Adicciones

Recuerdo la aspirina infantil también redonda aunque algo más pequeña que la aspirina normal. Una las características más destacables de aquella fascinante sustancia, era su color: no eran unas pastillas blancas, neutras e insípidas, eran unas pastillas atrevidas, apetecibles, de un llamativo color rosa que las hacía parecer blandas, comestibles. En mi casa se guardaban en uno de los armarios altos de la cocina dentro de un bote transparente que cabía bien en mi mano de niño de cinco años. Teniendo en cuenta que mi madre era aficionada a guardar cosas en botes reciclados, no puedo estar seguro de que ese fuese en el que se comercializaban o uno que había escogido mi madre —todo se guardaba en contenedores de distintos tipos: las infusiones, las galletas, los garbanzos, el arroz… en frascos de cristal, en botes de chapa, en cajas de plástico que mi madre elegía para reutilizar con buen gusto—. Siempre fui un niño sano que no padeció ninguna enfermedad destacable en la infancia, así que no tengo claro qué tipo de enfermedades infantiles se trataban con aquellos mágicos caramelos: supongo que resfriados, dolores menores y, probablemente, pequeños desajustes sicológicos que requerían del placebo de tomarse una aspirina. Se me ocurre ahora, que habiendo yo estado alguna vez con fiebre —es decir, con el beneplácito de los adultos para estar en la cama todo el día y mi madre puntualmente atenta a llevarme caldos, pechugas a la plancha o fruta fresca—, quizá le había cogido gusto a eso de estar malo y, cada tanto, intentaba, con la modesta fuerza de mi mente, arrastrar mi cuerpo hasta los treinta y siete y medio o treinta y ocho. Si estaba inspirado y conseguía una actuación convincente, mi madre alcanzaba del armario el bote transparente con destellos rosados y me premiaba con una olorosa y dulce aspirina infantil. En los mejores momentos, era incluso autorizado a irme a la cama sin comprobar científicamente la temperatura. Allí, dentro de la cama en pleno día, con un vaso de cristal lleno de agua transparente sobre la mesilla, dormitaba yo sin preocupación ninguna porque sabía que si tenía hambre solo tenía que gemir en voz alta “mamá” y mi madre traería comida caliente, si tenía sed solo tenía que alcanzar el vaso de la mesilla y dar pequeños sorbos de agua con cuidado no lo fuese a romper. Podría tener la tentación en este punto, de decir que en aquellos momentos, aprovechaba para enriquecer mi poderoso mundo creativo interior y que muchas de las historias que ahora destilo sin esfuerzo nacieron allí, en esa enfermedad simulada que representa a la creación, al aislamiento placentero de inventar cosas que no existen mientras, allá fuera, los demás siguen con su monótona vida práctica. Podría, pero ya no estoy para caer en tentaciones así que seré honesto y diré que mi cabeza estaba completamente vacía durante aquellas horas, mi cuerpo relajado no sentía necesidad alguna de gastar energía y lo más parecido a una historia que rondaba por allí era cuando miraba fijamente durante minutos y minutos una diminuta burbuja —plateada, temblorosa, pegada a la pared interior del vaso— hasta que, sin razón ninguna, subía rauda a la superficie del agua donde desaparecía no me importaba cómo. En los momentos de máxima actividad, hacía por convertirme en protagonista de la historia soplando en dirección al vaso o, en un despilfarro de energía, golpeaba suavemente con la parte superior de mi cráneo el cabecero de la cama por si aquello aceleraba mínimamente la ascensión de la burbuja. Como seguro que os estáis imaginando, ese estado de liberación, ese nirvana, era tan adictivo que creo que empecé a buscarlo activamente —ignorante yo de que esa persecución desnaturalizaba el objetivo— hasta el punto de que un día en el que mis padres habían pasado un momento a casa de los vecinos a ver no sé qué nuevo invento tecnológico que habían adquirido, me las apañé para poner una silla justo debajo de los armarios altos de la cocina, subirme con cuidado en ella, acomodarme bien, abrir el armario, encontrar el bote lleno de pastillas rosas —qué emocionante momento fue aquél, todavía se me encoge el estómago al recordarlo— y abrirlo despacio para llevarme, de forma gratuita pero con sumo cuidado, una pastilla rosa a la boca. Yo no masticaba aquellas golosinas, yo las chupaba despacio notando cómo se deshacían en la boca y cómo dejaban en ella aquel sabor —entre lo divertido y lo serio, entre la medicina y la gominola— tan logrado que a su creador deberían haberle dado el premio nobel correspondiente. Cuando se agotó el sabor de la primera pastilla, me di cuenta de que nada me impedía tomar otra, así que sin ningún remordimiento ni cuidado, me metí la segunda pastilla en la boca. El efecto fue la misma inagotable sensación de placer, ¿por qué no, entonces, tomar una tercera? Con una maravillosa sensación de libertad, anticipando el estado febril al que me conduciría aquello, me iba a meter la tercera pastilla en la boca cuando con un estruendo increíble se abrió la puerta de la calle y quedé estupefacto al ver en la diagonal de mi mirada cómo mis padres, sin preocuparse de cerrar la puerta para que no se fuese el calor, se abalanzaban sobre mí y me arrebataban el elixir de la felicidad. Lo que sigue pertenece a la ruidosa y monótona vida práctica, así que creo sinceramente, que será mejor omitirlo.

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