Nostalgia Precoz

Me pasé el primer año de vida de mi hermana —de la que me sigue, a la que saco algo menos de dos años— descolocado. Probablemente mis padres me diagnosticaron los tradicionales celos sin profundizar más en el asunto. Ver cómo mi madre la metía en la cuna, la daba de comer, le hacía carantoñas, le limpiaba las babas… me sumía en un estado de extrañeza desconocido para mí hasta ese momento. Yo había demostrado en tan corto espacio de tiempo que era un niño conformista y coherente así que no era cuestión de montar números o de enzarzarme en rabietas. Contemplaba alucinado lo que sucedía a mi alrededor sin entender qué había pasado para que yo hubiese acabado metido en una especie de burbuja transparente en la que flotaba por la casa movido por las corrientes de aire. Mis lacrimales estaban secos del esfuerzo de mantener los ojos abiertos como platos de la mañana a la noche. Desde el desayuno a la cena intentaba registrar todo lo que sucedía por si en el camino se deslizase alguna explicación a cómo me sentía. Las visitas de los familiares y amigos, el ajetreo de idas y venidas alrededor de aquel pequeño bulto, algunas emergencias sanitarias de andar por casa. Termómetros, cacas, pañales que apestaban, colonia nenuco que a mí ya no me correspondía porque ya era un mayor, la blancura perfumada del talco. En casa solo había una silla para niños así que yo tenía que andar cuando paseábamos. Me concentraba en hacerlo con todas mis fuerzas para olvidarme del cansancio de mi piernas desentrenadas. Como estaba concentrado en cada paso, no se me pasaba por la cabeza quejarme, seguía y seguía con la mirada puesta en un punto indeterminado de mi interior al que llegaba por aquella imposición exterior de la caminata. En el esfuerzo no sentía aquella extrañeza, era más bien cuando acababa el paseo o en la transición entre una obligación y otra, cuando sentía nostalgia. Nostalgia, por ejemplo, de poder ir en la silla contemplando el paisaje de las calles, de llegar a casa y no tener que concentrarme de nuevo en quitarme la ropa yo solo, nostalgia de ser alimentado por las tetas de mi madre o de oler a nenuco y a talco… nostalgia del estado de dependencia, vamos. Ahora sé que para sentir nostalgia no me hace falta un gran pasado, no me hace falta tener el pelo canoso o escaso y mirar con el ceño fruncido hacia el lejano pasado. Unos pocos días son pasado suficiente para mi nostalgia y su intensidad depende exclusivamente, de la intensidad de lo que sentía en el momento añorado. También, debo decirlo, siento nostalgia de aquellos paseos que hacía reconcentrado en cada paso sin pensar en nada más. Me convendría indagar, creo, cuándo y cómo empecé a caminar para llegar a algún sitio.

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