Entropía

Probablemente porque este último, ha sido el mes más desordenado de mis últimos quince años, a las cuatro y treinta de esta madrugada, me he cansado de dar vueltas en la cama y me he puesto a dar vueltas por la casa. Reflexionaba sobre la incapacidad de Pynchon (pese a todos sus esfuerzos) para comprender el concepto de entropía que usa como título en uno de sus relatos de finales de los cincuenta (podía haber mirado la fecha exacta pero me ha dado cierta pereza). Hace tiempo, yo también tuve curiosidad por ese asunto, por el de la entropía. Mis investigaciones, estoy seguro, fueron menos concienzudas que las de Pynchon y, quizá por eso, llegué a una conclusión más determinante. Concluí que la entropía era una molesta tendencia hacia el desorden agazapada en cada rincón de nuestras vidas que había que controlar lo mejor posible. Y yo era feliz así. En su relato, dice Pynchon: “(…)No puedes ganar, las cosas empeorarán antes de que mejoren”, qué razón tiene. Caminaba de habitación en habitación rebuscando en cajones, estanterías, armarios… Rebuscaba porque no buscaba nada. Abría un libro por la página setenta y tres y allí ponía “Fue una visión muy nítida:(…)un hombre blanco y solitario, volviendo la espalda(…)a cualquier ayuda, a todo lo que pudiera recordarle a su hogar, emprendiendo un viaje que quizás le condujera a las profundidades de la jungla, hacia su vacía y desolada estación. No conocía sus motivos”. Cogía una llave y la probaba en la cerradura de la puerta principal sabiendo bien que no abriría aquella puerta. Miraba una foto e intentaba adivinar dónde estaba hecha aunque era obvio que no tenía la menor idea. En algunas de aquella fotos aparecía yo. Después de un buen rato, me senté en el sofá y busqué en DuckDuckGo la palabra “entropía”. Prefería los vídeos, leer requiere una cierta serenidad que no siempre se tiene. Empecé a oír cosas extrañas dichas por personas aparentemente normales. No, por personas normales con toda seguridad, de las que comen a eso de las dos y media. Decían: “Grado de organización de un sistema”. Decían: “Microestados compatibles con el macroestado de equilibrio”. Decían: “Energía desechable, no utilizada”. Decían: “Evolución, transformación”. Empecé a entender la confusión de Pynchon en el momento en el que entraba en al baño y me sentaba en la taza helada. En el mismo instante, entendí también porque los japoneses calientan sus tazas. La bañera estaba a mi derecha. Casi acariciándome la rodilla. Se me ocurrió que podía darme un baño caliente de los que te arrugan las plantas de los pies y las palmas de las manos. Rechacé la idea porque estamos atravesando un largo periodo de sequía y nunca he querido ser un irresponsable insolidario. Volví a vagar por la casa mientras retomaba, a falta de algo mejor, mis reflexiones sobre la entropía. En una de esas hojitas amarillas y pegajosas, ordené y anoté en columna las siguientes palabras: Energía, desechable, microestado, macroestado, equilibrio, transformación. La pegué en la palma de mi mano izquierda. Aparecí de nuevo en el baño. Tiré de la cadena. Sin quererlo, puse el tapón al desagüe de la bañera y abrí al máximo el grifo del agua caliente. Soy un insolidario irresponsable, me dije. Al desnudarme, el papelito amarillo cayó sobre la alfombra. Lo pegué en los azulejos donde pudiera verlo. Despacio, para evitar quemarme en aquella cazuela humeante con aspecto de bañera, fui sumergiendo partes de mi cuerpo hasta quedar tumbado, las rodillas flexionadas, el agua al cuello. Después de varios intentos me puse cómodo apoyando los pies en los azulejos sobre el grifo del agua; la nota amarilla quedaba entre ellos. Empecé a fantasear sobre el futuro. Ahora que ya me había quedado sin nada parecía imponerse una necesidad de movimiento. Como si fuese obligatorio confirmar materialmente que era libre. Esa necesidad, esa energía, debía de ser una buena noticia, así que no entendí porque caían lagrimones desde mis ojos al agua de la bañera. Repasé mentalmente lugares a los que ir para materializar aquella energía inútil. Me pregunté retóricamente si la libertad y la nada eran la misma cosa. El agua ya empezaba a enfriarse y a mí todavía no se me había ocurrido ningún sitio al que ir que me provocase una emoción clara. Pensé que, al estar sumergido, mi cuerpo no era capaz de comunicarse adecuadamente con mi cerebro. Quizás aquello era una señal para que me quedase en casa, seguro, en el macroestado de equilibrio de los últimos años. De pronto, se me ocurrió que mi posición en la bañera era la de un astronauta en el momento del despegue. No es que tenga idea de cómo se posiciona un astronauta al despegar (aunque todos hemos visto películas) pero la ocurrencia caló en mi sistema cuerpo-cerebro y me emocionó pensar que era un buen momento para irse a la luna. ¿Acaso no se está hablando mucho últimamente de la necesidad de tener una base permanente en la luna? Creo incluso que hay proyectos en marcha para construirla usando polvo lunar e impresoras 3D. Aparte de las bien conocidas necesidades estratégicas de la humanidad, a saber: tener un sitio en el que descansar antes de viajar a Marte, encontrar nuevas fuentes de minerales que escasean en la tierra, tener una Internet por satélite eficaz, construir centros de procesos de datos interplanetarios e incluso, poder ir a un resort lunar; aparte de todo eso tan necesario, podría ser un fantástico sitio para huir, para encontrar nuevos y sugerentes microestados. Lógicamente lo ideal sería ir ahora, cuando todavía no está explotado (si esperas diez años, este tipo de sitios acaban masificándose). Busqué viajes a la luna infructuosamente: aunque hay programado uno para finales del año que viene, no está previsto que aterrice en la superficie lunar y, encima, los billetes ya están vendidos a un puñado de personalidades destacadas que desean conservar el anonimato. Me propuse no frustrarme por aquel previsible fracaso. Sin previo aviso, el móvil se me resbaló de la mano izquierda y se sumergió decidido en el agua de la bañera. Quedó bocarriba en el fondo emitiendo esa luz blanquiazul que tanto les gusta emitir a los móviles. Lo miré hasta que la luz se apagó. Segundos después tomé conciencia de haber pasado a un nuevo microestado: el de ser humano incomunicado. En los tiempos de la hiperconexión yo, involuntariamente, me quedaba sin vías de acceso a los demás. Para consolarme, pensé que, en realidad, nunca había tenido la capacidad de llegar a los demás. Pensé que, incluso siendo mi incapacidad cierta y contrastada, lo dramático era no tener manera de comunicarse aunque tuviese posibilidad de hacerlo. Saqué el terminal del agua y lo envolví cuidadosamente en una toalla pequeña de microfibra azul. Tentado estuve de decir unas palabras de despedida. Mi manos estaban ya deformadas por las arrugas blancas. Me toqué las plantas de los pies: parecían las de un diplodocus. Miré la nota que estaba pegada en los azulejos. Recordé de pronto, una serie de microestados sentimentales que había atravesado en unos pocos días. Intenté olvidarlos todos en favor del equilibrio. No hubo manera. Las palabras de la nota amarilla se fueron reproduciendo y recomponiendo hasta que apareció en ella la siguiente definición:

Entropía = Energía aparentemente inútil de un sistema que se almacena en microestados desordenados dentro de un macroestado de equilibrio y que, inesperadamente, permite (incluso en ocasiones fuerza) su transformación a un nuevo estado.

Me sonaba haber escuchado que ese nuevo estado final era el más probable, lo que me hacía sentir que el desorden era muy relativo en el caso de un número de estados finito. Si Pynchon no lo había logrado comprender, era lógico que yo tampoco. Ignoré estas reflexiones por encima de mis posibilidades y salí de la bañera para ver qué hora era. Abrí la toalla de microfibra que contenía el supuesto cadáver de mi móvil. Al pulsar el botón se encendió temblorosa la pantalla: había un mensaje de esos del demonio de WhatsApp. Decía: “¿Qué es de tu vida, guapo?”. Me quedé muy quieto para evitar que pasase algo irreversible. ¿Por qué ahora si llevaba semanas sin hablarme? ¿Con lo de “guapo” se estaba refiriendo a mí o era pura ironía? ¿Cuál sería el estado de equilibrio más probable que esperaba detrás de aquella frase? ¿Acaso había agotado todos los estados de equilibrio y solo me quedaban estados de desasosiego?. Intuía que no debía moverme, que no debía hacer nada. Pero la intuición no sirve contra un dedo ansioso que desbloquea la pantalla y acaricia el globo del mensaje como si fuese su mejilla pálida. La aplicación verde se abrió y mostró el mensaje unas décimas de segundo antes de implosionar hacia la oscuridad de una pantalla fundida para siempre.

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Red Oscura y Cerveza Negra

Si estáis pensando en navegar por la red oscura más vale que tengáis bien claro lo que necesitáis de ella. Lo digo porque yo llevo dos días con sus noches navegando a la deriva por el oscuro ciberespacio sin que haya llegado a ningún sitio productivo, todavía. Ando de aquí para allá atraído por una rara sensación de clandestinidad como si a cada clic de ratón me acechase el delito definitivo de mi vida. Tengo un amigo que dice que todas las vidas están abocadas a cometer un delito. Al menos uno. Sostiene que esto es así por dos razones: la primera y obvia (dice él) tiene que ver con el complejo y gigantesco sistema normativo del que nos hemos dotado: es casi imposible en ochenta o noventa años no incumplir alguna de las normas fundamentales de convivencia. La segunda razón, al parecer de mi amigo menos obvia, es que la naturaleza humana añora el mal y tiende irremisiblemente hacia él con una mezcla de curiosidad y perversión que se materializa en forma de reacciones químicas en el lóbulo occipital de su gigantesco cerebro. Pues eso, que llevo dos días ensimismado por la perspectiva de descubrir cual será el delito de mi vida y si será el único o solo el primero de una larga lista. En general, lo que cuentan de la red oscura es cierto aunque es mucho más prosaico de lo que podría parecer. Navegar por los punto-onion puede ser tan aburrido como navegar por los punto-lo-que-sea dentro de la legalidad. Mi intención inicial, lo voy a confesar aunque no tenía pensado hacerlo, era recoger información sobre uno de los temas que me están rondando la cabeza últimamente: la maldad. No penséis en la gran maldad, no, esa me viene grande. Me fascinan las pequeñas maldades del día a día. Las que ni siquiera se consideran tales quizá por su carácter rutinario. Es ese tipo de cosas que todo el mundo está de acuerdo en que no se deben hacer, pero que luego se hacen constantemente “sindarseunocuenta”. No sé si sabéis de qué hablo… Lo cierto es que, hace tres días, tuve la sensación de que se me estaban acabando las ideas además de la convicción de que las que había tenido hasta ese momento no eran especialmente buenas. Me bebí cuatro cervezas mientras hacía zapin y, en una de esas, en un programa matinal líder de audiencia alguien estaba hablando con tono misterioso de la red oscura. Y me dije, mira, ahí lo tienes, tiene pinta de que aquí se junta todo el mal a conspirar contra todo el bien. Me descargué unos manuales en pdf. Los estudié con ansiedad y a las pocas horas ya me sentía libre como un criptopunk: me costó convencerme de que podía hacer lo que quisiera sin temor a que me rastrearan. Al principio, imagino que por la costumbre, andas cohibido. Es necesario que pase un poco de tiempo y te digas: para esto no nos hemos metido en la red oscura, ¿no te parece?. Una vez superada esta primera fase de temor provocado por la costumbre, y a poco que te muevas de aquí para allá, das con facilidad con todo tipo de drogas y medicamentos de esos que son súperventas por sus efectos milagrosos. Cosas tipo viagra (masculina y femenina) y opiáceos de curso legal. Incluso ansiolíticos que imagino serán especialmente recomendables porque, me han dicho, que por algunos céntimos y con la inestimable ayuda de tu médico de cabecera, los obtienes en la farmacia con toda tranquilidad. Las drogas no me han tentado especialmente nunca, me tentó más el asunto de la documentación falsa porque últimamente he estado fantaseando con la posibilidad de dejar de ser quien soy y empezar una vida completamente distinta a la que he tenido hasta ahora. No creo que se trate de una insatisfacción esencial, creo que es más bien que me tira mucho mi sentido novelesco de la existencia: cambiar de identidad a estas alturas constituiría un fantástico relato. También me llamó la atención la posibilidad de conseguir dinero falso o datos de tarjetas de crédito y cuentas bancarias. En ocasiones, estos productos están acompañados de un manual de cómo “colocar” mejor el dinero falso, cómo explotar los datos de tarjetas de crédito o de cómo transferirte imperceptibles cantidades de dinero de una multitud de cuentas bancarias para que constituyan un bonito salario mensual colaborativo. Me detuve un buen rato en las páginas que venden herramientas para realizar hackeos pensando que me podrían ser útiles para confirmar lo de mi novia. Os diré que tengo la sensación de que me engaña habitualmente con cualquiera (hombre o mujer) que la atraiga mínimamente. En el epígrafe de armas y sicarios, carezco de fascinación por pistolitas y fusiles de asalto. Tampoco tengo enemigos a los que odie lo suficiente como para mandarles a un ser vil a que les mate o les de una paliza. Llamadme aburrido. Tampoco me atrae la pornografía infantil salvo que cuente como tal sentirse atraído por adolescentes con cuerpos recién formados y luminosos que aparentan muchos más años de los que tienen. Por supuesto, no tenía idea de comprar nada (ni hubiese tenido el valor para hacerlo) porque pensaba que en el lado oscuro, las transacciones económicas también serían oscuras. Vamos, que habría algún sistema de pago hiperencriptado y solo para iniciados, al que ni siquiera podía soñar acceder un pánfilo curioso como yo. Pero no es así, se pueden comprar cosas con tu nada oscura tarjeta de crédito de toda la vida. Además, esas cosillas ilegales te las mandan por correo (en sobres de los de toda la vida). Aunque lo que recomiendan en todos los foros oscuros, es que uses el bitcoin. Me he dicho que otro día me entretendré en este tema a ver qué juego me da para mis pretendidas crónicas del mal. En las últimas horas (era de esperar en un solitario empedernido) he estado investigando foros y redes sociales para buscar pareja (oscura supongo). Lo más destacable que me he encontrado es una hermosa muchacha de vientiséis años que ofrece sus fotos más o menos eróticas, a cambio de que la digan lo bella que es y así mantener su ego en un nivel suficientemente alto para poder vivir un día más sin tener que afrontar su inevitable suicidio. Sórdido, sin duda. En fin, que llevo dos días aquí sentado, tomando cerveza negra (pensé que era lo más adecuado) fantaseando con cosas que están en el límite entre la realidad y el deseo, sin haber encontrado una sola idea útil para mi investigación sobre la pequeña maldad rutinaria.

Una Generación Moderadamente Feliz

Al parecer, un equipo de investigadores en una universidad de Virginia, ha obtenido resultados positivos en primates no humanos con una supuesta vacuna contra los opioides, en concreto contra la heroína. Tengo que reconocer que mi primera sensación ha sido de susto. Según he podido entender, parece que las moléculas de estas sustancias que llamamos habitualmente drogas, son, digamos, demasiado pequeñas para nuestro sistema inmune; por eso no las detecta y las permite campar a sus anchas por nuestro enorme cerebro causando (por lo que dicen los que las han probado) agradables efectos neurosicológicos. La idea que han tenido estos científicos, es enlazar estas moléculas con otras que las conviertan en detectables. Es decir, si esta idea llegase a cuajar, después de que un individuo haya sido vacunado, el sistema inmune se empezaría a hacer cargo de oficio de las drogo-moléculas haciendo a esa persona inmune a sus efectos. Inmune al subidón, vamos. El encargado de redactar la noticia (espero que no haya sido un robot) se muestra optimista con esta vacuna por su posible efecto positivo en procesos de desintoxicación de adictos. Mi imaginación apocalíptica ha ido mucho más lejos y ha ideado, para 2072 aproximadamente, un plan de vacunación universal que, además de las enfermedades que se tratan a día de hoy (más todas aquellas que aparezcan en el camino) provea a los padres preocupados por la salud de sus hijos, de vacunas contra los efectos de las drogas. Mi imaginación ha pensado que, dado que se dice que las drogas blandas son el primer paso hacia las duras, los legisladores de la salud del futuro, incluirán en las correspondientes listas sanitarias, vacunas para ambos tipos de sustancias. Podrían llamarse, por simetría, vacunas blandas y vacunas duras. Así que, esos padres preocupados por la salud de sus hijos, después de vacunarlos contra la hepatitis, la difteria, la varicela o el sarampión, tendrán que ponerles también las correspondientes dosis que evitarán el efecto de la heroína, la cocaína, las anfetaminas, las metaanfetaminas, las drogas de diseño, el LSD, el MDMA, la ketamina, o incluso la droga caníbal y la burundanga. Ya puestos, y para no dejar ninguna puerta abierta, se podría crear la vacuna para evitar los efectos analgésicos del pegamento. De esta manera, los hijos del siglo XXII, no tendrán posibilidad de caer en la tentación de los subidones producidos por sustancias ilegales. En cuanto a las legales, cuyo mecanismo todos sabemos que es muy similar, se podrían crear vacunas voluntarias a un módico precio. Digamos que podrías decidir (una vez pagada la tasa correspondiente) si tu hija o hijo, será inmune a la nicotina o al alcohol o incluso a la cafeína. Sin duda esta nueva generación va a ser moderadamente feliz. No conocerá los excesos de dopamina porque su sistema de recompensa estará perfectamente equilibrado en todo momento. Podría ser incluso, que dispongan de medidores de dopamina integrados en su cerebro que les garanticen la cantidad adecuada de bienestar. Conozco gente que estaría encantada con esta solución para ellos y sus familias. Es la misma gente que se congelaría si eso le garantizara la vida eterna, que se empeña en irse a Marte por si acaso hay un cataclismo, que sueña con tener androides a su servicio para que hagan lo que ellos desean; también, claro, son hermeneutas de la norma, leedores del futuro, ansiosos trepadores hacia clases más altas, conseguidores compulsivos de dinero para ciertos lujos y alguna otra cosa más que no recuerdo ahora mismo. Estos tipos y tipas, están seguros de que los avances tecnológicos serán para los que puedan pagarlos y, por eso, sueñan con ser ellos quienes vacunarán a sus hijos, les modificarán genéticamente para evitar cada enfermedad grave que vaya apareciendo, les mandarán a conquistar Marte para poder retirarse en una gigantesca mansión en medio de un desierto rojo a millones de quilómetros por el que pasearán dentro de una escafandra en vehículos autónomos todo terreno (ya sabéis que las bicicletas habrán desaparecido para entonces). Probablemente, ellos mismo se harán vacunar contra la depresión y cualquier otra epidemia que pueda alterar sus niveles de dopamina. Llamadme antiguo, pero creo que yo echaría de menos los subidones: La emoción cruda mientras escuchas una canción intensa, el orgasmo descontrolado de esos días en los que lo estabas necesitando, el efecto relajante de la primera cerveza o el primer vermú del domingo por la mañana, esa caladita que te pone tontorrón, ese beso ansioso tanto tiempo evitado, un cacho de pastilla que te ablanda por dentro en mitad de la noche, un café que te reconforta y te espabila en una mañana laborable de invierno… tantas pequeñas cosas que no entienden de legalidad o ilegalidad, ni de neurotransmisores o químicas cerebrales; que no entienden de tolerancias o adicciones porque las cosas más recomendables se dan así, sin filtros. Es cierto que siempre corremos el riesgo, entre otros, de convertirnos en adictos a estas pequeñas (y no tan pequeñas) emociones. Parece demostrado que el ser humano puede ser adicto a cualquier cosa, incluyendo el control, así que puede que no debamos estar tan atentos a los avances tecnológicos y a los descubrimientos de los señores de las universidades y debamos estarlo algo más a los movimientos emocionales que se producen dentro de nosotros. ¡Viva la dopamina!

Los Dinosaurios no tenían Plan Espacial

Hoy he tenido un sueño extraño. Tenía diecisiete años y me estaba entrenando para ir a Marte. La cosa es que, en el sueño, no era yo. Quiero decir, no era exactamente yo. Para empezar todo el mundo me llamaba Mike y yo contestaba a todo el mundo en un perfecto inglés con acento de Massachusetts. Por ciertas conversaciones con mis instructores durante el sueño, deduje que tenía la nacionalidad americana (vaya, pensé, qué suerte tal y cómo se han puesto las cosas en el otrora país de las libertades). También reforzaba la idea de que algo raro estaba pasando el hecho de que no habitara en mi cuerpo habitual (si lo pienso bien, es lógico: yo no tengo diecisiete años). Habitaba en un cuerpo de casi un metro noventa, desgarbado, con pelo rubio, ojos azules y un montón de granos enrojecidos que le cubrían la cara (creo que he pensado que ni en los sueños salgo favorecido). Deduje también, que me encontraba en unas instalaciones propiedad de la NASA. Había un gran hangar lleno de gigantescas maquetas de naves espaciales de todo tipo. Había una piscina rodeada de estructuras metálicas. Había una sala con esas atracciones de astronauta que dan vueltas aleatoriamente en todas las direcciones y sentidos. Había una cafetería azul metálico, roja y blanca repleta de máquinas de vending con formas inspiradas en la parafernalia espacial: Una estaba inspirada en Saturno (con sus anillos y todo), otra en un transbordador espacial, otra tenía la forma del Apollo 11… Había también una zona llena de máquinas de videojuegos con créditos infinitos. Nunca me han gustado los videojuegos, pero en el sueño me pasaba la hora de comer jugando en las Arcade. Solo comía, entre partida y partida, algún sangüis de crema de cacahuete que tenía apoyado en la parte superior de la máquina. Yo iba vestido con un mono azul. No era el azul de un mono de trabajo, nadie se equivoque. Era el azul-NASA, ya sabéis a qué color me refiero. No estaba solo. Éramos una docena de adolescentes que nos pasábamos el día en clases, charlas o laboratorios. Por ejemplo, había un laboratorio en el que teníamos que construir una maqueta de un cohete espacial capaz de despegar y aterrizar de forma segura. Para medir la seguridad utilizábamos un huevo como tripulante. Después del despegue y el aterrizaje de nuestro cohete, el huevo debía permanecer intacto. En el sueño aprendí cuáles son las dificultades esenciales que presenta ir a Marte. Para empezar el viaje, en las condiciones actuales más optimistas, podría llegar a durar uno o dos años. No solo es cuestión de tiempo, mantener la necesaria precisión para garantizar que la nave llega a destino con éxito, requiere controlar todos los factores (incluido el humano) con unas garantías que a día de hoy no tenemos. Por eso estáis vosotros aquí, nos dijo el instructor que era veterano del proyecto del transbordador espacial. Nos transmitieron la esperanza de que la tecnología evolucionaría rápido para permitir obviar este problema. Parece ser que dos famosos hombres de negocios están colaborando para que esto sea posible. Eso, en el sueño, parecía ser una garantía. También aprendí que la gravedad y la luz son significativamente menores en Marte que en la Tierra. Si mi sueño no está equivocado, eso hará que los habitantes de Marte sean más altos y capaces de ver en condiciones adversas. Aprovechando el inglés de Massachusetts que tenía, le pregunté al ponente que si eso no podría ser un riesgo de escisión para la raza humana. Me dijo que ese le parecía una asunto político del que los técnicos (él) y los futuros técnicos (nosotros) no teníamos que ocuparnos. Sin embargo, sí que debíamos ocuparnos de cómo garantizar la generación de energía, de alimento y de transporte a los seres humanos que colonizarán el planeta rojo. En los laboratorios, por lo tanto, nos dedicábamos a lanzar ideas sobre cómo podrían ser los huertos marcianos o cómo se podrían criar gallinas y vacas en naves gigantescas construidas con impresoras 3D perfectamente aisladas del exterior. También especulábamos sobre la producción de energía utilizando, por ejemplo, molinos gigantes (construidos también con impresoras 3D) colocados estratégicamente en lugares especialmente ventosos del planeta. Para el transporte diseñábamos vehículos eléctricos todo terreno capaces de subir montañas del tamaño del Everest. Resultaba divertido estar allí metido, en ese sueño, sintiéndose importante y convenciéndose, poco a poco, de que viviría mis últimos años de vida en un retiro dorado en un planeta carmesí. Hay gente que vive así toda la vida y es considerada feliz, ¿por qué no voy a poder serlo yo?. Recuerdo que, cuando más especial me sentía, me llevé un pequeño chasco al enterarme de todos los proyectos que están en marcha. La NASA espera que pisemos (solo han pasado unas horas desde que desperté y me resulta imposible pensar que no estaré allí) Marte en 2033. Emiratos Árabes mandará una sonda en dos o tres años con idea de construir el “primer asentamiento humano estable” en Marte en 2117. Aunque no se sabe qué, es seguro que los rusos y los chinos tienen programas similares. Parecía haber mucha competencia en este asunto. Quizás porque me frustré me entraron ganas de preguntar qué coño íbamos a hacer en Marte si, por lo que habían dicho, no era precisamente un planeta habitable: atmósfera tóxica, fuertes tormentas de arena, superficie muy montañosa y, encima, desértica, temperaturas extremas… pero no hice la pregunta porque me pareció de un sentido común que no tenía lugar en aquel lugar limpio, azul y blanco y rojo. Aquí tomó forma lo de los dos famosos hombres de negocios. Parece que Elon Musk ya tiene alguna idea sobre lo que vamos a hacer en el viaje a Marte y una vez lleguemos al planeta. El viaje será pura diversión, algo así como un crucero selecto aunque, probablemente, sin piscina. Para la estancia, estoy seguro, también tienen alguna que otra idea, se parecerá (me temo) a un gran parque temático de todo lo que no se puede hacer en Marte. Habrá grandes ventanales con mesas futuristas para pasarse los días contemplando los paisajes dorados y rosas en sus variaciones a lo largo de un día marciano. George Bezos, por su parte, parecía tranquilo con su nuevo negocio cuando dijo aquello de que en esto del espacio no se puede hacer nada desde un garaje (en clara alusión a los ya míticos inicios de Steve Jobs o Bill Gates). Parece que ahora le han salido unos universitarios americanos que quieren mandar una sonda casera a Marte para democratizar el asunto. Puede que incluso lo hagan desde un garaje para bajarle los humos. Me enteré de que el presupuesto de la NASA está un poco mermado y confían en que estos dos señores (entre otros) solucionen, para empezar, el problema de los cohetes. Al parecer, nos contaron, lo más caro de mandar una nave al espacio es el despegue. Así que hacer un cohete barato y, sobre todo, reutilizable (que es en lo que están los señores famosos) inaugura un fantástico negocio (no creo que una nueva era) que tendrá como principal cliente a la NASA. Vamos, pinta tiene que han externalizado el asunto de viajar al espacio para convertirlo en una feria de la que sacar interesantes beneficios. Pero todo eso no lo pensaba en el sueño. Poco antes de despertarme me enteré de que estaba allí por culpa de mis padres. De mis padres americanos, claro. Por lo que parece, mi madre (americana) era (o es, no sé si algo de todo esto tiene validez una vez despierto) una mujer muy aprensiva. Durante los últimos años había estado oyendo toda la cháchara que he reproducido arriba sobre Marte unida a la equivalente del cambio climático. Un día cualquiera, vete tú a saber dónde, leyó una frase que le afectó profundamente. La frase era algó así como que los dinosauros no tenían plan espacial y mira dónde han acabado. A mí me parece que venir a insinuar que los dinosaurios se pasaron la vida haciendo el vago y no invirtieron en ImásD ni nada, es injusto, pero a mi madre la hizo visualizar de golpe a La Humanidad aplastada por una gran piedra venida del espacio. Comprendió (supongo que ayudada por algún gurú de Internet) que Marte era La Alternativa (como si en Marte no cayesen meteoritos) y empezó a preparar un plan para salvar a nuestra familia. Calculó que, de ser necesaria la evacuación, los americanos tendríamos preferencia. De los cientos de millones de americanos, los primeros en salir de la Tierra serían seguro el presidente y su séquito: familia, guardaespaldas (por si acaso en Marte la cosa se pone fea) secretarios de estado, altos funcionarios, asesores, personal de confianza más sus respectivas familias. Teniendo en cuenta que se habla de naves con capacidad para cien pasajeros (digamos algunos cientos), mi madre comprendió que nuestra familia tenía muy bajas posibilidades de salvarse. Así que decidió (ya sabéis cómo son los americanos) que yo debía hacerme astronauta y encontrarme entre los primeros colonos del nuevo planeta; de este modo era probable que pudiésemos reunificarnos en Marte y seguir viviendo felices por toda la eternidad. Rellenó un formulario descargado de la web de la NASA y ese mismo verano yo estaba preparándome para ir a Marte. En este momento me ha despertado mi perra saltando con inusitada alegría sobre mi cama. He estado a punto de reñirla pero me he controlado por aquello de la educación en positivo y, además, porque seguro que no podría alcanzar a comprender la trascendencia del sueño. Seguro que, de intentar contárselo, bostezaría dos o tres veces y emitiría algún gemido (mi perra no ladra ni le encuentra sentido a los ladridos) queriendo decir “pero ¡qué obsesión tenéis los humanos con la inmortalidad!”. Bien cierto, ahora toca saber si van a garantizarnos la inmortalidad antes los de Marte, los de la criónica o los de la descarga  del cerebro. Hagan sus apuestas.

La Inmortalidad Fría

Oigo ruidos acompasados de vida artificial. Pulmones que se llenan y se vacían con el estruendo propio de una urgencia. O de una chapuza. Oigo un ligero chapoteo justo a la altura de mi cuello. A veces mi nariz cae dentro de un líquido espeso y yo diría que frío. A veces escucho un débil borboteo cuando saco la cabeza. Domina un sonido de grandes compresores frigoríficos. Huele a desinfectante hospitalario y a carne congelada. Me invade una sensación extraña que va decreciendo en el tiempo. Digo tiempo y tengo la sensación de no estar utilizando la palabra correcta. En general, el transcurso no parece aplicar al sitio donde estoy. No tengo ni idea de dónde estoy ni la menor tentación de saberlo. De improviso una gran luz blanca invade mi cabeza de un modo ensordecedor. Empiezo a escuchar sonidos agudos que quieren tener sentido. Mi cerebro se esfuerza por descifrarlos. Una voz de mujer está hablando en plural mayestático con cierta suficiencia (¿De dónde me salen estas palabras?). Hola. Sabemos que todavía no te encuentras en plenitud de condiciones. Hoy es treinta de abril de 2122. Ha estado usted cien años en un vaso Dewar con otras cuatro personas a una temperatura constante de aproximadamente doscientos grados bajo cero. Quienes le recibieron aquí, le acompañaron a esta sala, le explicaron lo qué iba a pasar y compartieron sus últimos pensamientos, ya no están. Pero puede, sin duda, estar tranquilo, nuestra compañía garantiza la transferencia total de la información relevante a los nuevos responsables de su vida, nosotros. Permítame, en primer lugar, que le recuerde el proceso: Hace hoy cien años y veintitrés días, el día en el que cumplía cincuenta años, vino a esta clínica para ponerse en manos del futuro, de la criónica. Por aquel entonces solo los enfermos terminales barajaban esta opción. Usted fue uno de los primeros individuos sanos que decidió confiar en nosotros. Fue una decisión extremadamente inteligente y una vez acabados los formalismos, le contaré por qué. Es cierto que tuvimos que solucionar algunas nuevas dificultades en su caso; básicamente, la legislación vigente hace cien años, obligaba a que una persona estuviese muerta antes de que pudiera dormir en un vaso Deward. Por eso usted firmó un testamento vital en el que afirmaba querer quitarse la vida y ser congelado hasta que el mundo fuese un lugar mejor. Nosotros le ayudamos a cumplir ese deseo y hoy, por fin, el mundo es un lugar mejor y usted va a poder disfrutarlo. El acuerdo que firmó con nosotros incluía algunas cláusulas que la tecnología ha dejado hoy relativamente obsoletas. Nos gustaría discutir estas cláusulas con total transparencia. Según voy escuchando a esta mujer, voy tomando conciencia de que me encuentro tumbado bocarriba en una especie de camilla metálica. “Tumbado” es un símil porque no tengo conciencia de tener extremidades. No tengo conciencia, si lo pienso un poco más, de tener ni siquiera un cuerpo. Me centro en escuchar a la mujer que continua su apabullante discurso. Tengo la obligación legal de informarle de que todos los miembros de tu familia que aparecen en su ficha, han fallecido, ninguno se ha acogido a un plan de vida futura como hizo usted. Lo mismo aplica a los nombres que consignó bajo el epígrafe “amigos”. Recuerde que eso no quiere decir que usted esté solo, su acuerdo con nosotros incluye garantías de una vida social normal a partir del día noventa de su vuelta. Tenga por seguro que no va a estar solo. Distinto es que los estándares sociales hayan cambiado y ahora tengamos que ayudarle a entenderlos. No se preocupe, le ayudaremos a entenderlos bien. El acuerdo también incluía, probablemente lo vaya recordando poco a poco, un plan de ahorro para que pudiese disponer de medios económicos a su vuelta durante, al menos, un año. Este plan ha funcionado razonablemente bien, aunque ciertas estimaciones no han resultado ajustadas y es muy probable que tengamos que trabajar en una nueva línea de financiación. Eso lo hablaremos cuando esté en perfectas condiciones. Los primeros noventa días después de despertar, le recuerdo, los consideramos un periodo de adaptación en el que no se toman decisiones de ningún tipo. Como observará, nuestro protocolo está perfectamente definido para garantizar que usted volverá a ser la misma persona que era hace cien años. Tenía la sensación de que aquel discurso iba colocando discretamente ciertas piezas en cierto orden en mi cabeza. Como si aquella mujer estuviese recomponiendo cariñosamente los bloques de mi cerebro descompuesto por el frío. También debemos informarle de que hemos iniciado con éxito los trámites legales para darle de alta de nuevo como ciudadano de pleno derecho. Hoy en día existe un estado civil que permite suspender temporalmente la situación legal de una persona, pero hace cien años no disponíamos de esta posibilidad. Nuestra previsión es que en unos quince días esos trámites estén completados. Pensé que sería por eso por lo que aquella mujer no esperaba ningún tipo de respuesta de mí, a efectos legales yo estaba muerto pese a que me quería imaginar allí tirado en una camilla metálica con los ojos abiertos como platos mirándola sin ver. Si hasta aquí todo está claro, pasemos a discutir la cláusulas potencialmente obsoletas. Teniendo en cuenta, pensé, que yo estoy muerto a efectos legales, no veo qué puede significar eso de que “todo está claro”; tampoco creo poder emitir ningún sonido significativo desde aquí, así que me temo que esta cháchara seudocientífica y seudocomercial va a continuar. Cuando usted firmó con nosotros su acuerdo de vida futura, pensábamos que en la fecha en la que despertara habría que seguir los siguientes pasos: Un periodo de recuperación de la consciencia y análisis de su situación física. Este análisis nos permitiría determinar qué órganos necesitaban reparación o regeneración basada en células madre, terapias génicas y nanotecnológia. Para que usted lo entienda bien, nuestra capacidad técnica permitía (hace cien años) recrear cualquier órgano que pudiese sufrir daño en el periodo frío. Entonces sabíamos que seríamos capaces de rehacer, por ejemplo, su piel, su páncreas o su hígado en caso de que presentasen algún daño al despertar. Técnicas aplicadas usando células madre nos permitirían, además de recrear sus órganos, perfeccionar su cuerpo usando tratamientos génicos contrastados que curarían enfermedades como el cáncer o el alzehimer antes de que su cuerpo volviese a la vida autónoma. También disponíamos de nanocitos capaces de curar o revertir malformaciones específicas en una amplia gama de casos. Una vez restaurado y mejorado su cuerpo, se debería aplicar un entrenamiento físico que le permitiese recuperar la motricidad propia de un ser humano del siglo XXII. Recordé de golpe que, en vida, yo había sido un ser humano enfermizo y enclenque que andaba día sí y día no debilitado por afecciones variadas no lo suficientemente graves como para matarme. Me hice rápidamente en la cabeza, pese a mi estado de semicongelación, una lista de deseos de cómo quería ser en la nueva vida que me esperaba para transmitírsela esta mujer en cuanto dejase de hablar. Tengo que confesarle ahora, que en el momento que usted firmó, había un problema que no habíamos conseguido resolver satisfactoriamente. Me angustié de pronto pensando que ese “problema” estaba relacionado con el tamaño de mi nuevo miembro viril (tampoco en mi vida previa había estado yo especialmente bien dotado). Sin embargo la mujer continuó igual de seria su discurso bien aprendido. El problema residía en el cerebro. Era cierto que sabíamos multitud de cosas sobre su estructura, su funcionamiento o su geografía. Sabíamos suficiente como para replicar el funcionamiento de las percepciones o, incluso, del lenguaje, pero éramos incapaces de determinar cómo se configuraban en ese misterioso órgano la identidad y la memoria que conformaban, mágicamente, una determinada personalidad. La suya. Aunque no veía nada, hice ademán mental de abrir bien los ojos sorprendido por el hecho de que yo tuviese una personalidad. No lo recordaba. Por los datos que nos envían sus sensores cerebrales, sabemos que nos entiende pese a su silencio obligado por el largo periodo de inactividad, así que, para que vaya madurándolo, le informaré ahora de que el problema del cerebro se ha hecho viejo mientras usted disfrutaba de un merecido descanso. Desde hace ya algunos años, sabemos con precisión cómo capturar su cerebro (o si lo prefiere su personalidad) y disponemos de mecanismos que nos permiten almacenar esas estructuras de datos para recrearlas dónde y cuándo sea necesario. Es decir, hoy, usted puede volver a la vida en lugares distintos al cuerpo que llamaremos “original”. Si ya he pensado antes que mis ojos (que es básicamente lo que puedo sentir además de las orejas) debían estar como platos, no encontraba ahora una metáfora ajustada a su estado después de escuchar lo que la burócrata me estaba diciendo. Sé que lo que le digo le sorprende y que no es capaz de imaginar con adecuada precisión de lo que hablamos. Le detallaré, por lo tanto, las opciones de nuestro nuevo catálogo. Su cerebro fue descargado satisfactoriamente, ocho años después del inicio de su primer periodo frío. En este momento, en lo relativo al siguiente periodo caliente de su vida (piense que, a partir de este momento, usted podrá alternar periodos calientes y periodos fríos en función de sus necesidades) usted podría descargar su cerebro en su cuerpo original (esta opción no la recomendamos por las imperfecciones no superables subyacentes al mecanismo genético de replicación), en un androide de última generación (disponemos de siete modelos de androides personalizables que responden a diferentes necesidades de vida física), en una infraestructura tecnológica especializada (por ejemplo, en replicación de criptomonedas o en secuenciación genómica de cuarta generación) o en un holograma seudosensible capaz de interactuar con el resto de opciones. De momento piénselo y, después del periodo de noventa días de adaptación, hablaremos de los costes de cada una de ellas y de las posibilidades de financiación que tenemos para usted. Recordé de pronto que yo, en lo que aquella mujer llamaría algo así como mi primera seudovida en periodo caliente, había pensado seriamente en suicidarme para evitar el dolor de la existencia y escapar a un mundo mercantilizado repleto de necesidades absurdas. Esta opción se me aparece ahora, tumbado como estoy sobre una fría camilla metálica, antiestética y vulgar. La criónica y sus periodos fríos y calientes es, sin duda, más limpia y elegante. Pese a todo, se me quedó clavada en mi cerebro exportable una pregunta de esas absurdas ¿Qué me impulsa a preferir ahora la inmortalidad personal a la nada cuando la inmortalidad siempre me ha parecido aburrida? Se me ocurre que, tal y como están las cosas, es probable que hayan intervenido discretamente mi cerebro para que esto suceda.

Y Yo sin Saberlo

Iba yo ayer andando por una de las calles principales de mi ciudad natal (algo que no es habitual porque procuro evitar el barullo) cuando vi de lejos a un viejo conocido que venía hacia mí. Su modo de andar era extraño. Juzgué rápidamente y decidí que se encontraba bastante aturdido. Pese a una leve tentación de preocuparme por su estado, me dispuse a evitarlo discretamente. Se me acercaba por la derecha así que volví la cabeza hacia la izquierda. No tuve suerte. El escaparate de ese lado era el de una tienda de ropa de bebé. Mostré un discreto interés en las nuevas tendencias premamá. A los pocos segundos noté que me apretaban el hombro con decisión. !Hombre¡, por fin te has decidido a ser padre, ya pensábamos que te salías con la tuya de no aportar nuevos cotizantes para que paguen nuestras pensiones. Se mostró tan decidido que me encontré en medio de un abrazo sin poder evitarlo. Me sorprendí a mí mismo golpeando con mi mano dos veces en su espalda sudada. Mi juicio inicial no parecía haber sido bueno: puede que estuviese aturdido, pero definitivamente no estaba bastante aturdido. A punto estuve de decirle que no, que seguía convencido de que no sería un buen padre y por eso no iba a tener hijos pero la prudencia me recomendó mentir levemente. En ello estamos, en ello estamos, dije en un tono condescendiente; no podemos permitir que colapse el sistema, todos tenemos que arrimar el hombro. Era indudable que me había pasado de la raya así que me preparé para pagarlo. Aunque mi conocido continuaba abrazándome, iba aflojando a medida que se imponía su estado inicial de aturdimiento (ligero, por supuesto). El hecho es que ignoró mi comentario pro-sistema y soltó excitado: necesito hablar con alguien ¿por qué no entramos en ese bar de ahí a tomar una cerveza?. Hasta ese momento pensaba que jamás rechazaría una oferta que incluyese tomarse una cerveza; ya me dijo mi madre que para todo llega el día. Puse mi cerebro a funcionar a toda velocidad en busca de una buena excusa. Como mi cerebro no es gran cosa, me quedé mudo y me dejé empujar dentro de aquel bar. Decidí ser positivo y rectifiqué el pedido de mi conocido cambiando la caña por una jarra de las más grandes que tuvieran. Él asintió mirando al camarero al mismo tiempo que empezaba a hablar en voz demasiado alta para mi gusto, dijo: Me acabo de enterar de que estoy deprimido. Saber que la cerveza estaría pronto a mi disposición me tranquilizaba. Me prometí a mí mismo que no iba a mirar a la morena del fondo de la barra y que iba a escuchar atentamente a mi conocido. Ayudarle no me pareció viable. Pero alguna vez he escuchado que solo con escuchar se puede ayudar a las personas. Yo era capaz de hacerlo, me dije echando un último vistazo nostálgico a la morena del fondo. Salgo ahora mismo del terapeuta. Ajá (practicando yo la famosa escucha activa). He ido porque mi mujer se ha empeñado, dice que estoy insoportable y bebo demasiado. Ajá, ¿Cómo ha ido?. Mal tío, la sicóloga me ha estado haciendo preguntas durante más de una hora, me ha tratado constantemente de usted y ha terminado asegurándome que estoy en el límite del alcoholismo y en medio de una profunda depresión endógena. Dios mío, dije yo, eso parecen malas noticias. Ya te digo, asegura que así no puedo seguir. Decidí quitarle hierro al asunto después del segundo trago a la jarra. Vamos a ver, ¿en qué ha basado su diagnóstico esa señora? supongo que te lo habrá contado. Lo peor es que no es una señora, es una tía más o menos como nosotros, me ha dado la sensación de que intentaba humillarme. Eso también podía ser, pensé, aunque no era conveniente entrar en eso ahora. Bien, centrémonos en el diagnóstico. Pues no me acuerdo bien de las preguntas, pero tío, todo el puto rato que si dormía bien o si notaba que se me olvidaban las cosas fácilmente; ¡qué cojones! ¿Tú tienes hijos?, le he preguntado, yo tengo dos, uno de cuatro y otro de dos; si no es el uno es el otro, no hay modo de dormir seguido una sola noche. Y ¿tienes mujer? (marido, perdón) pues entonces sabrás de sobra lo que es ponerse de los nervios cuando la otra (o el otro) duerme plácidamente mientras tú das vueltas en la cama oyendo a uno de tus hijos toser o tener pesadillas; me va a tocar levantarme a mí otra vez. ¿Y lo de la memoria? (le pedí, en este punto, otra caña porque se estaba alterando). Igual tío, tantas cosas que hacer ¿Cómo no se te va a olvidar alguna?. Claro que sí, a mí también me pasa digo mientras asiento al camarero que me pregunta si yo también quiero otra de lo mismo. Ya veo a lo que te refieres, la tía es una tocapelotas; ¿Qué más te ha dicho?. Pues luego ha pasado a bombardearme con que si me enfadaba fácilmente o pasaba de la alegría a la tristeza de forma repentina. ¿A ti qué cojones te importa? (lo he pensado pero no se lo he dicho, claro). Has hecho bien, estos sicólogos son muy suspicaces y si se lo dices seguro que hace una anotación en su cuaderno. Sí, sí, todo el puto rato tomando notas de lo que yo decía; ¿Qué estás apuntando? le he preguntado ¿puedo verlo?; y dice hiperdigna, ahora de momento son apuntes, cuando tengamos un diagnóstico podrás leer mis notas en el informe preceptivo. ¿Te ha dicho “preceptivo”?. Sí, te lo juro, “preceptivo” ha dicho. Entonces es una tipa que sabe de lo que habla, no todo el mundo utiliza esas palabras adecuadamente. Puede que tengas razón, pero eso no ha sido todo, me ha empezado a preguntar si estoy motivado y si hago mi trabajo con alegría. ¿¡Con alegría!? ¿Conoces tú a alguien que haga su trabajo con alegría?. ¿Yo? Claro que no, pero igual esa doctora sí que lo conoce. Pues permíteme dudarlo; todo el mundo que conozco está hasta la misma polla (no te importa que te hable con claridad, ¿verdad?) de su puto curro y sigue porque no tiene otra ¿De qué mierda de motivación estás hablando?. ¿Le has dicho eso?. Claro que no, le he sonreído y le he dicho que podría ser mejor, pero que estoy seguro de que ella se hace cargo de cómo está la situación. ¿Y se hace cargo?. Me ha dicho que sí, que claro, y ha anotado algo en el puto cuaderno. Seguro que ahí le has convencido. No te creas, se ha callado un buen rato y me ha espetado ¿realizas alguna actividad periódica que te resulte placentera?. Buena pregunta, seguro que iba por ahí, ¿eh?. No sé por dónde iba, yo le he dicho que definiera “placentera”, que si estaba hablando de sexo o qué. Lo que yo te decía. Pues no, me suelta que de sexo hablaremos luego; ¿luego? ¿después de dos o tres copas o a qué te refieres?; me estaba volviendo loco. No me extraña, menudo repaso que te ha metido. ¿Ves a lo que me refiero? Le he dicho que me gusta jugar al fútbol, ir al cine, ver los partidos de los domingos con los colegas. Bien dicho, por ahí la has pillado. Tampoco, porque lo siguiente que me ha preguntado es por la última vez que he realizado una actividad de esas; ¡coño!, antes de tener a los niños. Eso son tres o cuatro años, ¿verdad?. Y qué quieres que yo le haga, es lo que hay; tú porque no tienes niños. Me hago cargo, incluso a mí me gusta encontrar ese tipo de actividades, ¿cómo era?. Placenteras. Eso, placenteras. Entonces le he dicho que, por cierto, tenía que ir a buscar a los niños al cole. Ella, toda estirada, aún me ha hecho una última pregunta. ¿Cuál?. Imagínate. No, no me imagino, la cerveza me está afectando un poco. Me ha preguntado cuántas veces practicaba sexo a la semana. Joder, una tipa directa. Ganas me han dado de decirle que ese no era asunto suyo, pero la educación me puede la mayoría de las veces así que le he preguntado si en “practicar sexo” se incluye la masturbación; me ha dicho que no. Pues no veo porqué no, colega, es una práctica sexual como cualquier otra. Eso digo yo, pero la tía se estaba refiriendo a con mi mujer. Malo. ¿Acaso crees que mi mujer quiere follar alguna vez? Pues no, no quiere, siempre tiene alguna disculpa a mano, no es culpa mía. Aquello estaba yendo demasiado lejos. Como tenía intención de ayudar supongo que tenía que decir algo convincente y no se me ocurrió otra cosa: Eso nos pasa a todos; de hecho, el otro día escuché que en la Universidad de Oxford han publicado un estudio que afirma que entre 2050 y 2060 lo que hoy llamamos “depresión” será el estado de ánimo habitual del ciudadano occidental medio. Mi conocido pareció aliviado y dijo: lo que yo te digo, estamos empezando a sacar las cosas de quicio. Preguntó al camarero que cuánto debíamos, pagó y salió a atender una llamada de su mujer (me lo dijo por mímica aunque todavía no había cogido el teléfono). A los cinco minutos se asomó a la puerta y me gritó que se tenía que ir corriendo, que gracias por el consejo, que esto teníamos que repetirlo. Asentí aunque él ya no estaba en la puerta, apuré la jarra, miré a la morena del fondo de la barra que seguí allí (quién sabe si esperando a que yo le prestase un poco de atención) y aguanté las ganas de llorar. Como aquel conocido, yo tampoco sabía que estaba deprimido.

Adiós a las Bicicletas

Los conductores ansioso-agresivos y los conductores inseguro-sensibles están de suerte. Los primeros son esos que pierden los nervios cuando un ciclista les interrumpe su camino haciéndoles perder un par de minutos en un trayecto que tienen perfectamente controlado. Los segundos son los que sufren cuando ven a un ciclista subiendo un puerto o cuando se imaginan el disgusto que se llevarían si le matasen con su coche. Están de suerte porque las previsiones son que en 2065 no haya ciclistas ni en las ciudades ni en las carreteras. Diréis que quedan cincuenta años y tanto tiempo requiere de una paciencia que los primeros no tienen y que a los segundos les hará sufrir aun más. Como quiera que sea, esas son las previsiones. Lo cierto es que se augura una revolución en el modo en el que nos desplazaremos de un sitio a otro. Para empezar, dicen que los coches se conducirán solos. Esta autonomía de vehicular convertirá las ciudades en sitios apacibles porque no será necesario reservar espacio para aparcamientos. Ni en línea, ni en batería, ni nada; quizá, como máximo, alguna suerte de embarcadero. Los coches nos llevarán al trabajo y se volverán a su correspondiente plaza de garaje en nuestros hogares. Sin duda se trata de un futuro prometedor: todos tendremos coche autónomo, plaza de garaje y no nos importará pagar el combustible de cuatro viajes diarios… ¿para qué demonios va a querer alguien una bicicleta? Eso sí, en trayectos largos tendremos una nueva fuente de ansiedad porque nos veremos obligados a aprovechar los tiempos del desplazamiento. Dado que iremos de brazos cruzados mientras nuestro coche conduce, deberemos hacer algo más que las típicas llamadas pendientes que el ya trasnochado manos libres nos permite hacer en el presente. De pronto se me ocurre que estoy yo aquí especulando sobre el futuro y que esto hay gente que lo ha solucionado hace tiempo; porque ¿qué más da que conduzca una máquina o Fermín? Así que no solo los ciclistas, el colectivo de conductores profesionales tendrá que pensar en qué hacer durante los trayectos largos en su flamante coche autónomo y además, plantearse cómo va a pagar las letras del engendro. Por eso, los que ya tienen chófer y los que se vayan cansando del coche autónomo, que siempre hay gente muy vanguardista, tendrán que buscar una alternativa más acorde a sus necesidades. Irán al concesionario para que un vendedor trajeado (eso me apuesto a que no va a cambiar tanto), formado en técnicas avanzadas de venta sicológica, les informe de las últimas tendencias en medios de transporte. Después de hacer una serie de bien atinadas preguntas, el vendedor informará al comprador vanguardista de que lo que necesita es un coche volador. Lo he visto en tantas películas que a veces, cuando me meto en mi turismo, me sorprende que el volante sea circular o que no tenga en el salpicadero el correspondiente altímetro. Lo cierto es que en cincuenta años, cuando yo ya no esté entre vosotros, parece que será posible comprarlos. Aquí se me aparecen una serie de problemas estructurales que no tengo ni idea de cómo se resolverán. Por ejemplo el de la utilización del espacio aéreo. ¿Cómo podrán volar sobre Madrid cientos de miles de coches dejando a su usuario a una distancia razonable de su destino? Porque lo de que haya una pista de aterrizaje en cada tejado me parece que es dejarse llevar por la euforia… Así que este, me temo, será un producto del que solo podrán disfrutar las mismas élites que ahora disfrutan de un jet o un helicóptero privado. Permitidme una advertencia: Procurad que vuestros hijos no se encaprichen con el coche volador si no estáis bien posicionados. Encima tendrán que competir con los drones, a los que los analistas dotan de la facultad de la omnipresencia en el futuro: Vigilancia, transporte de paquetes, polinización de ciertos tipos de plantas, vídeo e imágenes en zonas poco o nada accesibles… Lo único cierto que sabemos que son capaces de hacer los drones, es bombardear discretamente objetivos inteligentemente seleccionados por no se sabe muy bien quién. El espacio aéreo entonces (o simplemente cielo, como a mí me gusta llamarlo) estará lleno de objetos voladores más o menos identificados que no permitirán ver nada sobre nuestras cabezas. Y ya veréis qué lío con los seguros cuando se produzcan accidentes que involucren coches voladores autónomos, drones, comunidades de vecinos propietarias de tejados y peatones sobre los que ha caído algún trasto de estos. Hay algunas soluciones, es verdad, más modestas: parece que se ha propuesto crear teleféricos con cápsulas transparentes que conecten puntos clave de una gran ciudad. Hombre, si son cuatro cápsulas no habría problemas en cablear las ciudades, pero verás tú cuando los barrios periféricos empiecen a demandar a los ayuntamientos por dejarlos incomunicados en desfasados autobuses que solo pueden moverse a ras de suelo. Aunque sin duda la estrella de los viajes futuristas es un tipo apellidado Musk. Este tipo con aire de pelirrojo pecudo, empezó con los coches eléctricos (que parece una empresa razonable desde varios puntos de vista) y poco a poco se fue viniendo arriba hasta el día que afirmó que iba a construir una flota de naves para llevarnos a todos a marte a vivir una vida mejor. Lo hará poco a poco porque parece que los billetes para el viaje del 2022 van a costar casi doscientos mil euros. Los viajeros que puedan pagar estos billetes a precios nada populares, tardarán en llegar casi tres meses a marte donde no se me ocurre qué van a hacer; parece que este visionario pretende fundar allí una ciudad de un millón de habitantes hacia 2122 (él tampoco estará entre nosotros para verla a menos que, no lo descartéis, tenga algún invento eléctrico que garantice la inmortalidad). De momento, el señor Musk ha prometido amenizar el viaje a sus pasajeros con películas, juegos de gravedad cero y conferencias. Suena apasionante. Me consuela un poco saber que les ha explotado un cohete en las primeras pruebas. Pero aquí no acaba todo. Una de las principales virtudes (veremos si lo es al final) del muchacho, es la perseverancia, así que entre que monta una nave para marte que no explote, vende los billetes y unas cosas y otras, se le ha ocurrido construirles a los árabes unos tubos de acero huecos dentro de los que piensa meter unas cápsulas de viajeros (con motores eléctricos, por supuesto) que se desplazarán con un mínimo rozamiento a la bonita velocidad de mil kilómetros por hora entre las ciudades de Dubai y Abu Dhabi. Ríete tú del AVE. Me pregunto porqué no ha elegido hacerlo entre Madrid y Barcelona (lo mismo por aquello del problema nacionalismo) o entre Madrid y Sevilla (igual por lo de las primarias). Si lo pienso fríamente, para mí todos estos nuevos medios de transportes no son más que ideas brillantes, pequeñas ficciones que alguien se entretiene en hacer porque nos hemos acostumbrado a vivir con la necesidad de este tipo de relatos. Antes eran las novelas las que tenían el privilegio en exclusiva de crear mundos, ahora, cualquiera puede denominarse en su perfil “visionario” y quitarle el trabajo a un puñado de escritores con habilidades para la ciencia ficción. Por mi parte, hasta que no dispongamos de un sistema fiable de teletransporte, dejadme aquí tranquilo yendo y viniendo en mi bici morada. Además, tengo la sensación de que en no demasiado tiempo, lo más probable es que no salgamos de nuestras casas prácticamente para nada.