La irresistible atracción de la nada

Tendría 3 ó 4 años. Después de comer, mi madre colocaba con cuidado una banqueta junto al radiador de la cocina y me pedía que me sentase mientras ella terminaba de recoger. Ella fregaba los cacharros, pulía los fuegos, limpiaba la encimera y yo, mientras, no hacía nada. No hacía nada de nada. Mi cabeza estaba completamente en blanco y mi cuerpo rendido al calor tibio del radiador de hierro que me tocaba el hombro derecho como si fuera un buen amigo. Eso era todo. No tengo idea de cuánto tiempo tardaba mi madre en recoger la cocina pero yo hubiera estado allí, sin hacer nada, sintiendo aquel templado abrazo en mi hombro, el resto de mi vida.

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