Un hombre afortunado

Me considero un hombre afortunado porque no todo el mundo puede decir que ha sentido tanto miedo que se ha quedado paralizado. Yo tuve esa sensación bien pronto, cuando era un niño. Es cierto que fue un sueño, pero estoy seguro de que aquello (eso) es exactamente lo que se siente cuando el miedo te paraliza. Fue tan intenso que todavía hoy lo recuerdo con claridad y todavía hoy siento, a veces, ese miedo. Aquel no fue un sueño elaborado en el que pasan muchas cosas. Fue un sueño simple: me despertaba en medio de la noche y al entrar en el comedor, descubría al fondo, en el oscuro espacio del salón –siempre impecable, intocable, esperando esa visita que nunca llegó– que algo se movía. Me asusté pero no lo suficiente como para no acercarme a comprobar qué pasaba. En una esquina del salón, la figura cerámica de la estantería de un señor cabezón y arrugado, había crecido hasta más o menos el tamaño de un enano y había cobrado vida. Se movía haciendo una especie de estiramientos desordenados sin aparente sentido. Al ver aquello me quedé completamente paralizado. Y eso fue todo. La figura-enano no dio muestras de agresividad hacia mí, no recuerdo que hiciese nada amenazante. Solo había cobrado vida dentro de un espacio en el que todo se supone controlado. Quizá se trate del mismo miedo que sentimos al coger un polluelo, que sabemos inofensivo pero con vida propia.

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