img_2099Me considero un hombre afortunado porque no todo el mundo puede decir que ha sentido todo el miedo que le cabe en el cuerpo. Yo tuve esa sensación bien pronto, cuando era un niño de cinco años. Es cierto que fue en un sueño, pero estoy seguro de que aquello —eso— es exactamente lo que se siente cuando sientes todo el miedo que puedes sentir, cuando el miedo se apodera de tu sensibilidad por completo y te paraliza. Fue tan intenso que todavía lo recuerdo con claridad y, aún hoy, siento angustia al rememorarlo. Aquel no fue un sueño elaborado, no fue un sueño narrativo. Fue un sueño simple: me despertaba en medio de la noche y, al entrar en el comedor, descubría al fondo, en el oscuro espacio del salón —siempre impecable, intocable, esperando una visita que nunca llegó— que algo se movía. Me asusté pero no lo suficiente como para no acercarme a comprobar qué era. En una esquina, la figura cerámica de un señor cabezón y arrugado que habitualmente adornaba la estantería, había crecido hasta más o menos el tamaño de un enano y había cobrado vida. Se movía haciendo unos estiramientos desordenados sin aparente sentido. Aquella figura-enano no dio muestras de agresividad hacia mí, no recuerdo que hiciese nada amenazante. Estaba a lo suyo. El miedo fue invadiéndome a cierta velocidad hasta que me dejó completamente paralizado. Y eso fue todo. No sé si duró cinco minutos o cinco segundos. No recuerdo si después seguí durmiendo o me levanté de la cama. Pensando más tarde cómo contar este espanto, solo se me ocurrió que aquel adorno siempre me había resultado extraño, invasivo, algo que se había colado sin saber cómo en el espacio más protegido de la casa. Aquel invasor —pienso ahora— llegó a encarnar el miedo a lo imprevisible de lo que tiene vida, el mismo miedo que sentimos al intentar coger del suelo un polluelo aterrado que sabemos inofensivo.