Jazz

Cerca de casa de mis padres, había un polideportivo que se utilizaba en ocasiones como sala de conciertos. Se trataba de una habitación grande dentro de las instalaciones que acondicionaban para unos pocos cientos de personas, poniendo una tarima de madera y sillas plegables. Yo entonces eso no lo sabía ni tenía edad de que me interesase lo más mínimo. Un día —no tengo ni idea de cómo habíamos llegado a ese punto— mi madre me vistió de domingo, me hizo bien marcada la raya en el lado izquierdo y salí con mi padre en silencio a ver —dijeron— un concierto. En primer lugar no entendí porqué decían “ver”. Si yo no había aprendido mal cómo se usaba la palabra, los conciertos trataban de música y la música era algo para ser escuchado, no visto. A aquella edad no creo que tuviese idea de qué era una canción, aparte de aquellas que me cantaba mi madre con enorme estruendo y que contaban historias surrealistas que me eran completamente ajenas. Una era de un muñeco de cartón que se lavaba la cara con agua y con jabón; otra de un tal Martín que se encontraba un ratón debajo de un botón. Eran historias inquietantes que no tenían pinta de poder suceder a mi alrededor pero que —como mi madre me cantaba poniendo todo su empeño— yo sonreía al oírlas porque las melodías eran agradables e intentaba —educadamente— disimular mi confusión ante el absurdo. Concluí, me parece, que las canciones no tienen sentido porque, de alguna forma que no entendía, era necesario encajar las historias en la melodía y además hacer terminar las frases de la misma manera, casi siempre —como habéis visto— en “ón”. Así que, en esos primeros contactos con la música, no era capaz de optar por lo agradable de las melodías o por las letras absurdas que, lejos de alimentar mi imaginación, me generaban rechazo por pueriles e imposibles. Digamos entonces, que aquel niño prefería el silencio para no tener que andar tomando decisiones. Allí estaba yo —decía—caminando de la mano de mi padre —lo que al menos garantizaba seguridad— emocionado por la incertidumbre aunque me temo que siendo ya consciente de que las actividades de mayores no eran siempre placenteras. Miraba a mi alrededor con timidez intentando registrar con precisión los detalles sin importancia —desde el principio me ha resultado imposible identificar lo importante—que transformaba aquel entorno conocido en una bulliciosa confusión de gente de tipos diversos. Eso sí, el hecho de que no hubiese niños a la vista, debería haberme servido para prepararme mejor para lo que estaba a punto de sucederme. Diré que, a esas alturas, tampoco había decidido si los marcianos existían porque era también consciente de que se trataba de otra de esas decisiones complejas y —seguramente— la estaba aplazando para tiempos en los que no tuviese otra opción que decidir. Mi padre, siempre cogiéndome la mano, me llevó a mi sitio y se sentó a mi lado. Me preguntaría, seguro, si estaba cómodo y haría algún comentario sobre lo buenos que eran los sitios que habíamos conseguido. Frente a mí, en el escenario de madera claramente improvisado, había sillas, micrófonos, altavoces y algunos instrumentos que yo desconocía. El piano sí lo conocía aunque era la primera vez que veía uno. Era de cola, negro, demasiado brillante para mi gusto. La tapa superior estaba abierta como medio metro justo en un ángulo que reflejaba contra mí la luz de uno de los focos blancos que había sobre el escenario. Quizá estaban probando las luces de colores, rojas y azules, porque las encendían y las apagaban continuamente provocándome un mareo similar al que siento ahora al subirme a los aviones. Tendría la boca entreabierta seguro —todavía hoy tengo esta tendencia un tanto limítrofe— mientras intentaba identificar aquella sensación de  mareo provocada por el reflejo del foco, las luces encendiéndose y apagándose, sumando, además, a algunos extravagantes espectadores con pelo largo, pantalones vaqueros avejentados y gafas gruesas. La conclusión más evidente fue que el escenario me empezó a parecer un platillo volante a punto de despegar. No tardaron mucho en acomodarse todos los espectadores y apagarse las luces. No completamente, algunos focos —incluido el que se reflejaba contra mí sobre la tapa del piano— seguían encendidos creando una penumbra llena de expectación en la que me asustaron algunos gritos inesperados y algunos silbidos que no fui capaz de descifrar. Unos señores vestidos completamente de negro, fueron saliendo de uno en uno y colocándose junto a aquellos instrumentos paralizados —silenciosos— mientras la gente que estaba a mi alrededor aplaudía, gritaba, silbaba cada vez con más intensidad. Yo estaba asustado. Más cuando el estruendo creció acompañando la salida de un hombre vulgar, con poco pelo peinado hacia atrás, gafas oscuras con las que seguro no vería nada de nada, que vestía traje negro y que sentó al piano sin mirarnos siquiera un instante. Me sentí mejor cuando apagaron el  foco y la multitud se fue silenciando voluntariamente. Los músicos estaban inmóviles. Algunos espectadores todavía silbaban supongo ahora que impacientes. Uno dio un grito y dijo algo que no entendí sobre el tete —que para mí era sin duda el ombligo—. ¿Qué iba a pasar allí? ¿Cantarían alguna de las canciones de mi madre con sus confusos ratones y muñecos de cartón? No tenía muy claro si podría resistir aquello. Se me pasó por la cabeza la idea de irme de allí casi al mismo tiempo que la evidencia de que era imposible escapar. Se hizo el silencio que parecía el razonamiento que los músicos estaban esperando para intervenir. Empezaron a tocar todos a la vez. Eran cinco, creo. Si —por mi limítrofe costumbre— ya tenía la boca entreabierta apuesto a que se me abrió del todo. Puede que no inmediatamente, puede que concediera a aquellos músicos algunos minutos para que se aclararan un poco. Era una buena noticia que no mostrasen intención de cantar historias inverosímiles así que lo normal era concederles algún tiempo para que empezasen a hacer algo inteligible. Quizá pensé que estaban calentando y que pronto llegarían a las melodías conocidas con las que podría disfrutar cuando aquellos tipos de negro las despojasen de las miserables frases acabadas siempre en “ón”. Pasaban los minutos y yo allí —boquiabierto— con el foco deslumbrándome cada tanto, me encontraba en medio del despegue de un platillo volante hacia un planeta desconocido sin que nadie me hubiese avisado del destino. No parecía que aquellos tipos se supiesen ninguna melodía que me pudiese resultar medianamente familiar. Tampoco que acabasen de entrar en calor, ni siquiera parecía que supiesen tocar alguna canción reconocible como tal. Cuando pude cerrar la boca recuperando la consciencia lo suficiente, miré a mi alrededor para confirmar que los adultos que estaban cerca tenían la misma humana sensación que yo. La desolación fue total al comprender que aquello era una trampa y esos seres movían los pies, la cabeza, el tronco a un ritmo que solo ellos —marcianos— escuchaban salir del escenario. Ni siquiera la simiesca capacidad de imitación —y yo siempre he sido muy bueno imitando— me permitía entrar en aquel planeta que estaba tomando despiadadamente forma tan cerca de la casa de mis padres. Aumentaba la amargura el hecho de que mi propio padre fuese uno de ellos y estuviese allí poseído por aquel ritmo en mensaje cifrado que mandaban los marcianos de negro sin hacerme el más mínimo caso. Salían sonidos sin orden ni concierto de los instrumentos conocidos y desconocidos, los marcianos a mi alrededor vibraban, vitoreaban, aplaudían de improviso alguna secuencia que consideraban más emocionante. Si algún astronauta ha estado alguna vez rodeado de alienígenas en alguno de sus viajes, estoy convencido de que él estaba menos asombrado, descolocado y sorprendido que yo en aquel concierto. En mi defensa diré que durante las dos horas que duró aquello yo siempre traté de estar a la altura para poder entrar —aunque solo fuese mínimamente— en aquel planeta en el que los adultos que me rodeaban gozaban de los sonidos en clave. Era —ahora me doy cuenta— como intentar entender a mis seis años una conferencia en chino sobre la metafísica hegeliana. Cuando acabó el concierto entre grandes aplausos y vítores de los alienígenas, yo sentí, sobre todo, un gran alivio cuando se apagó aquel foco que me deslumbraba y una paz terrícola por no tener que seguir intentando entender lo que estaba pasando en la luna. Cuando mi padre me preguntó —seguro que lo hizo— qué me había parecido, dijese yo lo que dijese fue seguro para que no me preguntase más, me llevase a casa y me dejase irme a la cama no me importaba si con las luces bien apagadas.

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