Homenaje

No fui un niño original, así que como todos los niños a cierta edad, soñaba con tener un perro. Mi madre, siempre preocupada por la limpieza y el orden, logró convencerme de que un piso como el nuestro —supongo que se refería a cualquier piso burgués que se precie— no era el sitio más adecuado para un animal cubierto de pelo. Sin quererlo mi madre, sus razonamientos me parecieron lógicos y me llevaron —como a muchos— a querer conocer el otro lado de la vida limpia y pulcra de la burguesía. Nosotros no queríamos perritos de abuelo que van con cuerpos de ganchillo, ni perros cuyos dueños nunca acaban de decidirse a cruzar —ni siquiera cuando les cedes el paso— porque parecen temer que les hayas tendido una trampa para atropellarles en cuanto pongan el pie en el asfalto. Mi madre tenía razón, no queríamos perros apocados y miedosos siempre metidos en pisos enanos, atados a correas cortas que les entristecían la mirada. Un día que estaba ensimismado delante de la tele, viendo una película de indios y vaqueros, creo, me fijé en un perro que vivía entre las tiendas de los apaches y que, cuando estos salían del campamento al galope, corría decidido detrás de ellos como si fuese un caballo más. Parecía un perro que nunca había oído hablar de collares o correas, que comía sobras y que, probablemente, salía con los indios a cazar búfalos o lo que se terciase. En medio de aquella noche, me desperté y tomé conciencia de que yo soñaba con un perro como ese: supongo que los que somos cobardes, soñamos con tener perros valientes; los que somos prudentes, aspiramos a perros alocados; los que buscamos siempre cobijo, aspiramos a perros que se lancen a escalar montañas nevadas; los que somos lentos y apocados, buscamos perros rápidos, fuertes, con presencia, y disfrutamos al verlos correr asombrosamente veloces entre los arbustos como si nos proyectásemos nosotros mismos en su carrera. Soñábamos entonces con un perro salvaje que nos levantase del sofá, que no nos dejase acomodarnos demasiado y nos hiciese subir a montañas, seguir rastros de animales desconocidos, meternos en ríos helados en pleno invierno. Un perro sin complejos que se metiese en todos los charcos que nosotros teníamos miedo a pisar por si nos manchábamos. Que nos recibiese con alegría cuando volvíamos a casa después de un día tedioso, evitando que nos sentásemos en el sofá a despotricar contra la  grisura de nuestras vidas. Yo, lo confieso, soñaba con salir a correr quilómetros y quilómetros con aquel animal junto a mí como si fuésemos guerreros en armoniosa formación camino de una victoria segura. Así que, en cuanto pudimos, nos hicimos con una perra que tenía toda la pinta de ser lo que habíamos soñado: que corría poderosa como un guepardo, que perseguía inagotable a todos los animales que se le cruzaban aunque nunca cogiese ninguno, que se bañaba en los charcos y en los ríos y en los mares, se revolcaba en la nieve y se subía a las rocas de la montaña para levantar orgullosa su cabeza como si fuese suyo todo aquel valle nevado. Una perra salvaje que descansaba su cabeza sobre nuestros pies poniendo cara inofensiva aunque no le tenía miedo a nada —a veces se hacía la miedosa, es cierto, pero probablemente solo para que nos sintiésemos necesarios—. Un día, hace poco, persiguiendo probablemente alguno de sus sueños caninos, decidió correr como un apache por la vía del tren convencida —estoy seguro—, de que tumbaría a aquel animal de acero que se venía, tan rígido el pobre, hacia ella. Entonces pensé —como pasa habitualmente— que era injusto que nadie en aquellos sueños nos hubiese advertido de que la vida salvaje es corta por definición y que sus finales suelen ser bruscos e inesperados. Ahora, me pregunto apretando ligeramente los dientes, quién coño quiere que le avisen de que los sueños salvajes son cortos cuando son intensos. Y estoy seguro de que, cualquier día de estos, lo veré todo aún más claro y sonreiré contento porque no todo el mundo puede decir que ha cumplido uno de sus sueños infantiles.

Gracias Runa.

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