Parejas Mixtas en 2065

Hubiese preferido no conocer a aquel tipo. No tenía ninguna intención de entablar conversación con él pero dijo algo que no pude evitar escuchar. Esto me pasa a menudo: el otro día, por ejemplo, estaba tomando una cerveza y, de pronto, escuché a alguien hablar de la igualdad entre hombres y mujeres explicando, con la seguridad de un experto, lo machistas que son ciertos tipos que obligan a sus mujeres a llevar burka. Era uno de esos seres perfectamente aceptados, hiperseguros de sí mismos, con evidente éxito social. No me extrañó oírle decir, solo unos minutos después de haber sentado cátedra contra el machismo, algo así como “joder Maricarmen, es tu padre el que me está provocando. Podrías mejor echar un vistazo a tus hijos a ver si tu hermana deja de alborotarles”. Recuerdo otro que fue levantando la voz a ritmo seguro hasta que le escuché decir con claridad “esos lo que quieren es ser de izquierdas viviendo como vivimos los de derechas. Si son comunistas, pues que den todo lo que tienen y se dejen de darnos lecciones ¡coño!”. Habitualmente siento la tentación de intervenir y alguna vez lo he hecho pero supongo que ya he canalizado el impulso hasta conseguir casi controlarlo. Esta fue una de esas ocasiones en las que no lo logré. El tipo dijo: “Os dejo un dato para lo tengáis en cuenta: solo en Estados Unidos se estima que el quince por ciento de las parejas serán mixtas en 2065“. Aquella estimación tan aparentemente informada disparó mi impulso más de lo que sé controlar. Intervine. Disculpa, no he podido evitar oírte, ¿a qué te refieres con parejas mixtas? Me refiero a parejas formadas por un humano y un androide. Este es un tema que me interesa, dije mientras hacía un cálculo rápido de ese quince por ciento. Me vi obligado a abandonar las estimaciones numéricas porque no tenía ni idea del número de parejas actuales en EE.UU., ni de si crecía o disminuía, ni de qué considerar pareja y qué no, ni de cuánta gente viviría en EE.UU. en 2065… Determiné que eso implicaría a varias decenas de millones de personas así que seguí indagando ¿De dónde has sacado esos datos? Noté cómo se inflamaba su ego mientras mostraba un moderado desprecio por sus interlocutores que no tenían la capacidad intelectual de interesarse por el asunto. Acabo de empezar a trabajar con la empresa XY Coporation (el nombre me lo dijo con la condición de que ni se me ocurriese publicarlo) en un proyecto de inteligencia artificial que evolucionará los androides de compañía y sexuales hasta un punto que ahora ni podemos imaginar. Se me agolparon algunas preguntas más del tipo ¿qué se supone que hará un androide de compañía artificialmente inteligente? y uno sexual, ¿qué hará exactamente? Todos sabemos que las posibilidades imaginativas en este tipo de asuntos son difícilmente controlables, sin embargo, seguí con el discurso de corte periodístico que había comenzado. De acuerdo, pero ¿de dónde has sacado el dato exactamente? Forma parte de la campaña informativa que estamos llevando a cabo, el departamento de comunicación de la empresa ha compilado datos para demostrar la viabilidad de nuestro proyecto. Bueno, me dije, no es la primera vez que las medias verdades cambian el curso de la historia. Ajusté mi estrategia a la situación: ¿Se ha planteado ese departamento de comunicación si en 2065 la vida en pareja seguirá siendo mayoritaria? ¿No viveremos acaso todos en la más perfecta e hiperconectada soledad? Él era comercial, así que siguió a lo suyo: Más a nuestro favor; en un mundo sin parejas nuestros androides serán absolutamente necesarios para canalizar ciertas necesidades instintivas. Sonrió picaronamente al añadir, “ya me entiendes”. Así que se trataba de lo más básico que se pueda imaginar. La evolución de las muñecas hinchables, la toma de conciencia del látex. La inteligencia aplicada al intercambio económico/sexual. Un poco decepcionado sí que estaba, aunque no lo suficiente. ¿Y qué servicios ofrecerán ustedes a la población mundial en 2065? Tenemos en marcha dos líneas básicas: la línea que llamamos “Para Siempre” y la que hemos decidido llamar “Ocasional”. Los nombres eran bastante explícitos, no parecían proponer nada nuevo. Así que habrá androides con los que podremos casarnos y otros para pasar el rato, ¿verdad?  Es un poco más complejo pero este no es el sitio para entrar en detalles. Y, ¿habrá tiendas físicas con sus correspondientes escaparates o solo venderéis en red? En nuestra central tenemos un montaje con algunos prototipos y le aseguro que resultan muy atractivos. Me enseñó una serie de fotos en su móvil en la que se podía ver un grupo de personas de ambos sexos en diversas situaciones habituales: Sentados a una mesa de comedor, charlando en un entorno de bar, paseando por la calle de una ciudad indeterminada. La mayoría eran mujeres, unas ocho o diez. Había cuatro o cinco hombres. Así que aquellos eran los androides con los que vivirían mis descendientes. En las fotos no había modo de diferenciarlos de las personas. Nada indicaba que aquellos seres fotografiados fuesen robots. Me quedé absorto intentando imaginar la vida en pareja en 2065. Quizá desde la adolescencia habría que definirse y optar por ser humanofílico o robofílico. Optar por lo segundo, supondría, muy probablemente, un amplio abanico de posibilidades. Algo así como tener un móvil Android o un iPhone con potencialmente un gran número de fabricantes y tendencias: habrá distintas arquitecturas para implementar la inteligencia artificial, diferentes materiales para simular el cuerpo, variadas características del humanoide seleccionables: su carácter, sus conocimientos, su manera de conducirse. Habrá robots refinados y robots del montón. De gama alta, que estarán acabados al detalle y de marcas generalistas, que serán suficiente para los que no se puedan permitir otra cosa. Con los primeros te entrarán ganas de reivindicar tu estatus, los segundos serán más bien de andar por casa. En un primero momento, según me lo estaba diciendo aquel tipo, me pareció que la idea no tenía demasiadas opciones. Ahora que lo estoy pensando con más calma, parece obvio que las opciones son potencialmente infinitas en el tiempo. Desde el momento en el que la necesidad de tener un androide impronte el cerebro de la siguiente generación, se iniciará el ciclo de versiones y funcionalidades. Cada equis tiempo tu androide estará, para tu desgracia, desfasado y no será capaz de hacer cosas que te encantaría que hiciera. Aparte de que, con toda seguridad, no serán trastos baratos y requerirán de la concesión de préstamos a una cantidad determinada de años. Si me pongo optimista, podría maginar que sería una buena manera de eliminar la tendencia a la posesión y a la cosificación de la personas con las que compartimos la vida. Siempre y cuando los androides permaneciesen en una discreta posición de estupidez (que no diesen la sensación de ser demasiado espabilados) quizá podrían convivir con parejas humanas y ser aceptados como ayudantes en ciertas facetas de la vida humana. Incluyendo el sexo. Aunque, a quién quiero engañar, probablemente no sea este el caso y los robots se conviertan en una nueva razón para el conflicto y la pelea. Divorcios tipo “pues hala, vete con el robot si tan bueno es en todo”. Puedo ver con claridad a jueces y juezas de primera instancia del siglo veintidós teniendo que decidir sobre la custodia del androide o cómo se deberán pagar las letras pendientes a partir del momento de la separación. El comercial reclamó mi atención al ver que no mostraba la sorpresa suficiente. ¿Qué te parece? Impresiona, ¿eh?. Sin duda, parecen personas; aunque habría que verles moverse, seguro que no lo hacen con la fluidez con que lo hacemos nosotros. Ahí me estaba claramente esperando: sonrió con serenidad y suficiencia mientras pulsaba en la pantalla para ejecutar un vídeo en el que tres de aquellos seres de aspecto femenino, charlaban con otros dos de aspecto masculino. Había un tercero que tenía un aspecto increíblemente andrógino. Esto me hizo considerar una nueva variable ¿podrían esos tíos crear humanoides de géneros distintos del femenino y el masculino? No penséis que es tan difícil. Añadiendo, quitando, cambiando algunas cosas se podrían crear pastiches fronterizos que tendrían su público sin ninguna duda: robots con aspecto de mujer refinada y pollas enormes; Geipermans con barba de dos semanas y vulvas perfectamente depiladas o perfectamente peludas (a elección del consumidor). La rueda continuaría girando cuando las funcionalidades se convirtiesen en commodities, se diese la posibilidad de personalizar el androide y se empezasen a buscar nichos de mercado en la larga cola de las teorías del mercado. En el vídeo se veía a los robots hablar animadamente, reír de modo convincente, incluso se tocaban de vez en cuando con aparente espontaneidad. El comercial estaba tan animado como yo asustado. Se me ocurrió que iba a pillarle en esto: por cierto, ¿estos trastos funcionan con pilas? De nuevo demostró que su argumentario estaba perfectamente diseñado. Utilizan baterías de última generación que se recargan cinéticamente y pueden llegar a durar varias semanas. Si el cliente lo desea, se puede incorporar la opción de recargarlas utilizando energías limpias como el sol o el viento. Tengo que reconocer que empezaba a estar completamente acojonado. Me amarré a una última pregunta antes de rendirme. ¿Y eso de qué vale para la línea “ocasional”? Sospechaba que tampoco se iba a dejar atrapar ahí, pero tenía que intentarlo. La idea es acompañar al androide hasta el lugar donde esté el cliente. Tendrán una programación de apagado de modo que, pasado el tiempo comprado por el cliente, se desactivarán por completo. También hemos diseñado un mecanismo de seguridad que, en caso de ser necesario, podría generar potentes descargas eléctricas si se intenta manipularlo. Lo más seguro para el cliente finalizado su tiempo, es permitir que el androide regrese donde le estaremos esperando. O, si lo desea, pagar una nueva fracción de tiempo para que vuelva a activarse. Parecía evidente que habían pensado en todo. Yo seguía sin ver, en todo esto, la necesidad de la inteligencia (aunque fuera artificial). Es más, la cosa era tan sencilla que ser inteligente se me aparecía como un problema. Si la inteligencia implica extraer nueva información de lo existente, llegar a conclusiones y a decisiones de acción no evidentes, de ser el androide inteligente la situación sería delicada, en poco tiempo se convertiría en un manipulador frío o en un asesino implacable. En este estado de ansiedad respecto al futuro pedí mi cuenta y me despedí de aquel tipo. No pude dormir. Se me agolpaban imágenes e ideas. Que cuando se habla de inteligencia artificial en realidad se está hablando de un simulacro de inteligencia. Que todos estos proyectos profundizan en el aislamiento y en la obsesión por el orden y el control que el aislamiento genera. Esto, a su vez, implica la creación de una nueva realidad en la que nuestros cuerpos ya no son necesarios. No es una cosa por venir, la presencia ha sido ya definitivamente sustituida por medios de interacción basados en la imaginación. Nada nuevo entonces para el futuro, solo gente que trabaja en las herramientas necesarias para hacer realidad un sueño que no sabemos que ya estamos haciendo realidad.

Verano de 2050

No sabría decir de dónde, pero de algún sitio me tengo que haber sacado yo eso de que el fútbol es una metáfora de la vida. Algo así como que los futbolistas, al salir al campo, dejan de ser individuos para convertirse en partes de un organismo vivo formado en un disciplinado cuatro-cuatro-dos. Los laterales vienen a ser los brazos de este nuevo ser. Los extremos las piernas. Los interiores las vísceras que hacen fluir el balón por los pasillos que deja libre el adversario. Un equipo a la defensiva, es comparable con llevar una vida anodina, conservadora. Si sales con tres arriba y dos carrileros contrastados, la vida del organismo estaría más abierta a la novedad, sería más arriesgada, más divertida. Los equipos que funcionan transmiten (igual que las personas equilibradas) serenidad y ganas de quedarse a pasar la tarde. Con los equipos mal engrasados, torpes (como las personas sin talento) no logramos sentirnos identificados y nada nos invita a quedarnos. La cosa que me inquieta últimamente es si esta metáfora va a seguir funcionando en 2050. He oído decir que hay quien espera que, ese verano, se juegue un partido entre la selección campeona del mundo y el mejor equipo de la Robocup.

De los dos organismos que se enfrentarían,  al primero lo imaginamos fácilmente: la solidez de Alemania, la alegría de Brasil, la desesperación genial de Argentina, la personalidad de Francia, el tiqui-taqua Español (no entiendo muy bien porqué nos hemos resignado a una especie de onomatopeya para describir la personalidad de nuestro organismo, pero bueno). El segundo estaría formado por robots de aspecto humano y dotados de lo último en inteligencia artificial. Sería un organismo, digamos, preciso.

Hoy he tenido un ataque de insomnio y a eso de las tres de la mañana me ha dado por imaginarme cómo será el partido. He determinado se celebrará en Japón. Pese a las presiones políticas de las potencias mundiales, los japoneses acabarán haciendo cualquier cosa para satisfacer a sus ciudadanos que, a esas alturas, estarán en su gran mayoría de parte de los robots. Es decir, los humanoides jugarán en casa. No me ha parecido sencillo saber si este factor tendrá alguna influencia en el resultado final. Supongo que la idea de sus diseñadores es que los humanoides-futbolistas no necesiten motivación. Aunque, se me ha ocurrido, sería una poética lección para todos que, por uno de esos efectos inesperados del desarrollo tecnológico, los robots futbolistas empezasen a requerir algo más que programación y autoaprendizaje. No digo que empiecen a soñar con ovejas, pero igual les de por soñar con ganar la final y a alguno le da un ataque de ansiedad.

También he intentado imaginar cómo sería el público de la final. Particularmente, he imaginado a los ultras de ambos bandos. En el caso de los ultras pro-humanos no me ha parecido que podamos esperar un gran cambio. Serán, muy probablemente, los hijos de los actuales ultras que, como sabemos, no son seres especialmente inclinados a evolucionar. Eso sí, se añadirán a ellos (de esto estoy seguro)  grupos integristas que verán en peligro de muerte a nuestros valores y a la sociedad que tanto nos ha costado construir. Quizás la FIFA haya tomado medidas para establecer una política de tolerancia cero con aquellos que se dediquen a menospreciar a los jugadores de otras especies. Eso será una pena, porque tengo que reconocer que los insultadores de las gradas de nuestro país tienen una capacidad destacable para hacer daño, algo que pondría a prueba el nivel de humanización de los androides. A la madre no se la podrán mentar, vale, pero seguro que estos humanoides tendrán alguna limitación que sería explotada adecuadamente. Quizá compararles con humanos podría resultarles doloroso: “Vamos R2D2, que no llegas a una, pareces un homo sapiens, mi hijo de cuatro años ya está más espabilado que tú, a ver si te actualizan el firmware“. En cualquier caso, estoy seguro de que las dos aficiones estarán convenientemente aisladas y vigiladas para evitar incidentes durante la celebración del histórico acontecimiento.

Otra cosa que me ha parecido digna de discusión es si el árbitro será humano o androide. Lo más justo sería que fuese un trío arbitral mixto: dos jueces de línea humanoides, que serán más precisos en los fueras de juego, y un árbitro principal humano, que, se supone, será más versátil. En cualquier caso, seguro que se dispondrá de herramientas tecnológicas para aclarar situaciones dudosas y evitar polémicas innecesarias. Esto me ha planteado una nueva duda: En el caso de que haya, por ejemplo, un gol fantasma y se recurra al “ojo de halcón”, podría ser que este “ojo” fuera ya tan artificialmente inteligente como para que le asaltara la tentación de modificar la secuencia de imágenes para que se conceda gol a los suyos (los androides, claro) o se anule a los humanos.

Aquí he estado a punto de dormirme pero me ha espabilado la necesidad de tomar partido. Lo sé, ya me lo dice mi madre, no siempre es necesario tomar partido, se puede ser neutral en la vida y evitarse problemas innecesarios. Vale, sí, pero yo soy del otro modo, del modo de garantizarme problemas para sentirme vivo. La cosa es que he observado que aquellos que no toman partido, los que no quieren que gane uno u otro, los espectadores neutrales y educados, esos, no disfrutan de la metáfora de la vida que es el fútbol, ni, en general, de ninguna metáfora. Por eso yo siempre tomo partido. Diré que soy de los que sienten simpatía por el modesto, por el supuestamente débil, por el que está destinado a perder. Es duro, sí, sería más conveniente estar del lado del que gana pero no sé porqué los que ganan suelen dejarme frío. Así que me he puesto a pensar si iría con los humanos o con los androides. Parece obvio que, siendo uno de ellos, debería querer que ganasen los humanos. Pero no es tan sencillo. Por un lado, probablemente los humanos serán los débiles en esta ocasión. En caso de que haya que tirar penaltis, por ejemplo, a los humanos se les encogerá la pierna, sentirán miedo escénico y toda la serie de debilidades de las que el androide está, teóricamente, libre. Según avance el partido, sentirán fatiga, serán más lentos, más imprecisos. Sin embargo, los androides son seres inocentes, incapaces (teóricamente, insisto) de tener orgullo, de ser egocéntricos o de hacer el mal. Esta cualidad, aunque puede que los robots la tengan porque no tienen otro remedio, despierta en mí ternura y simpatía. Además, si ganan los humanoides, el antropocéntrico ser humano recibiría una merecida lección. Cierto es que, muy probablemente, esta lección para el orgullo de unos, fuera un refuerzo para el ego de los que van a considerarse padres de la especie que sucederá al homo sapiens.

A punto estaba de decidirme cuando ha sonado el despertador. Tengo configurado un sonido que mezcla cantos de pájaros, brisa y correr de agua, que habitualmente me provoca ganas instantáneas de ir al baño. Me he levantado de la cama, me he puesto las zapatillas y, al pasar junto al escritorio, me he tropezado con el cable del cargador del móvil que ha acabado justo debajo de mi pie izquierdo. He pensado por un segundo que aquel dispositivo era otro eslabón en la cadena de la evolución hacia la deshumanización y a punto he estado de aplastarlo. Al final se ha impuesto el sentido común y me he dicho, “cargarme a este no va a ser significativo, son demasiados”, me he agachado despacio, he desbloqueado el teléfono y he abierto el WhatsApp a ver si tenía algún mensaje nuevo.

¿Qué tal van los Propósitos del año?

Hay una abundante literatura relacionada con los propósitos de año nuevo. Listas de los diez más habituales, de los treinta más difíciles de cumplir; mil sugerencias de propósitos que deberías plantearte organizadas por grupo de consumidores potenciales: propósitos para emprendedores, para deportistas, para menores de cuarenta, para mujeres con clase, para seres extravagantes, para adictos a las opiniones ajenas. Literalmente hay miles, cientos de miles. Hay aplicaciones de móvil que te ayudan a cumplirlos, hay artículos que ridiculizan los propósitos, otros que los ensalzan. Hay libros escritos sobre los propósitos en general y sobre propósitos específicos. Este año he observado que ha sido tendencia el propósito del orden: el establecimiento de un procedimiento infalible para tirar, colocar y mantener el orden en tu casa. No sabría decir si esta tendencia tiene que ver con la gestión de la ansiedad, con una necesidad racional de tenerlo todo bajo control o si solo se pretende impostar bajo una imagen pulida un orden mental que se intuye imposible. No sé si se trata de otra manera de ahondar en las carencias de nuestro mundo o de un procedimiento que lo hará mejor. Eso lo decidirán los sicólogos, los sociólogos, los etólogos, los divulgadores científicos, los comunicadores… y, por supuesto, el paso del tiempo. Yo solo puedo hablar de cómo dejé de plantearme propósitos. Fue el primer día del año mil novecientos noventa y cinco. Me desperté desnudo con una fabulosa resaca en una cama desconocida. Una cama que, recuerdo, olía a mujer. En la mesilla estaba la foto de la hermana de uno de mis amigos. Ella tenía dos años más que nosotros, el pelo liso, muy negro, un cuerpo menudo bien proporcionado y, en la foto, una sonrisa sincera y, por lo tanto, contagiosa. Estuve a punto de empezar el año enamorándome de aquella mujer pero me distrajo el dolor de cabeza intenso mezclado con una sensación de ahogo muy familiar en aquellos tiempos. La causa era, pensé en un primer momento, la cantidad de diferentes tipos de alcohol que había ingerido para celebrar la llegada del nuevo año. Hice intención de levantarme pero no pude. Volví a quedar de espaldas como si tuviese piedras dentro de la cabeza. La prudencia me recomendó quedarme mirando al techo un rato más. Estaba pintado de un azul pastel bastante molesto para un iconoclasta. Por lo demás, no parecía tener nada especial. Algunas huellas de brocha, algunas oscuridades en las esquinas, algunos pequeños abombamientos del yeso. Fijándome bien, pude distinguir unas diminutas grietas en la pintura que parecían letras. Intenté ajustar mis ojos para descifrarlas. Diré aquí que habíamos utilizado durante la celebración algunas drogas, por lo que es posible que todavía estuviese bajo su efecto cuando mi cerebro empezó a convertir en palabras aquellas grietas. En una leí “Año nuevo, la misma miseria”; en otra “Hay que resistirse a empezar el año con esperanza”; había un conjunto de grietas que decía “Cada año empieza uno nuevo, no hay mucho que celebrar”. Me asusté porque ninguna vaticinaba nada bueno. ¿Quién habría estado dedicando tiempo a escribir aquellas frases para mí? La hermana de mi amigo estaba descartada, no creo que supiese de mi existencia. Mi amigo no era el tipo de persona que se sube a una escalera a escribir mensajes crípticos y pesimistas sobre el nuevo año. A esas alturas de la película, yo no creía en ningún tipo de dios, así que tampoco me valía una explicación que lo incluyera. Me giré hacia el lado izquierdo mientras me hacía el modesto y puntual propósito de dormir un rato más. Al poco me giré hacia el lado derecho recordándome el propósito que me acababa de hacer. Acabé mirando otra vez al techo haciendo un esfuerzo por no leer. Como era de prever, incumplí mi propósito. Leí: “¿Qué propósitos te has hecho este año?”,”¿Tienes pensando incumplirlos como los del pasado?”. Aquello estaba empezando a resultar inquietante. Era cierto que había incumplido sistemáticamente los propósitos del año anterior, y del anterior y del anterior, pero hasta aquel momento estaba convencido de que había sido porque no les daba ninguna importancia. Por cierto, me dije, ¿cuáles eran esos propósitos?. Era como si algo o alguien estuviese empeñado en que evaluase mi pasado. En realidad, ninguno de los años anteriores me había planteado objetivos explícitamente, así que me veía obligado a hacer primero una toma de conciencia de cuáles podrían ser esas cosas que, alguna vez, había deseado hacer y no había hecho. Mi mente se puso a repasar posibles candidatos: correr una maratón, hacerlo con una japonesa, leer el Ulises de Joyce, dejar de ser un tipo normal, tener un perro… Nada raro como veis, cosas que todos deseamos en algún momento de nuestras vidas y que muy pocos acaban haciendo. La cabeza me dio un vuelco. Me encontraba en esa paradójica situación en la que sabes que tienes que cambiar de postura y sabes que si te mueves va a ser intensamente doloroso. Al mismo tiempo evitas con todas tus fuerzas moverte y evalúas la posición a adoptar para dejar de sufrir. Me tumbé sobre mi lado izquierdo. El interior de mi cabeza se tambaleó como un rascacielos durante un terremoto. Cerré los ojos. Volví a abrirlos. En la pared pude leer: “Más te valdría acabar con esta farsa”. Aquello era demasiado. Cerré de nuevo los ojos intentando quitarme de encima aquel discurso infernal. Apreté fuerte los párpados y me quedé mirando fijamente a las líneas de luz que se movían allá dentro. De pronto un grito agudo llenó la habitación. Parecía venir de la puerta a la que yo estaba dando la espalda. O más precisamente, a la que estaba dando mi culo desnudo sobre aquel edredón de flores. Dejé de apretar los párpados, miré la pared azul pastel y, de pronto, sin pensarlo, me di la vuelta. Ya no enseñaba el culo. Me fijé en que tenía un ligera erección vete tú a saber porqué motivo quimiofisiológico. La cabeza me seguía dando vueltas. Al abrir los ojos vi que la puerta mostraba una rendija de luz que, de pronto, se hizo más grande. Creí que seguía con las visiones cuando la silueta de una mujer se apareció sobre la luz. Pensé, lo recuerdo bien, que esa alucinación era más apetecible que las frases. No me dio tiempo a pensar mucho. De nuevo el grito agudo me retumbó en la cabeza. Pestañeé todo lo rápido que pude para hacer desaparecer la silueta. No desapareció. Es más, se hizo más grande y pronto tapó toda la luz de la puerta. Se encendió una luz que me dejó ver la cara suave de la hermana de mi amigo. Estaba muy cerca. Me miraba medio extrañada medio interesada. Estaba despeinada, tenía cara de sueño y probablemente la tradicional resaca de año nuevo, como yo. Se me pasó por la cabeza que, ya que estábamos en aquella tesitura, lo suyo sería follar un rato. Por un instante me planteé empezar fijándome ese objetivo. Poco duró la alegría: La hermana de mi amigo se acercó aún más, yo levanté lo que pude la cabeza para recibir el primer beso del año, ella gritó ¡cerdo! y me dio una estupenda bofetada. Salió de la habitación gritando el nombre de su hermano. En mi cabeza el rascacielos se derrumbó con gran escándalo. Perdí la orientación. Creo que me desmayé. Y fue entonces, en un instante de lucidez, cuando me juré que nunca más me plantearía objetivos que estuviesen dentro del espacio de mi vida. Según las estadísticas yo viviría unos ochenta años así que a partir de aquel momento, solo me planteo historias que van a suceder después del año 2050. Eso me permite hablar sin esperanza con toda tranquilidad, seguir adelante desinteresado por mi propia vida que es, estoy seguro, un verdadero desastre.

Si Pudiéramos Ser Algo Más que Sutil Energía

Existen ciertos tipos sutiles de recuerdo a los que nadie se ha preocupado de poner nombre. Quizá por eso, en los últimos meses, me he sorprendido necesitando nombres para cosas sin la menor importancia. He sondeado en mi entorno y nadie ha sabido muy bien a qué me refiero, así que estoy preocupado. He buscado en Google de diversas maneras, en inglés y en español. Nada. He pedido cita en el médico por si fuese conveniente que me viese un neurólogo. Después de escucharme con atención profesional, la doctora, que tiene unos ojo claros intimidantes, me ha recetado unos ansiolíticos suaves. Ha dicho suaves como para tranquilizarme. No lo ha conseguido. También he intentando, utilizando diversas técnicas budistas, deshacerme de esa necesidad que es, a todas luces, superflua. Han sido meses muy duros. He hecho meditación en el suelo frío de mi habitación. Taichí en el helado jardín. He ido a tres sesiones de constelaciones a ver si el terapeuta se dignaba a seleccionarme como voluntario para representar mi historia. Cuando por fin lo ha hecho, ha sido para representar al hermano de una mujer de unos cincuenta años que no acaba de aceptar que no puede quedarse embarazada. En la sesión, movido por la rabia, he gritado, me he revolcado, he mordido la alfombra. Nada. Me he sentido mal por la mujer que no acaba de aceptar que no puede tener hijos porque he pensado que igual no le estaba ayudando. Pero bueno, me he dicho, el terapeuta sabrá cómo arreglarlo. Lo cierto es que no he conseguido olvidar la superflua necesidad de poner palabras a ciertas sensaciones vagas. Por supuesto, he probado también con la conciencia plena del mindfulness. Esto ha sido lo peor. Lejos de ayudar a quitarme la idea de la cabeza, ha conseguido que no piense en otra cosa. Dado que el objetivo es hacerse consciente de cada pequeño acto para convertirlo en elegido, en voluntario; ha llegado un punto en el que he preferido quedarme en la cama. De ese modo, me he ahorrado la insoportable obligación de tener que tomar conciencia de cada paso que daba, de cada movimiento de mis dedos, de mis manos o de mis ojos. Tirado en la cama inmóvil, a oscuras, me he convertido en una especie de Funes el Memorioso oriental que no podía dejar de pensar en vagos recuerdos a los que nadie ha puesto palabras. Una buena amiga ha venido a casa y al verme en ese estado, me ha recomendado probar con la bioenergía. La energía sutil podría ser equivalente a esas sensaciones vagas que tienes, ha razonado, y canalizando la primera, quizá logres dar nombre a las segundas. Prometedor. Me he enterado de que soy una especie de imán viviente que desprende un aura generada por mis pensamientos, sentimientos y otras cosas inmateriales por el estilo. Esta aura interactúa con las de los otros en complejos campos magnéticos cambiantes produciendo liberaciones, bloqueos, equilibrios, vibraciones, absorciones, desprendimientos y toda una serie de efectos seudoenergéticos que yo puedo aprender a controlar. Me han dado ganas de volver a la cama a tomar conciencia plena de mi condición de imán viviente. No lo he hecho porque la terapeuta me ha invitado a tumbarme en la camilla para comprobar mi estado vibracional. Es un mundo este lleno de metáforas, me he dicho mientras me quitaba la camiseta. Ella, reconcentrada, ha comenzado a masajearme la espalda. Se ha entretenido en algunos sitios, que he supuesto estratégicos, como buscando algo debajo de mi piel, como intentando repartir de manera uniforme los fluidos grasos de mi espalda. Me he relajado cuando he estado seguro de que no iba a hacerme daño. En el momento que he bajado la guardia, me ha sorprendido uno de esos recuerdos sutiles: Me he acordado de Chari. Chari fue monitora en mi último campamento adolescente. No mediría más de metro cincuenta, se le notaba que tenía tendencia a engordar y se manejaba con un desparpajo envidiable para el niñato tímido y acomplejado que yo era (y que todavía, no lo descarto, sigo siendo). La historia de Chari se puede resumir en pocas líneas: Teníamos un viaje de varias horas para volver a casa. Yo, como cada vez que se acaba algo, sufría un fuerte ataque de melancolía. Solo me apetecía llorar pero, comprensiblemente, no podía hacerlo delante de aquel grupo de adolescentes si quería seguir manteniendo algún prestigio. Así que simulé que estaba enfermo. Chari me buscó un sitio cómodo en un banco mientras esperábamos el tren, dejó que me acurrucara en su regazo y, de vez en cuando, me acariciaba el pelo y el contorno de los ojos para que me sintiese mejor. No dijo nada. Estuvimos así como media hora. Jamás he sentido tanta comprensión. Cuando llegó el tren me acarició la mejilla con intención de devolverme a la realidad. Tentado estuve de resistirme a volver al frío. Flojo como estaba, la resistencia fue mínima. Me puse de pie. Cogí mi bolsa. Me metí en el tren. Y eso es todo. A veces me da por imaginar qué hubiera pasado si me hubiese resistido con determinación. Chari y yo nos hubiésemos quedado dormidos en aquel banco. Al despertar hubiésemos buscado un sitio para tomar un café. Luego un sitio para comer y, finalmente, un sitio para vivir en aquella comprensión perfecta. La terapeuta me golpeó un par de veces con la mano en el hombro izquierdo. Me desperté de golpe. La baba me escurría por la comisura de los labios. Sorbí. Allí estaba ella que no se parecía a Chari (porque era alta y estaba al borde de la anorexia) pero que me la había recordado por un instante. Estaba sentado en aquella especie de diván, ella tenía la mano en mi hombro, me explicaba que había sentido una gran cantidad de energía vibratoria en mí. Eso parecía buena cosa. Lo que le preocupaba era el nivel de entropía con el que esta energía fluía hacia el exterior. Me habló de los numerosos y demostrados beneficios que se obtienen cuando somos capaces de controlar nuestra bioenergía. En ese momento se agachó a cámara lenta (supongo que para evitar añadir más entropía al asunto) para recoger una toalla que se había caído al suelo. Al ahuecarse la camiseta pude ver sus pezones puntiagudos por efecto, seguramente, de un alto nivel de energía positiva canalizada. Entonces me volvió a poseer un recuerdo sin importancia. Me acordé de Bárbara. Bárbara era de algún país de Centroeuropa. Hablaba un castellano correcto aunque con mucho acento. Tenía un cuerpo exuberante. Una melena rubia bien cuidada que le favorecía (sobre todo cuando le tapaba la cara). Y es que tenía la nariz achatada y los ojos desalineados. Yo la recuerdo con ternura. Era, lo diré de una vez porque es absurdo intentar hacer poesía de todo, era puta. Yo estaba tan reconcentrado en amar a mi primera novia, en mostrarla respeto absoluto, que no había manera de introducir el sexo en aquella ecuación. Intentarlo hubiese provocado un desorden que no hubiese podido gestionar de ninguna manera. Así que miré en el periódico. Tampoco era plan, me dije, de cumplir los dieciocho en estado de virginidad. Tuve algunas dudas respecto al modo en que se podía conciliar el amor con aquella aventura, pero me pareció obvio que yo a mi novia la amaba sin reservas y, precisamente por eso, no debía meterla en asuntos turbios que tenían que ver con necesidades fisiológicas y fluidos. Bárbara te hará sentir bien. No pongo límites a tu imaginación. Pídeme lo que quieras y lo haré sin ninguna prisa. Eso decía el anuncio.
Me fui para allá repasando mentalmente todas las cosas que tenía que probar por primera vez. Bárbara estuvo extremadamente amable desde el primer momento. Me invitó a una cerveza, fue cariñosa, maternal. Me enseñó algunos secretos del cuerpo femenino. Se mostró comprensiva cuando mi masculinidad se mostró reacia a responder. Me dejó estar tumbado en su cama contemplándola desnuda durante un buen rato. Al final, me acompañó a la puerta y me dio un beso en los labios que todavía no he olvidado. La terapeuta debió notar la fuga extrasensorial de energía que se estaba produciendo. Quitó la mano de mi hombro, se puso la toalla al cuello y me acompañó a la puerta. Me dio una tarjeta azul cielo. Yo salí al descansillo notando el frío provocado por el derroche energético. Empecé a bajar las escaleras pensando que, con un poco de suerte, aquel había sido el último recuerdo sutil de mi vida.

A Ciertas Edades no Hay Recuerdos Intrascendentes

Con los años hay muchas cosas que te van abandonando. Últimamente, he estado atento a esas cosas que se supone te abandonan para confirmar o desmentir que, efectivamente, la culpa sea del paso del tiempo. Adelanto que nos soy de sacar conclusiones y, muy probablemente, en este tema sea imposible sacarlas. Lo que sí me ha invadido es una vaga sensación de que ese abandono podría tener algo de profecía cumplida, de ganas nuestras de ajustarnos a ciertos tópicos. Por ser claro: en ocasiones, parecería que perdemos las cosas que se supone tenemos que perder para no defraudar las expectativas. Hay algunas cosas físicas en las que no decidimos, es cierto, como, por ejemplo, en perder el pelo o algo de vista. En estos casos el tópico nos sirve de escudo porque qué se le va a hacer. Pero hay otras menos evidentes. Perdemos la forma, por ejemplo, e incluso nos dejamos crecer la barriga, perdiendo, de este modo, el aspecto con el que los demás nos conocieron. Cambiando nuestro aspecto (sobre todo a peor) invalidamos, con derecho o sin él, los recuerdos de los otros. Cuando, en ocasiones me encuentro con algún amigo o amiga que se ha dejado ir, que ha engordado quince quilos y parece haber renunciado incomprensiblemente a cuidar su imagen, me gustaría decirle que quizá yo hubiese agradecido que siguiese más o menos igual, que me permitiese conservar ciertos recuerdos que se reforzasen en nuestros encuentros. Que me provocase cierta alegría ver que el tiempo pasa pero, de algún modo, nosotros mantenemos un cierto cuidado, una cierta tensión en la vida que permite establecer puentes entre el pasado y el futuro. Por eso, el siguiente tópico, suele ser perder esos amigos que se han convertido en testigos incómodos del paso del tiempo y que, potencialmente, pueden destruir el maravilloso relato de nosotros mismos con el que funcionamos en el presente. Así que una vez nos hemos deshecho de los testigos y con el noble objetivo de que todo sea perfecto, debemos olvidarnos de lo sucedido. Deduzco que, de este modo, la pérdida de la memoria se ha convertido, a su vez, en un tópico. Así que, llegados a cierta edad, nos empezamos a preocupar por mantener cierta cantidad de memoria. Un amigo me dijo que, para sobreponerse a este deterioro cognitivo, es tendencia jugar a juegos cerebrales. Después he leído que estos juegos no tienen ningún efecto beneficioso demostrado. Cómo nos marean. Por mi parte, he observado que me cuesta retener datos, que se me olvidan palabras, que no me aprendo las canciones como me las aprendía hace veinte años. Aunque analizando con cierto rigor el asunto, tengo que confesar que siempre he tenido problemas para retener datos. Sirva de ejemplo, mi incapacidad para aprenderme los números de teléfono de mis amigos. Por aquel entonces, por más inverosímil que resulte ahora, memorizar los teléfonos era la manera más sencilla de tenerlos a mano. Creo que todos teníamos una agenda, cierto, pero no la llevábamos siempre encima como hoy llevamos el móvil. Yo resolví la dificultad aprendiéndome el teléfono de los amigos clave y el número del que se sabía todos los números. En caso de necesitar algún teléfono que no había memorizado le llamaba a él para que me lo recordase. Tampoco, es cierto, nos llamábamos tanto como ahora. Incluso había veces que quedábamos de un fin de semana para el siguiente. Y una semana después, allí estábamos. En cuanto a las canciones, tampoco han cambiado tanto las cosas desde que era adolescente. En ciertos ambientes, a poco activo que fueras, era casi obligatorio tener un grupo de música. Yo, que era activo por encima de la media, tuve varios grupos. En uno éramos puristas y solo podíamos tocar cierto tipo de música. Me provocaba claustrofobia aquella estrechez tan pura. En otro solo podíamos tocar nuestras canciones. No teníamos ni idea de cómo hacer canciones así que nos pasábamos el día perfeccionando tres o cuatro canciones que no sabíamos cómo habíamos hecho. Me hastiaba dar vueltas a lo mismo por mucho que se estuviese perfeccionando. En el tercero tocábamos versiones de canciones conocidas. No versionábamos cualquier cosa, es cierto, pero tampoco lo dábamos demasiadas vueltas. Me sentía cómodo en este grupo. Cuando una canción me emocionaba, no tenía más que proponerla. La estudiábamos durante una o dos semanas y pasaba al repertorio. Algunos decían que éramos unos vendidos, demasiado comerciales, pero ya digo, yo estaba cómodo. Recuerdo que, no sé cómo, habíamos conseguido que nos dejasen ensayar en el gimnasio del colegio un día a la semana. Era un local más salubre que los otros en los que tocábamos que eran poco más o menos cuchitriles. Además era amplio, luminoso, con ventanas… Podíamos invitar a gente a los ensayos. Invitábamos preferentemente a grupos de chicas. Para eso teníamos un grupo, ¿no?. La desventaja era que no podíamos llevar alcohol a los ensayos. Creo que una cosa compensaba la otra. Además, como estábamos serenos las dos horas de ensayo, íbamos mejorando. Mejoramos hasta el punto de que hicimos un par de canciones. Hasta el punto de que quiénes nos oían asentían con la cabeza. Alguien nos sugirió apuntarnos a un concurso de bandas locales. ¿Pero si no tenemos estilo, dije yo?. No hace falta, tenemos dos canciones y hacemos algunas versiones buenas. Votamos y la mayoría decidió que nos apuntábamos. Dejé de sentirme cómodo. Empezamos a ensayar sistemáticamente. Se prohibieron las litronas. Dábamos vueltas a los más pequeños detalles. Tocábamos lo mismo una y otra vez. Puede que esa sea la manera, yo era consciente de ello y por eso me esforzaba. Escribí la letra para una nueva canción. No sonaba mal. A última hora decidimos presentarla al concurso. Siempre la había cantado con la partitura delante. Quedamos en que nuestra manera de estar en el escenario formaba parte del asunto. Decidimos que éramos dinámicos. Que yo tenía que moverme mientras cantaba para potenciar las canciones. El dinamismo no permitía trípodes con partituras sobre el escenario así que tenía dos semanas para aprenderme la letra. Era tiempo más que de sobra para un cerebro de menos de veinte años, que no ha tenido tiempo para pérdidas. Las dos últimas semanas se intensificó el régimen disciplinario. Ensayamos todos los días menos el lunes. Cada pequeño detalle tenía que estar previsto. Cada movimiento, cada nota, cada sílaba, cada punteo, lo que teníamos que decir entre canción y canción. Cómo subir al escenario, cómo abandonarlo. El guitarrista, el único que sabía música, me insistía en que tenía que ensayar sin la partitura, que debía hacer lo mismo que haría en el concierto. Yo le decía que sí, que no había de qué preocuparse, que solo eran dos frases que no acababan de meterse en mi cabeza. Curiosamente, la primera de cada una de las estrofas. Por pura paradoja cerebral, hoy solo consigo recordar de aquella canción esas dos frases. La primera era “La niebla maldita una y otra vez”. La segunda “He pensado marcharme para no volver”. Ni que decir tiene que seguía sin estar cómodo. Aquello había dejado de emocionarme en el momento en el que la democracia decidió por mayoría presentarnos a aquel concurso. Llegó el gran día. Con tres horas de antelación estábamos en el escenario del bar. Comprobamos que el equipo que nos dejaban era adecuado. Pudimos probar sonido. El técnico que estaba detrás de la primera mesa profesional que tocábamos, nos felicitó por nuestra eficacia, por lo bien afinados, por lo claro que lo teníamos. Empezaron a tocar a la hora prevista. Los primeros cuatro grupos se mostraron vacilantes o torpes o descoordinados. Nos pedimos otra cerveza para celebrarlo. Se me ha olvidado decir que uno de los organizadores conocía a nuestro guitarrista y estaba en la barra aquella tarde. Estaba encantado de dar de beber gratis a los próximos ganadores del concurso de bandas locales. Así pasaron otros cinco grupos más por el escenario. Dos de ellos lo hicieron bien, aunque no hicieron ninguna canción original. Nos llegó el turno. Yo había tomado manzanilla con limón y miel, tres cervezas y una tila con más miel. Estaba tranquilo. Tenía la garganta suave. Estaba en forma. La primera canción que hicimos fue una versión de los Rolling, esa que habla de la simpatía por el diablo. La tocamos mejor que nunca. Potente. Yo canté en mi tono, no en el de Jagger, pero fui expresivo y claro. El aplauso fue unánime. La segunda versión fue de los Guns’n’Roses, un autentico acierto del rock de los noventa, Welcome to the Jungle. Me permití el lujo de mover las caderas como lo hacía Axl. Tampoco era mi tono pero los aplausos confirmaron que habíamos perpetrado una versión convincente. Paramos dos minutos para preparar nuestra canción, la que debía consagrarnos. Yo bebí del botellín. Volví a beber. Le dije al batería, que era un buen amigo mío, dame la primera frase, que siempre se me olvida. Si la has escrito tú, tío, yo ni idea. Bebí un poco más de cerveza a ver si me inspiraba. Los guitarristas se arrancaron según lo previsto. Me acerqué al micrófono. No cogí la entrada. El guitarrista me miró. Me encogí de hombros. Me dijo algo que no oí, miró al resto y volvió a empezar. Esta vez entré cuando había que entrar pero no dije lo que había que decir, solo hacía ruidos con la boca al compás de la música. Era como si la canción fuese un continuo, una especie de muelle fino, que se resistía a salir porque no había salido bien la primera vuelta del alambre. El estribillo sí que lo recordaba. Lo ataqué con fuerza para disipar posibles dudas. Con tanta fuerza que desafiné con claridad. Mis compañeros me miraban con intención de animarme. Se acabó el estribillo. En cinco compases empezaba la segunda estrofa. Me dispuse a cantarla como solía. No me acordé de que no me acordaba de la primera frase así que el alambre volvió a trabarse. Empecé a emitir sonidos de nuevo. Esta vez ni siquiera acompasados con la música. Miraba directamente a los focos para no ver la cara de vergüenza ajena que tendrían los de primera fila. Me movía descoordinado. Estaba aturdido. No recordé una sola frase de ninguna de las dos estrofas. Canté el estribillo dos veces más. Ambas de manera desesperada. El público aplaudió supongo que el esfuerzo. Así fue. Me cogí una buena. Antes de perder el conocimiento pedí disculpas a la banda. Fueron realmente amables, se lo tomaron con humor. Esta anécdota podía haber sido intrascendente, algo sin consecuencias que se recuerda o que se borra. Pero no tengo yo tanta suerte. Dos semanas después, nos llamaron de la radio para hacernos una entrevista. Yo dije que no iba. Ellos dijeron en que no podían ir sin mí, que yo era la voz del grupo. Insistieron. Tuve que ir. Contesté ingeniosamente a las dos primeras preguntas. La de si queríamos ser una banda comercial o una banda con personalidad, la esquivé diciendo que queríamos ser un grupo con pegada, que llegase a la gente. ¿A qué gente? me preguntó a tradición el locutor que era especialista en rock progresivo y jazz fusión. A la gente en general… a la que le guste el rock, concreté al ver la mirada piadosa del experto. Hizo una pausa calculada. Dijo en antena que iba a pinchar la canción escrita por nosotros que habíamos tocado en el concurso. Yo abrí los ojos como platos. ¡Está grabado! ¿Quién coño les ha dado permiso? Me pregunté por qué querría hundirme de esa manera. Tuvo la delicadeza de cortar la grabación después del primer estribillo. Metió publicidad. Yo tenía lágrimas en los ojos. Gracias chicos, dijo con tono comprensivo. Me miró. Supongo que iba a decir algo más pero se cortó al ver los ojos húmedos. Dijo solo, seguid practicando. Hizo otra pausa, puede que valorase no decirlo, puede que estuviese buscando las palabras más adecuadas, dijo: y toma algo para esa memoria, chaval.

Es Muy Fácil Perder un Amigo

Después de dos días metido en casa me he dicho que la lluvia no era para tanto y he salido a la calle. He andado sin rumbo durante más de una hora. Solo podía oír el ruido de las gotas en la membrana de la capucha, el que hacen al golpear en los charcos creando burbujas y el escupir agua de los coches al pasar deprisa sobre los charcos. No había casi nadie en la calle. Algunos corredores de esos a los que les gusta la épica. Algunos adolescentes que venían del partido dominical. Algunos niños que corrían hacia el coche en el que les esperaba sus padres.  Cansado, he buscado un bar. Me he ido hacia uno en el que había cierto ambiente. Dos jóvenes de unos veinticinco o treinta años hablaban en la puerta. Uno parecía querer irse. El otro le retenía en el quicio de la puerta agarrándole suavemente del brazo. Hablaban intensamente no sabría decir de qué. Me he tenido que quedar esperando unos segundos a que se decidieran. El que parecía querer irse se ha girado ligeramente hacia dentro como si fuese a cambiar de idea, pero en el último momento ha dicho no pasa nada y se ha vuelto otra vez hacia la calle. El otro ha hecho un poco más de fuerza en el brazo para retenerle. Al sentir que no iba a pararlo, ha levantado ligeramente la voz y le ha dicho no es tan fácil perder un amigo. Me he sentido mal porque me ha parecido que la situación se ha precipitado por mi culpa, porque yo quería entrar. Igual debería haberme dado la vuelta y haber seguido mi camino. Quizá si lo hubiese hecho, pienso ahora, esos dos jóvenes seguirían siendo amigos. Dentro del bar el ambiente era cálido. La frase del joven había quedado flotando entre la barra y la puerta de salida.  Me han dado ganas de acercarme a él y decirle, creo que te equivocas, es muy fácil perder un amigo. Entre los ocho y los dieciocho años yo tuve un gran amigo. Probablemente mi mejor amigo durante esos diez años. El año en el que cumplió catorce años (yo los había cumplido un mes antes) me di cuenta de que había dejado de hablar cuando había más de dos personas con él. Solo escuchaba y, de vez en cuando, nos sorprendía con alguna frase relativamente extravagante. Era divertido. Cuando estábamos solos, se comportaba como siempre, como yo suponía que él era. Este comportamiento selectivo se fue agravando con los años. Le observé durante cuatro años más sin entender muy bien qué sucedía. Unos decían que era del Madrid, otros que era del Barca. A mí él siempre me había dicho que no le gustaba el fútbol. En ocasiones me vinieron a decir que se había hecho de derechas, otras que coqueteaba con el socialismo. Delante de mí, defendía ser anarquista. Algunos me dijeron que no le gustaban las chicas, otros, que le gustaba mi novia. Él me dijo que tenía cosas más importantes que hacer que perder el tiempo con las mujeres. Cuando hablábamos de trabajo se mostraba decidido a seguir su sueño, a ser músico. Otro amigo común me comentó un día que a él le había dicho, muy convencido, que lo importante era ganar pasta y dejarse de líos. Cuando estábamos en grupo, él cada vez estaba más callado, cada vez seleccionaba más a quién acercarse y qué comentarios extravagantes hacer en cada situación. Dejó de manifestar opiniones sobre las cosas. Se iba refinando. Parecía querer mandar mensajes subliminales. Ridiculizar a uno o a otro. Estigmatizar a alguien. Desautorizar a cierta persona. Eran mensajes escasos, es cierto, así que procuraba no darlos demasiada importancia, al fin y al cabo, era mi mejor amigo. Aun así, no podía negarme que sentía como si sus frases tuviesen siempre un sentido oculto inconfesable. Como si se estuviese alejando poco a poco hacia una oscuridad que me era ajena. Cuando ya teníamos dieciocho años  un día decidí que había que hablar de ese malestar. Disiparlo para siempre. Recuerdo bien que me resultó muy complicado encontrar el modo. En cuanto empecé a hilvanar palabras comprendí que era un error. Que hay cosas que están más allá (o más acá) del discurso.Él puso cara de póquer, me pidió datos objetivos, me dio una explicación convincente para cada supuesta contradicción. Su cara era la de un cordero lechal a punto de ser degollado cuando me decía que había cosas que a él, tan inferior a mí, se le escapaban. Dijo no sé lo que quieres decir. Juro que lo intenté, lo juro. Le miré despacio, una sombra fría me atravesó la piel. Me callé de pronto. Estaba helado, no podía decir nada más. Me fui como el joven del bar se había ido: en silencio, hacia la calle, hacia la lluvia.

 

 

 

 

 

 

 

 

Como Supuestamente se Sienten los Adultos

Era verano. En el ascensor olía a perfume. Dentro estaba la vecina del tercero. Dije hola. Me fijé en su moño tenso que le daba un aire a Tippi Hedren en Marnie la Ladrona. Al entrar el olor me había parecido demasiado fuerte pero en unos segundos mi cabeza pareció cambiar de opinión. Miré de reojo su vestido de verano que, como el peinado, daba la sensación de pertenecer a otro lugar, a otro tiempo. Obvié el detalle cuando me fijé en que la tela se ajustaba discretamente en las caderas y en el pecho. Un instante antes habría dicho que era demasiado delgada. Tendría unos cuarenta años. Era, para mis estándares de teenager, una vieja. Se adelantó para salir, la espalda muy recta como si estuviese siempre pensando en mantener una postura adecuada. Los labios gruesos, las mandíbulas apretadas, supongo ahora, que para evitar las arrugas de expresión. Dije adiós y no puede evitar fijarme en cómo el vestido acariciaba sus muslos al andar. Respiré hondo el olor que había dejado. Noté que me excitaba. En casa tuve que darme una ducha. Esa noche soñé con un cuerpo maduro debajo de un vestido de tela suave. Al día siguiente, cuando llegué de la piscina, el ascensor olía al mismo perfume intenso. Eran las siete y diez. Me dije que ella llegaba un poco antes, probablemente a las siete. Recopilé algunos datos. Tenía una hija rubia de seis o siete años que se le parecía más bien poco. A veces, subía con ella y otra niña de su misma edad hasta el sexto. Justo debajo de nuestra casa. Coincidimos alguna vez los tres, recuerdo que la otra niña me miraba con curiosidad desde unos ojos azul intenso. Mi madre me informó de que en el sexto vivía la suegra. Nunca le vi con su marido, por cierto, eso alimentaba mi imaginación. La niña de los ojos azules, me dijo mi madre, era una sobrina que venía desde algún sitio del norte a pasar el verano. Aquel mes de julio llegué a casa todas las tardes a las siete. Si por algún motivo estaba en casa antes, espiaba por la ventana hasta que la veía bajar desde la plaza. Me tiraba entonces escaleras abajo saltándolas de dos en dos y de tres en tres. Sabía por mi flamante cronómetro digital, que tardaba algo menos de treinta segundos en llegar al bajo, ella tardaba aproximadamente un minuto desde la plaza así que tenía veinte segundos de margen para recuperar el aliento y llamar al ascensor que estaba, casualmente, en el séptimo. Ella subía las cinco escaleras que llevaban a la puerta del portal, yo aprovechaba que los cristales estaban ligeramente tintados para apreciar el conjunto del día. Le abría la puerta. Solía saludarme con un hola automático. Alguna vez yo preparaba conversaciones en la cabeza que sabía nunca sucederían. Un día, mientras le abría la puerta del portal y me fijaba en la blusa blanca que marcaba los contornos de un sujetador de copa, le dije “vaya calor que hace hoy”. Ella no dijo nada, torció el gesto en una mueca que recordaba una sonrisa. También le dije una vez: “menos mal que ha refrescado un poco con el chaparrón de mediodía”. Me emocioné cuando me pareció oírle mascullar: “sí, que se ha cargado mi peinado”. Un viernes que me había puesto una camiseta rojo fuego, me espetó: “te gusta vestirte con colores llamativos, ¿eh?”. Ella no usaba colores.  En el ascensor procuraba colocarme en diagonal para poder mirarla con mejor perspectiva. Se me encogía el corazón al preguntarle a qué piso iba por la posibilidad de que fuese al sexto en lugar de al tercero. Casi siempre iba al tercero. Me atraía su aspecto pulcro, distante. Sus movimientos disciplinados la convertían en intocable porque solo un mal paso o un tropezón podrían haber roto la distancia formal entre vecinos. Soñé varias veces que subiendo en el ascensor con ella le quitaba el vestido de un tirón. Ella se quedaba desnuda allí, misteriosa, mirándome con gesto frío como si esperase que le diese la orden para vestirse de nuevo. Una mezcla de prisa por hacerme adulto y de atracción por el misterio, me impulsaba a encontrar un modo de ganarme su confianza, de asomarme a su mundo ordenado y averiguar qué había al otro lado. Hacia finales de julio, mientras estaba en la ventana esperando verla venir, vi algo divertido: la niña del sexto dejaba caer una cuerda roja por la ventana. Pensé que la imaginación de los niños era imprevisible y seguí vigilando la plaza. Volví a mirar con curiosidad a la niña. Varios pisos más abajo, no podía determinar cuántos desde aquella perpendicular, las manos de otra niña con coletas rubias ataban un rollo de papeles a la cuerda. A los pocos segundos, el pergamino empezó a ascender hacia el sexto. Si la cuerda no hubiese sido de color rojo, se podía haber pensado que la niña del sexto utilizaba poderes telequinéticos para hacer llegar el rollo hasta sus manos. Me distraje intentando dar sentido a aquel juego de niñas. Eran todavía las seis. Me fui a la habitación a leer algo. No lograba concentrarme en las preocupaciones de Humbert Humbert que, por otro lado, entiendo mejor ahora que cuando tenía diecisiete años. Especulaba con la ropa que traería ese día mi vecina del tercero. Me gustaban sus vestidos de corte clásico. Las faldas con vuelo le daban un aspecto más juvenil que me atraía menos. Muy raramente vestía pantalones. Le daba también vueltas al misterio de las niñas y su cuerda roja. ¿Qué se traerían entre manos? Especulé con la posibilidad de que, de aquella bastante pública manera, compartiesen material prohibido. Iba y venía a la ventana de la cocina.  A las seis y media las manos de la niña del sexto volvieron a aparecer. Empezó a descolgar un rollo de papel idéntico al que había subido un rato antes. Me cambié a la ventana de mi cuarto desde la que sí pude ver el piso en el que estaba la niña de las coletas rubias. Era el tercero. Ya no cabía ninguna duda, la hija y la sobrina de mi vecina se estaban pasando algo por la ventana. Al poco, ella apareció por la plaza, salí corriendo. Con el despiste no tuve los veinte segundos que necesitaba para recomponerme. Cuando le abría la puerta del portal jadeaba. Ella me escrutó con ojos de interrogadora profesional. Estuve a punto de declararme culpable. Las dos tardes siguientes estuve espiando desde el banco de la plaza la ventana del sexto. Entre las cinco y las seis, la sobrina descolgaba la cuerda roja, la hija ataba unos folios que ascendían despacio hasta desaparecer. Más o menos una hora después, los folios recorrían el camino inverso. No encontraba ninguna explicación; quizá por eso actué de aquella manera tan poco razonable al día siguiente. Estaba en la plaza. Contemplé el inexplicable espectáculo de la cuerda roja. El juego había terminado hacía rato cuando ella apareció. Fui a su encuentro sin intención premeditada. Me paré delante de ella, era algo más baja que yo. Me miró con el gesto de interrogadora profesional, sin ningún cariño, como si supiese que, por fin, iba a confesarlo todo. Yo no tenía nada que confesar. O, al menos, eso creía. Dije de pronto: “su hija y su sobrina se andan pasando cosas por la ventana”. Fue emocionante captar su atención de aquella manera. Me dijo “no me llames de usted que me haces vieja”. Esta vez sí consiguió sonreír. “Vamos hacia el portal y me cuentas”. Me sentí por primera vez como supuestamente se siente un adulto, alguien con una misión importante en su vida. Ya en el portal aproveché para mirarla de arriba abajo. Se dejó mirar unos segundos antes de recordarme con firmeza que tenía que decirle algo. “¡Ah! sí”. Le conté todo lo que había visto. Me dijo que le gustaría ver aquello con sus propios ojos. Quedamos al día siguiente a las seis en el banco de la plaza. Subimos juntos en el ascensor sin decir nada. Al irse dijo, “has hecho muy bien” y me acarició el pelo. Era la primera vez que quedaba con una mujer; además una mujer adulta que, incluso, me había tocado. Estaba tan excitado que no pude entrar en casa. Me tiré escaleras abajo. Salí a la calle. Estuve dos horas corriendo por la ciudad. De vez en cuando gritaba levantando la cabeza al cielo. Se me olvidó que habíamos quedado para confirmar una acusación y descubrir el misterio de unas niñas de siete años. Se me olvidó que, por impresionar, me había  concertido en un indiscreto, en un chivato, en un colaboracionista. De eso no me daría cuenta hasta el día siguiente, cuando mi vecina salió corriendo desde el banco de la plaza, subió por la escaleras a toda prisa, entró como un agente especial en su casa y le dio un susto de muerte a su hija que recogía en ese mismo momento el rollo de papeles que le descolgaba su prima. Yo la había seguido porque me sentía legitimado para conocer el final de la historia. Debería haberme quedado en la plaza disfrutando de las últimas partículas de olor que flotaban en el aire después de que ella saliese corriendo. La niña estaba tan pálida que yo pensé que había muerto. Le quitó de un tirón los folios. Gritó “qué es eso”. Leyó unos segundos. Gritó de nuevo “de quién es esta letra”. Los dos sabíamos de quien era. “Maldita enana estúpida, no vas a llegar a nada en la vida”. Con la carrera se le había desabrochado un botón de la blusa, cuando se volvió hacia mí, pude ver claramente su sujetador de aros negro. El sudor potenciaba su olor habitual. Sentí miedo. Se recompuso. Dijo a su hija “tú no te muevas que ahora vuelvo contigo”. Era innecesario, la niña no podía moverse, estaba petrificada. Ni las lágrimas le salían. Me acompañó a la puerta, me dio las gracias varias veces y la cerró en mis narices. Bajé despacio las escaleras. Paseé hasta la plaza. Me senté en el banco. Al levantar la vista miré automáticamente a la ventana del sexto. Allí estaba la niña de los ojos azul intenso. Miraba hacia abajo con insistencia. Supongo que intentaba averiguar qué estaba pasando en el tercero. Me levanté deprisa para que no me viera y subí a casa.