Ayer conocí a una mujer que era capaz de reconstruir su vida en términos musicales. Su infancia —decía— era Vivaldi. A su adolescencia le puso música Stravinsky. Ya joven, era como si Beethoven le dedicara sus sinfonías. En la madurez —me confesó— abusó a conciencia de Satie. Cuando llegué a casa, mientras me preparaba para dormir, iba escuchando música de esos compositores mientras me imaginaba cómo ella iba creciendo hasta convertirse en la mujer hermosa que es. En la cama, envidioso, intenté poner banda sonora a mi vida y, entre el barullo de ruidos de mi infancia que se me vinieron a la cabeza, destacó el de los gritos y las voces detrás de la puerta cerrada de un portazo.