Impurezas

La semana empezaba el domingo por la noche. Se trataba de un ritual higiénico, purificador, lleno de olores. Mi madre abría el grifo al máximo, esperaba un par de minutos a que el agua saliese caliente y ponía el tapón negro sobre el sumidero. Con sonido de catarata, echando humo, el agua limpia se iba acumulando en la bañera dejando ver el fondo blanco deformado por las olas que generaba el chorro al golpear la superficie. Aquello daba la sensación de fondo marino hasta que mi madre echaba, justo bajo la catarata del grifo, una generosa cantidad de gel que, al mezclarse con el agua caliente, llenaba el baño de olores a vainilla, hierbabuena, menta… La espuma se extendía sobre el agua haciendo desaparecer las transparencias para convertirla en una superficie blanda, comestible, como de nata montada. Yo no me quitaba la ropa hasta no estar seguro de que mi madre me iba a permitir meterme en la bañera caliente. Caliente de verdad, al principio lo estaba tanto que no era posible sumergirse. Primero metía un pie y lo alternaba con el otro para evitar quemármelos. Cuando conseguía tener los dos pies dentro me sentaba despacio en la bañera y me sumergía hasta la garganta en la mezcla caliente y olorosa. Mi madre me frotaba el cuerpo con suavidad y me dejaba allí mientras planchaba mi pijama limpio. Yo me quedaba flotando, sumergiendo cada tanto la cabeza en el agua caliente, disfrutando de los olores que se iban incrustando en mis poros, de las arrugas que se me hacían en las manos mojadas, de la tranquilidad ansiolítica que el baño me proporcionaba. Para acabar, mi madre me cortaba las uñas, me frotaba una última vez con la esponja y me aclaraba rápido con la ducha antes de envolverme en una toalla blanca y esponjosa por el suavizante. Yo me ponía el pijama sin una sola arruga que todavía olía a vapor de plancha y me metía corriendo en la cama recién cambiada. Lo primero que hacía entonces, antes de caer profundamente dormido, era taparme con las sábanas limpias hasta la cabeza y absorber despacio, por última vez, el olor a limpio. Hay domingos —cuando llego a casa todavía borracho, con una cierta sensación de hastío provocada por el abuso de sustancias diversas, por imágenes de cuerpos más o menos desnudos, aturdido por millones de sonidos de fin de semana zumbando todavía en mi cabeza— en los que miro al demacrado ser del otro lado del espejo y echo de menos que alguien me prepare el baño, me frote despacio con la esponja, ponga ropa en la cama que huela a limpio y a mí un pijama recién planchado… alguien que me someta al ritual purificador para poder empezar de cero una semana más.

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