Muertos de Olvido

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Llegué al hotel en México D.F. cuando la oscuridad ya no daba opciones. Un vuelo de diez horas, un autobús y un taxi habían estado a punto de acabar conmigo. Sin deshacer las maletas me fui al baño a comprobar si había bañera. Había. La llené de agua bien caliente hasta más arriba de la mitad. Cerré las mamparas y la puerta del baño con la idea de convertir aquello en una especie de onsen. Cuando empecé a sudar me quité toda la ropa y la dejé dentro del lavabo. No sé el tiempo que estuve allí metido. Sudando. Enjabonando cada parte de mi cuerpo con atención. Dormitando dentro de la bañera. Intentando detener lo que bullía dentro de mi cabeza. Por fin salí, puse la toalla sobre la cama y me tiré encima para dejar que la evaporación del agua enfriara mi cuerpo. A los pocos minutos empecé a dar cabezadas, a perder la consciencia. Oía ruidos en la calle que no reconocía. Sentía un miedo occidental y prejuicioso aunque no tenía ni idea de lo pasaba allí fuera. Me envolví en la toalla después de frotar mi cuerpo. Fui a buscar el Atarax en el neceser. Había Ibuprofeno, un peine de cuando tenía pelo suficiente y una maquinilla de afeitar pese a que hace quince años que no me afeito. No había Atarax. No pasa nada —me dije en un ataque de madurez— estoy agotado, dormiré estupendamente. Programé la calefacción a veintiocho grados, me puse la ropa que había llevado para dormir y me tapé hasta la mitad de la frente. Hice treinta respiraciones inversas para rebajar mi ansiedad. Me dispuse a dormir. Creo que me desperté dos horas después. Seguro que en aquella ciudad inmensa había una farmacia cerca en la que encontrar Atarax. Eran las dos de la mañana. Miraba al techo. No conviene engañarse a uno mismo —me dije— no vas a salir a la calle a estas horas; da igual si el peligro es real o solo prejuicios, deberías ser capaz de dormir esta noche, es algo bien sencillo de hacer. Volví a las respiraciones inversas. Seguro que dormí algo antes de despertar sobresaltado por una pesadilla: Mi primera ex entraba en la habitación como un torbellino, lanzaba de un manotazo el edredón y las sábanas al suelo y me gritaba: “Lo que te pasa a ti es que eres un inmaduro y tienes miedo al compromiso ¡cobarde!“. Creo que me hubiese pegado un puñetazo en la cabeza semi-incorporada si no hubiese recuperado la consciencia antes. Razoné que aquello había pasado hace tanto tiempo que volvía solo como una manifestación inconsciente del miedo a un sitio desconocido. Respiré de nuevo. No pasó ni una hora cuando me volvió a despertar una nueva pesadilla: mi última ex —mi única ex, una mujer adorable que no acaba de entender mi tendencia a la autodestrucción— entraba por la ventana y me decía muy calmada: “Sabes que nadie te va a querer como yo ¿por qué te empeñas en ser tan payaso?“. Achaqué aquel desorden del sueño al jetlag, salí de la cama y me bajé al bar del hotel. Eran las cinco menos veinte de la mañana. Varios grupos de clientes borrachos insistían en tomar tequila. En cada rincón un altar de muertos: calaveras, flores, alimentos, ofrendas, paños de todos los colores. Algo estéticamente destacable. Me senté en la barra. En cuanto la camarera se ofreció a escucharme le conté lo que me pasaba. Debió ver en mí un ser inofensivo, desprotegido, absurdo —o algo peor— porque no tuvo inconveniente en explicarme. Estas cosas pasan en la noche de los muertos, pero le diré una cosa, la de hoy es la de los niños, probablemente sus muertos sufran también de jetlag, los adultos vienen la noche siguiente. ¿Eso qué quiere decir?. Que es mañana cuando tiene que poner velitas, flores y ofrendas a sus muertos adultos para marcarles el camino desde el inframundo, si no, le roerán de a pocos desde los pies como hormigas salvajes. ¡Un momento! ellas no están muertas, están vivas. Bueno, puede que usted pretenda que lo estén, pretenda que sean muertas por olvido. ¡Para nada! esas dos mujeres merecen seguir viviendo y ser felices, me han aguantado varios años cada una. En este punto me asaltó el recuerdo de una que me abandonó después de estar una semana —por fortuna la última— machacándome porque —decía— yo era un sociópata cruel que solo quería verla sufrir. Pasé una semana alucinado hasta que supe que había encontrado a otro más apetecible. Esta sí que me pareció capaz de comerse poco a poco mi cuerpo, hambrienta, serena, aprovechando que dormía indefenso. Me puse a temblar, a tiritar, me cagué de miedo. Corrí al servicio a recomponerme. Al volver le pedí a la camarera que me explicara cómo se hacía eso de las flores y las velas. Me explicó la tradición que —entendí— honraba a los muertos como seres queridos que fueron. Pero ese no es mi caso —dije— yo no necesito mostrarle el camino hacia aquí, necesito mostrarle el camino hacia el olvido. No es lo mismo, es verdad —me dijo ella— no conozco ningún caso parecido aunque igual funciona; al fin y al cabo los muertos suelen acabar olvidados las más de las veces. No le ponga ofrendas ni flores, solo velas hacia la ventana, hacia el abismo, yo se las consigo. Y ¿puedes conseguirme Atarax en una farmacia?. Veré si puedo, me dijo con una sonrisa. Por la tarde llamó a la puerta de mi habitación con una bolsa de cien velas, un blíster de Atarax y una caja de cerillas. Me ayudó a trazar un camino hacia el olvido reversible desde la puerta hasta la ventana y desde la ventana hasta la puerta. Antes de irse, me dio un beso. Siguiendo sus instrucciones, me tomé cuatro cervezas, encendí las velas poco antes de la medianoche, me tomé media pastilla y esperé sentado seguro de que el olvido sabría hacer su trabajo.

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