Fue entonces cuando me hicieron creer que la madurez, el ser adulto, —no sé cómo lo nombraba en aquel tiempo, probablemente no lo nombrase de ninguna forma, sería algo así como un tamaño— era un país al que llegabas cumplidos los dieciocho años, te daban un carné de identidad, un trabajo, una casa, un coche y tú te dedicabas a vivir cómodamente hasta la jubilación. Para llegar allí, por supuesto, tenías que seguir las instrucciones de tus padres. Yo tenía la intuición de que lo que diferenciaba a unas personas de otras era cómo se organizaban la vida en ese país. Vamos, que estaba convencido de que vivir era una cuestión meramente práctica. Mis padres —pensaba entonces— se empeñaban en no vivir cómodamente mientras se regodeaban en un desasosiego permanente que les salía de un lugar indeterminado y del que cada uno culpaba al otro. En aquellos tiempos, lo recuerdo bien, pensaba que nuestros vecinos lo hacían mejor: Siempre sonreían, en ocasiones —incluso— me regalaban algunos gestos de cariño que yo, al desconocer el idioma, no podía traducir fácilmente. Estaba decidido a hacerlo mejor que mis padres. Bronca tras bronca, fui profundizando en esta visión hasta reformularla adecuadamente: Estaba decidido a hacer todo lo contrario a lo que mis padres hacían. Con este planteamiento vital —aunque infantil— lo lógico era desconfiar de cualquier actividad que ellos propusieran. Daba igual su naturaleza, todas escondían el virus del desasosiego que, en cuanto me descuidase, allí estaría para golpearme de nuevo. Hubo un día, por ejemplo, en el que fuimos al río con otra familia amiga, yo estaba tan eufórico que olvidé mi planteamiento. Después de la paella, sin pensármelo dos veces, me fui directo al río a darme un baño, ni siquiera me enteré de que la hija de mi misma edad de la otra familia venía conmigo con las mismas lógicas ganas de refrescarse. Cuando nos descubrieron en la orilla, con la corriente fresca del río acariciándonos nuestras todavía regordetas pantorrillas, pareció que mis padres habían visto a la muerte a punto de ejecutarnos con su guadaña porque corrieron hacia nosotros gritando como posesos. Yo estaba acostumbrado a aquello pero la niña que estaba a mi lado no, así que del susto, cayó de culo en el agua y la impresión le hizo llorar violentamente. Los otros padres, considerando probablemente que esa era su obligación, se unieron al bullicio. Los miré a todos durante un segundo y sentí con toda claridad que se había acabado el día de fiesta.

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