Metafísica

Desde que el mundo ha dejado de ser lo que es y ha pasado a ser lo que nosotros queremos que sea, me suceden cosas que me devuelven a la infancia. No recuerdo cómo había llegado a ese punto la conversación ni quién era exactamente aquel tipo con aspecto aviejado que me decía que, quizá en una carrera de cien no, pero en una de cincuenta era, seguro, más rápido que yo. Le miré atentamente un par de veces para asegurarme de que mi impresión era correcta: sabía que era un hombre sensiblemente más joven que yo, pese a ello, su aspecto era el de una persona sedentaria en el camino de convertirse en un adulto con sobrepeso dentro de algún grupo de riesgo de muerte coronaria. Yo siempre he practicado deporte y he tenido aspecto atlético por lo que, al menos a primera vista, nadie diría que era una víctima fácil para aquel joven. Se me pasaron por la cabeza dos alternativas, o bien este muchacho pensaba que yo era un pusilánime que no acepta retos por temor a perderlos o bien realmente creía que yo no podía ganarle en una carrera de cincuenta metros. Mi padre también debía ser un hombre relativamente joven y atlético aquel día. Yo le llegaría más o menos por la cintura mientras paseábamos conversando sobre el hombre más rápido del mundo. Yo estaba convencido de que era el corredor A y pretendía que mi padre entrase en la discusión proponiendo al corredor B. Prudente y paternalista él —como casi todos los adultos en presencia de niños— intentaba convencerme de que las cosas son relativas, de que quien hoy gana mañana puede perder, de que el más rápido puede devenir —andando el tiempo— un lento más… a aquellas alturas de mi vida, ya había tenido que escuchar lecciones parecidas muchas veces, así que, reconociendo lo que me parecía la debilidad de mi padre, decidí retarle a una carrera. En mi cabeza de niño yo quería ser —y por lo tanto era— tan rápido como el corredor A y como el corredor B. Bueno, quizá un poco menos por falta de entrenamiento, pero, en cualquier caso, no tendría que esforzarme mucho para derrotar a lo que yo quería que fuese mi padre: poco más que un viejo decrépito en sus últimos años de vida. No sé cómo conseguí que mi padre —siempre tan distante— se pusiese en posición de salida a mi lado y atendiese a mi señal de preparados, listos, ¡ya!, para hacer una carrera hasta el final de la calle. Recuerdo con claridad que sentí la fuerza que mi padre ejerció al incorporarse para iniciar la carrera y que me pareció desmedida, sobrehumana, incomprensible, un truco, vamos. Tal fue la impresión y el susto que ni siquiera pude empezar mi carrera. No creo que sea necesario decir que, pese a todo, aquel día ni se me pasó por la cabeza dejar de pensar que el mundo era como yo quería que fuese.

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