Bebedizo

No creo que hubiese ninguna razón especial para ello. De haberla, supongo que sería simplemente atmosférica, demasiado frío para salir, niebla, lluvia o viento, o tal vez una enfermedad menor de alguno de nosotros… Eso sí, sucedía solo en otoño o en invierno. Mi madre entraba misteriosamente en el salón y sacaba del armario oscuro del fondo
o una tableta de chocolate “de hacer” —decíamos— de esas terriblemente gruesas y secas. No era necesario ningún anuncio, en el momento que veíamos aquel pequeño ladrillo, estallábamos en gritos de fiesta. En la cocina, rodeada por todos nosotros, mi madre cortaba con cuidado aquella tableta en pedazos pequeños. Incluso había veces —cuando estaba tranquila— que con un rayador convertía poco a poco la tableta en virutas que espolvoreaba sobre la cazuela llena de leche caliente. El chocolate lo hacía mi madre a fuego lento, con cuidado, dando vueltas regulares a la mezcla con un cucharón para que no se hiciesen grumos. A mí me gustaba que quedase bien espeso pero —supongo que por ahorrar— mi madre guardaba aproximadamente la mitad de la tableta para la siguiente ocasión consiguiendo que quedase lo suficientemente espeso para pasar por chocolate a la taza aunque un poco líquido para mis intereses. A veces suplicaba a mi madre que echase un poco más. Cuando me hacía caso era siempre haciéndome notar que iba a quedar menos para la siguiente vez. Mientras la mezcla hervía se me hacía la boca agua viendo cómo la leche iba tomando color oscuro, anticipaba el sabor dulce y la sensación espesa porque todavía creía que el chocolate era dulce. De hecho, fue ya bastante más mayor cuando descubrí que era dulce porque mi madre añadía azúcar generosamente. El día que lo descubrí tuve la confusa sensación de haber sido engañado, de ser un ingenuo, sin que por eso el recuerdo de aquellas tardes dejase de ser agradable. Había algunos momentos de tensión porque, al hacerse tan despacio, la espera se nos hacía larga a los niños. Mi madre nos pedía calma y nos distraía con migas de chocolate hasta que consideraba que estaba listo y entonces, nos sentábamos a la mesa y ponía en el centro una bandeja con bizcochos de soletilla. Yo le pedía que se diese prisa en llenar mi taza tan blanca por dentro, de bordes gruesos, que se manchaba sensualmente con aquel líquido denso. Al instante me aplicaba en beber, era necesario que estuviese bien caliente para que hiciese el efecto, para que pudiese sentir con claridad cómo el líquido espeso entraba en mi boca saturándola, pasaba por mi garganta aliviando el dolor y bajaba por mi esófago despacio, como si fuese una culebra. Seguía a conciencia su recorrido cálido hasta el estómago contabilizando con atención la subida de temperatura. Era fascinante notar cómo se repartía el calor uniformemente por todo mi cuerpo de dentro afuera. A la mitad de la taza, el chocolate azucarado se había convertido en un bálsamo que me cubría por debajo de la piel, había generaba el escudo protector que me aislaba de lo de fuera: del frío que a mis espaldas golpeaba las ventanas entrando por las juntas de hierro mal aisladas, del desasosiego agazapado en aquel piso familiar a la espera de saltar sobre mí, del miedo indefinido que me esperaba al apagar la luz de la habitación. Después de aquella taza de chocolate que hacía mi madre despacio cuando no estaba nerviosa, me convertía en un superhéroe y me iba a la cama seguro de que nada malo me pasaría.

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