Una teoría simple de la oscuridad

La lámpara estaba atornillada a la pared a modo de aplique. Consistía básicamente en dos bolas traslúcidas blancas a juego con las cinco —algo más grandes— que tenía la lámpara del techo. En su día, mi padre decidió que con una sola bombilla era suficiente, así que la bola que miraba hacia la puerta, estaba vacía y solo la que miraba hacia mi cama daba luz. Se encendía usando un interruptor de pera que, antes de apagar la luz, yo siempre  tenía en la mano más tiempo del necesario acariciándolo como si no pudiese creer que fuese tan suave. La puerta de mi habitación infantil tenía que estar cerrada por las noches si mi objetivo era “ser un mayor de verdad”. Yo no sabía lo que era un objetivo, y mucho menos tenía el objetivo de ser mayor. Yo —que probablemente era y sigo siendo un simple— solo quería estar a gusto y sabía bien que, quedarme a oscuras con la puerta cerrada, no presagiaba ninguna tranquilidad. Como la luz tiene la escurridiza habilidad de pasar por debajo de las puertas cerradas, había noches en las que las voces crueles de mis padres retumbaban en el pasillo al pasar vaticinándome un fracaso seguro: “así nunca serás un mayor de verdad”, “los mayores no duermen con la luz encendida”, “seguro que todos tus amigos duermen como mayores, ya verás cuando se enteren de que tú no”… Aquella crueldad se desplegaba con naturalidad, como una elemento más del túnel que debía llevarme hasta la mañana, así que al final dejaba de acariciar el interruptor de pera —tan suave— y apagaba la luz. Y era entonces, al apagar la luz, cuando cobraban vida miles de pequeños seres fotofóbicos que habían pasado el día inmóviles en las esquinas, debajo de la mesa, dentro del armario y, por supuesto, debajo de la cama. A la que la luz se iba, ellos comenzaban a moverse en la oscuridad creando formas amenazantes, haciendo ruiditos inexplicables, campando a sus anchas a mi alrededor como si yo no estuviese o —y esto era lo peor— como si fuesen a apoderarse de mí en cuanto cayese dormido. Al principio —algo lógico después de un día completo sin poder moverse— sus movimientos parecían ser más rápidos y nerviosos, los ruidos que hacían más duraderos e indiscretos. A medida que los seres se iban tranquilizando, las sombras se movían con más pausa y los ruidos se convertían en murmullos, en arrastrar de tela, se iban acompasando entre ellos para conformar lo que llamamos el silencio. Yo sabía que en esos momentos no convenía confiarse porque era cuando, sin previo aviso, se podría producir un crujido o dos golpes sordos en el pasillo o en la habitación de al lado que delataban alguna presencia amenazante. Secretamente me había hecho con una linterna pequeña, del tamaño de una cartera, que me era útil para espantar a aquellos seres en los momentos más angustiosos. Me preparaba mentalmente y, de pronto, encendía la linterna enviando el haz de luz contra los que murmuraban debajo de la mesa. O me giraba hacia mi derecha, levantaba la ropa de la cama colgante despacio y disparaba luz contra los que se escondiesen allí abajo. Como nunca los sorprendía, elaboré la teoría de que eran seres rapidísimos a los que no era fácil dar caza y aquellos a los que cazaba —no era plan de dejarme sin esperanza— al ser fotofóbicos, desaparecían instantáneamente evaporados por la luz. Así que al ajetreo del día infantil se le sumaba la pelea con la oscuridad y ambos, al final, conseguían dejarme dormido. Es cierto que había otros seres esperando al otro lado del sueño, pero esa es otra historia. Supongo que los expertos han elaborado teorías más potentes que la mía sobre lo que pasa en la oscuridad de la noche, yo solo sé que todavía hoy, esos seres fotofóbicos me siguen rondando aunque se hayan disfrazado ahora de preocupaciones de futuro, de fracasos pasados, de asuntos pendientes  o de sueños que cada vez es más obvio nunca serán cumplidos. En el pasillo ya no retumban voces pese a que sigue habiendo una miríada de seres humanos alrededor dispuestos a competir en recordarte lo que se espera de ti. Aparte de estos detalles sin importancia, y como mis padres bien me recordaban, puede ser que hacerse adulto sea perder el miedo a la oscuridad y, quizá por eso, hay menos adultos entre nosotros de los que nos imaginamos.

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