La navidad me huele a lechazo asado y a meadas debajo de un puente. Por debajo del puente pasábamos mi padre y yo cuando íbamos al centro en aquellos días. Fríos, blancos, heladores. Hacíamos tiempo mientras mi madre se afanaba desde bien temprano en preparar la cena. Yo prefería quedarme junto al horno a doscientos grados a ponerme el abrigo, los guantes y el verdugo para salir a la niebla. No recuerdo que me preguntasen lo que prefería. Mi padre daba por sentado que yo me divertía con aquellas luces y aquel barullo, pero yo solo tenía frío y quería volver junto al horno. Cuando, por fin, él decidía que era la hora volver, el último obstáculo era pasar por debajo del puente. Un sitio oscuro, descuidado, donde habitualmente olía a amoniaco y yo sentía escalofríos. Una de esas tardes navideñas, cuando volvíamos a por el lechazo, pasamos por allí y el escalofrío se multiplicó: había dos seres oscuros tumbados debajo de una frágil estructura de cartón. Pude oír cómo susurruban. Apreté la gruesa mano de mi padre y tiré de ella para llegar lo antes posible a la cocina.