Socioquímica Adolescente

Aunque a veces me hubiese gustado que fuese más contundente —que hubiese castigado más enérgicamente a mis enemigos— tengo ahora la sensación de que Chuchi me salvó la vida. Yo empezaba a ser el niño que anunciaba un futuro adolescente atolondrado: ese que todo lo haría desde el sitio equivocado; o mejor, que nunca haría nada desde un estado de ánimo identificable como propio, como genuino, sino más bien desde un estado de ánimo cambiante al que llegaba a través de una infinidad de interacciones reactivas —explosivas en más de una ocasión— con los otros, un adolescente en perpetua reacción social exotérmica. Dicha propiedad socioquímica —he oído también llamarla “hipersensibilidad” aunque me parece menos ilustrativo, ya que al término “sensibilidad” se le ha añadido una acepción no material que ha desvirtuado su significado o, al menos, la hecho inadecuada para describir el estado al que me refiero; si usando la palabra “sensibilidad” todos entendiésemos una facultad básica que aplica a una bacteria, a un ratón, a un gibón y a los llamados seres humanos, entonces quizá podría usarla— esa propiedad socioquímica, decía, genera una bonita paradoja evolutiva —involutiva mejor— que consiste en que la necesidad fisiológica de la reacción te lleva a buscar la interacción con los otros y una vez se produce la reacción exotérmica, la liberación de energía que es —como se ha comprobado repetidas veces— la causa del placer instantáneo, te sume en un estado de quimiohastío que te hace rechazar cualquier nueva interacción durante un determinado espacio temporal. Podría entretenerme en mostraros las fórmulas para establecer un modo de representación gráfica de esas curvas sinusoidales de frecuencia sorprendentemente precisa pero este no es el lugar adecuado. Aquel niño se encontraba, por lo tanto, viviendo la fase embrionaria de la teoría que, como todos sabemos, es una fase incierta en la que es imposible establecer ningún tipo de pauta. Es un momento puramente especulativo basado en el ensayo-error que, pese a la libertad que ofrece —o precisamente por eso— genera una importante angustia en el sujeto que no sabe si tiene que centrarse en su carácter social o en la búsqueda defensiva de sí mismo. Creo haber leído a algún experto en la materia, que es bueno en esta fase que el niño aprenda a estar solo consolidando de ese modo una cierta estabilidad socioquímica que le podría servir de refugio después de las descargas. Pues bien, aquel niño no mostraba interés en consolidar ningún tipo de estabilidad cuando se relacionaba con sus vecinos en los juegos habituales. Mis padres preferían que estuviese en la parcela para no tener que estar pendientes de mí todo el tiempo, en su descarga diré que todavía no existía la generalizada concepción de la calle como lugar lleno de peligros. Así que yo bajaba como un cachorro nervioso por la escalera en cuanto veía que alguno de los vecinos andaba rondando por los columpios o dando patadas apáticas a su balón de reglamento. Enseguida se formaba una pandilla de chavales de aproximadamente mi misma edad con el supuesto objetivo común de entretenernos, de divertirnos. Allí empecé yo a darme cuenta de que el objetivo final del entretenimiento no era tan obvio como podía parecer porque en el camino se cruzan otro tipo de consideraciones que, si bien es cierto que también entretienen un montón, conducen a lugares esencialmente diferentes a la diversión. Si, por ejemplo, a uno de nosotros le apetecía jugar al balón, el dueño del mismo no aceptaba de buen grado la idea ni se sentía útil porque, gracias a su balón, todos podríamos pasárnoslo bien un rato. No, el dueño del balón tenía que fijar algún peaje, no era suficiente con aceptar la idea, había que apropiársela y dejar bien claro que las normas las pondría él. Si a alguno de nosotros se le ocurría proponer que jugásemos a pillar, siempre había alguien que objetaba que aquella propuesta nacía de la especial habilidad que el proponente tenía para correr y que quizá fuese conveniente escuchar otras opiniones. Si se proponía jugar a las chapas o a los cromos, las situaciones que se generaban eran similares e, invariablemente, el resultado es que empezábamos a jugar con el punto de amargura que da la falta de consenso. Conozco a muchos triunfadores pragmáticos que mantienen que este comportamiento es genético, que es antropológicamente inevitable porque la naturaleza humana está configurada de ese modo y es necesario admitirlo y tenerlo bajo control por medio de la escasez, la jerarquía social y, siempre que sea necesario, disciplinando convenientemente al sujeto. Así las cosas, los niños comprendemos bien pronto que hay que atesorar propiedades y habilidades que nos permitan poner las reglas al juego en la mayor de las circunstancias posibles.  Pero aparte de la propiedad y las habilidades, había entonces un arma que era tremendamente eficaz (aunque quizá no era precisamente sutil) y era la de llamar al hermano mayor para que mediase en la disputa y ayudase a generar adhesiones. Casi todos los chicos de mi edad tenían hermanos o familiares cercanos mayores y, los que no los tenían, tenían la habilidad de aliarse incondicionalmente con alguno que lo tuviese hasta el punto de que parecía uno más de la familia. El hermano mayor, por más  que su actitud siempre era aparentemente dialogante, solía fallar en el noventa y nueve por ciento de las ocasiones en favor de los miembros de su clan. Además su tamaño y fuerza hacían que el veredicto fuese inapelable. Yo, probablemente porque no tenía ninguna posesión ni habilidad destacables, vivía al margen de este trajín y aceptaba inteligentemente las cosas tal y como venían. Tampoco tenía ningún hermano mayor —una hermana mayor en aquellos tiempos no valía para este tipo de cosas— por lo que mi situación era de una relativa calma solitaria: No era hábil en la tarea de generar adhesiones ni en la de buscarme familia adoptiva y tampoco tenía cerca a nadie más mayor que pudiese suplir estas carencias. Después de los primeros años de inconsciencia, para mi absoluta desgracia, empecé a desarrollar una capacidad deductiva que me condujo a pensar que aquella forma de hacer las cosas era, ¡qué palabra tan absurda!, injusta. Todavía peor, empecé a decirme que tenía que hacer algo para que las cosas cambiasen hacia una forma más justa de organizarse. No se me escapa que esto lo piensan todos los niños en más o menos situaciones en su infancia, más peligroso es cuando se mezcla el deseo de justicia con el bucle generado por una reacción social exotérmica no controlada. Aquello, se intuía, no iba a acabar bien y ahí es donde entra Chuchi. La cosa se fue enconando poco a poco —no en vano todavía estaban tiernas algunas revoluciones socialistas y celebrábamos un día sí y otro también inauguraciones democráticas de todo tipo— y cada vez con más frecuencia, vivíamos situaciones complicadas casi siempre fruto de mi supuesta resistencia a la injusticia. Me negaba, por ejemplo, a ponerme de portero cuando lo había decidido el dueño del balón o a quedarla sin sorteo previo cuando jugábamos al escondite o, discutía decisiones dudosas jugando a las canicas negándome además a darle la mía a mi rival porque habíamos empezado a jugar con el acuerdo de que no era “a veras”. Alguna vez incluso hubo empujones; como aquel día que pretendían anularme un auténtico golazo a las chapas que le metí al hermano de uno de los mayores. La jugada fue absolutamente de tiralíneas. A falta de un minuto, saliendo desde mi portería hice dos dorines —“dorín” llamábamos, creo que de forma completamente original, a una combinación limpia entre dos chapas del mismo equipo, el garbanzo debía ser tocado por una chapa y sin tocar en ninguna del otro equipo, contactar con una del propio; esta jugada daba la ventaja de tener un turno de tiro extra— uno con el medio centro, que combinó en un nuevo dorín con el extremo izquierdo —yo era zurdo y, aspiraba a ser extremo izquierdo porque en aquella época los héroes no eran los delanteros centro chupones, eran los extremos luchadores que jugaban en su lado natural intentando una y otra vez romper por velocidad a la defensa contraria y en el ochenta y cinco por ciento de los casos, cedían el gol generosamente a algún otro compañero— que, en un tiro con efecto perfecto, coló el garbanzo en la portería por el ángulo largo. Mi rival, cargado de rabia e impotencia por lo que consideraba menos un mérito mío que una humillación infringida a su infantil orgullo, gritó que se había acabado el tiempo y que el gol estaba anulado. Aquello era el colmo, lo que me faltaba. Tomando impulso en la euforia de después de culminar aquella jugada de ensueño, dije que ni de coña, que aquel gol era legal y que, simplemente, había ganado porque no había tiempo para más. Fue entonces cuando nos empezamos a dar empujones infantiles. Después de devolverle el segundo empujón —yo estaba bajo los efectos motivadores de una sobredosis de decidida heroicidad que no duraría mucho— era evidente que mi vecino estaba a punto de salir disparado a buscar a su hermano para que pusiese orden en aquella anarquía provocada por mi tendencia a la indisciplina pero, por una vez, tuve suerte: Chuchi había estado viendo con discreción la jugada. Vino hacia nosotros con la mano levemente levantada para que nos estuviésemos quietecitos y dijo con su voz profunda y una sonrisa de cierto placer estético: “Ha sido un auténtico golazo”.  Ahí estaba, por fin una esperanza para la justicia.

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