Estaban sentados en la barra del bar con sus pantalones vaqueros de marca y sus cazadoras de cuero. Tendrían unos treinta años. Era un día de niebla. Hablaban a voces de lo terribles que son los domingos por la tarde con la perspectiva del lunes tan próxima. Usaban el tono de quien ha alcanzado alguna cumbre del conocimiento después de dedicar su vida a la investigación. Supongo que cada uno tiene sus ritmos de aprendizaje. Yo a los cuatro años le dije a mi padre que no entendía por qué todos los días no eran como el sábado, que yo quería que todos los días fuesen sábado. Mi padre se sintió obligado a dar e una respuesta, ignoró la pregunta para empezar a usarla en las reuniones sociales a modo de graciosísima anécdota del chaval. Debido al éxito entre los adultos de aquel deseo infantil, hasta hoy, lo había considerado una especie de demostración de mi precocidad en la comprensión de los asuntos mundanos. Mientras tomaba una caña en aquel bar oyendo a aquellos tipos tan profundos, me pareció una perogrullada al alcance de un niño de cuatro años. Además de su falta de originalidad, con el tiempo, la perogrullada se ha demostrado un amargo deseo. En mi caso, la amargura es cuantificable: Hágase una sencilla regla de tres que sirva para calcular el porcentaje de días de mi vida desde los cuatro años hasta hoy que no han sido sábado. Terminé la caña de un trago y salí a la niebla arrastrando en mi cabeza el ochenta y cinco por ciento de mis días.

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