aquel teléfono gigante con ruleta y empezamos a perseguir a mi padre de la habitación al baño, del baño de vuelta a la habitación, de la habitación al armario de los zapatos donde mi madre dijo “quita”, suspiró de nuevo y se puso a limpiar los zapatos negros de mi padre. Mientras, él iba sacando prendas del armario y poniéndoselas ceremoniosamente: una camisa, un pantalón caqui, la chaqueta caqui con chapas en el pecho, unos calcetines; de fondo, en el pasillo, podíamos escuchar claramente los suspiros y los “¡Ay, dios!” a intervalos regulares. Yo miraba desde abajo a mi padre mientras acababa de vestirse y acomodarse bien dentro de aquel disfraz que, hasta ese día, yo no me había tomado muy en serio. Mi madre apareció por la puerta de la habitación y le entregó los zapatos negros perfectamente limpios con el mismo gesto que ya no la abandonaría hasta el día siguiente. Por fin, solemnemente y olvidando la precaución habitual que este ritual exigía, mi padre levantó la mano derecha y la bajó con la funda de la pistola, ¡con la pistola dentro! colgándosela de inmediato al cinto. Eso no había sucedido nunca, nunca mi padre había tenido la pistola en la mano en nuestra presencia. Supongo que como si se tratase de un prestidigitador, se las apañaba para que nunca viésemos aquella arma y mucho menos dónde estaba oculta dentro de la casa. Imagino que habrá un protocolo bien definido para la tenencia lícita de armas aunque por aquel entonces yo lo desconociese. Sin más, hizo un movimiento marcial hacia el pasillo y enfiló con decisión hacia la puerta, salió, nos miró un momento muy serio desde el descansillo y desapareció dentro del ascensor. Mi madre cerró la puerta y me dio un abrazo como si nos hubiésemos quedado completamente solos en el mundo. Me dieron ganas de recordarle que mi hermana mayor estaba en la habitación estudiando pero no lo hice porque inmediatamente me vino un pensamiento trascedente a la cabeza: ya sabía dónde estaba escondida la pistola.

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Un pensamiento en “23F

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