La Inmortalidad Fría

Oigo ruidos acompasados de vida artificial. Pulmones que se llenan y se vacían con el estruendo propio de una urgencia. O de una chapuza. Oigo un ligero chapoteo justo a la altura de mi cuello. A veces mi nariz cae dentro de un líquido espeso y yo diría que frío. A veces escucho un débil borboteo cuando saco la cabeza. Domina un sonido de grandes compresores frigoríficos. Huele a desinfectante hospitalario y a carne congelada. Me invade una sensación extraña que va decreciendo en el tiempo. Digo tiempo y tengo la sensación de no estar utilizando la palabra correcta. En general, el transcurso no parece aplicar al sitio donde estoy. No tengo ni idea de dónde estoy ni la menor tentación de saberlo. De improviso una gran luz blanca invade mi cabeza de un modo ensordecedor. Empiezo a escuchar sonidos agudos que quieren tener sentido. Mi cerebro se esfuerza por descifrarlos. Una voz de mujer está hablando en plural mayestático con cierta suficiencia (¿De dónde me salen estas palabras?). Hola. Sabemos que todavía no te encuentras en plenitud de condiciones. Hoy es treinta de abril de 2122. Ha estado usted cien años en un vaso Dewar con otras cuatro personas a una temperatura constante de aproximadamente doscientos grados bajo cero. Quienes le recibieron aquí, le acompañaron a esta sala, le explicaron lo qué iba a pasar y compartieron sus últimos pensamientos, ya no están. Pero puede, sin duda, estar tranquilo, nuestra compañía garantiza la transferencia total de la información relevante a los nuevos responsables de su vida, nosotros. Permítame, en primer lugar, que le recuerde el proceso: Hace hoy cien años y veintitrés días, el día en el que cumplía cincuenta años, vino a esta clínica para ponerse en manos del futuro, de la criónica. Por aquel entonces solo los enfermos terminales barajaban esta opción. Usted fue uno de los primeros individuos sanos que decidió confiar en nosotros. Fue una decisión extremadamente inteligente y una vez acabados los formalismos, le contaré por qué. Es cierto que tuvimos que solucionar algunas nuevas dificultades en su caso; básicamente, la legislación vigente hace cien años, obligaba a que una persona estuviese muerta antes de que pudiera dormir en un vaso Deward. Por eso usted firmó un testamento vital en el que afirmaba querer quitarse la vida y ser congelado hasta que el mundo fuese un lugar mejor. Nosotros le ayudamos a cumplir ese deseo y hoy, por fin, el mundo es un lugar mejor y usted va a poder disfrutarlo. El acuerdo que firmó con nosotros incluía algunas cláusulas que la tecnología ha dejado hoy relativamente obsoletas. Nos gustaría discutir estas cláusulas con total transparencia. Según voy escuchando a esta mujer, voy tomando conciencia de que me encuentro tumbado bocarriba en una especie de camilla metálica. “Tumbado” es un símil porque no tengo conciencia de tener extremidades. No tengo conciencia, si lo pienso un poco más, de tener ni siquiera un cuerpo. Me centro en escuchar a la mujer que continua su apabullante discurso. Tengo la obligación legal de informarle de que todos los miembros de tu familia que aparecen en su ficha, han fallecido, ninguno se ha acogido a un plan de vida futura como hizo usted. Lo mismo aplica a los nombres que consignó bajo el epígrafe “amigos”. Recuerde que eso no quiere decir que usted esté solo, su acuerdo con nosotros incluye garantías de una vida social normal a partir del día noventa de su vuelta. Tenga por seguro que no va a estar solo. Distinto es que los estándares sociales hayan cambiado y ahora tengamos que ayudarle a entenderlos. No se preocupe, le ayudaremos a entenderlos bien. El acuerdo también incluía, probablemente lo vaya recordando poco a poco, un plan de ahorro para que pudiese disponer de medios económicos a su vuelta durante, al menos, un año. Este plan ha funcionado razonablemente bien, aunque ciertas estimaciones no han resultado ajustadas y es muy probable que tengamos que trabajar en una nueva línea de financiación. Eso lo hablaremos cuando esté en perfectas condiciones. Los primeros noventa días después de despertar, le recuerdo, los consideramos un periodo de adaptación en el que no se toman decisiones de ningún tipo. Como observará, nuestro protocolo está perfectamente definido para garantizar que usted volverá a ser la misma persona que era hace cien años. Tenía la sensación de que aquel discurso iba colocando discretamente ciertas piezas en cierto orden en mi cabeza. Como si aquella mujer estuviese recomponiendo cariñosamente los bloques de mi cerebro descompuesto por el frío. También debemos informarle de que hemos iniciado con éxito los trámites legales para darle de alta de nuevo como ciudadano de pleno derecho. Hoy en día existe un estado civil que permite suspender temporalmente la situación legal de una persona, pero hace cien años no disponíamos de esta posibilidad. Nuestra previsión es que en unos quince días esos trámites estén completados. Pensé que sería por eso por lo que aquella mujer no esperaba ningún tipo de respuesta de mí, a efectos legales yo estaba muerto pese a que me quería imaginar allí tirado en una camilla metálica con los ojos abiertos como platos mirándola sin ver. Si hasta aquí todo está claro, pasemos a discutir la cláusulas potencialmente obsoletas. Teniendo en cuenta, pensé, que yo estoy muerto a efectos legales, no veo qué puede significar eso de que “todo está claro”; tampoco creo poder emitir ningún sonido significativo desde aquí, así que me temo que esta cháchara seudocientífica y seudocomercial va a continuar. Cuando usted firmó con nosotros su acuerdo de vida futura, pensábamos que en la fecha en la que despertara habría que seguir los siguientes pasos: Un periodo de recuperación de la consciencia y análisis de su situación física. Este análisis nos permitiría determinar qué órganos necesitaban reparación o regeneración basada en células madre, terapias génicas y nanotecnológia. Para que usted lo entienda bien, nuestra capacidad técnica permitía (hace cien años) recrear cualquier órgano que pudiese sufrir daño en el periodo frío. Entonces sabíamos que seríamos capaces de rehacer, por ejemplo, su piel, su páncreas o su hígado en caso de que presentasen algún daño al despertar. Técnicas aplicadas usando células madre nos permitirían, además de recrear sus órganos, perfeccionar su cuerpo usando tratamientos génicos contrastados que curarían enfermedades como el cáncer o el alzehimer antes de que su cuerpo volviese a la vida autónoma. También disponíamos de nanocitos capaces de curar o revertir malformaciones específicas en una amplia gama de casos. Una vez restaurado y mejorado su cuerpo, se debería aplicar un entrenamiento físico que le permitiese recuperar la motricidad propia de un ser humano del siglo XXII. Recordé de golpe que, en vida, yo había sido un ser humano enfermizo y enclenque que andaba día sí y día no debilitado por afecciones variadas no lo suficientemente graves como para matarme. Me hice rápidamente en la cabeza, pese a mi estado de semicongelación, una lista de deseos de cómo quería ser en la nueva vida que me esperaba para transmitírsela esta mujer en cuanto dejase de hablar. Tengo que confesarle ahora, que en el momento que usted firmó, había un problema que no habíamos conseguido resolver satisfactoriamente. Me angustié de pronto pensando que ese “problema” estaba relacionado con el tamaño de mi nuevo miembro viril (tampoco en mi vida previa había estado yo especialmente bien dotado). Sin embargo la mujer continuó igual de seria su discurso bien aprendido. El problema residía en el cerebro. Era cierto que sabíamos multitud de cosas sobre su estructura, su funcionamiento o su geografía. Sabíamos suficiente como para replicar el funcionamiento de las percepciones o, incluso, del lenguaje, pero éramos incapaces de determinar cómo se configuraban en ese misterioso órgano la identidad y la memoria que conformaban, mágicamente, una determinada personalidad. La suya. Aunque no veía nada, hice ademán mental de abrir bien los ojos sorprendido por el hecho de que yo tuviese una personalidad. No lo recordaba. Por los datos que nos envían sus sensores cerebrales, sabemos que nos entiende pese a su silencio obligado por el largo periodo de inactividad, así que, para que vaya madurándolo, le informaré ahora de que el problema del cerebro se ha hecho viejo mientras usted disfrutaba de un merecido descanso. Desde hace ya algunos años, sabemos con precisión cómo capturar su cerebro (o si lo prefiere su personalidad) y disponemos de mecanismos que nos permiten almacenar esas estructuras de datos para recrearlas dónde y cuándo sea necesario. Es decir, hoy, usted puede volver a la vida en lugares distintos al cuerpo que llamaremos “original”. Si ya he pensado antes que mis ojos (que es básicamente lo que puedo sentir además de las orejas) debían estar como platos, no encontraba ahora una metáfora ajustada a su estado después de escuchar lo que la burócrata me estaba diciendo. Sé que lo que le digo le sorprende y que no es capaz de imaginar con adecuada precisión de lo que hablamos. Le detallaré, por lo tanto, las opciones de nuestro nuevo catálogo. Su cerebro fue descargado satisfactoriamente, ocho años después del inicio de su primer periodo frío. En este momento, en lo relativo al siguiente periodo caliente de su vida (piense que, a partir de este momento, usted podrá alternar periodos calientes y periodos fríos en función de sus necesidades) usted podría descargar su cerebro en su cuerpo original (esta opción no la recomendamos por las imperfecciones no superables subyacentes al mecanismo genético de replicación), en un androide de última generación (disponemos de siete modelos de androides personalizables que responden a diferentes necesidades de vida física), en una infraestructura tecnológica especializada (por ejemplo, en replicación de criptomonedas o en secuenciación genómica de cuarta generación) o en un holograma seudosensible capaz de interactuar con el resto de opciones. De momento piénselo y, después del periodo de noventa días de adaptación, hablaremos de los costes de cada una de ellas y de las posibilidades de financiación que tenemos para usted. Recordé de pronto que yo, en lo que aquella mujer llamaría algo así como mi primera seudovida en periodo caliente, había pensado seriamente en suicidarme para evitar el dolor de la existencia y escapar a un mundo mercantilizado repleto de necesidades absurdas. Esta opción se me aparece ahora, tumbado como estoy sobre una fría camilla metálica, antiestética y vulgar. La criónica y sus periodos fríos y calientes es, sin duda, más limpia y elegante. Pese a todo, se me quedó clavada en mi cerebro exportable una pregunta de esas absurdas ¿Qué me impulsa a preferir ahora la inmortalidad personal a la nada cuando la inmortalidad siempre me ha parecido aburrida? Se me ocurre que, tal y como están las cosas, es probable que hayan intervenido discretamente mi cerebro para que esto suceda.

Y Yo sin Saberlo

Iba yo ayer andando por una de las calles principales de mi ciudad natal (algo que no es habitual porque procuro evitar el barullo) cuando vi de lejos a un viejo conocido que venía hacia mí. Su modo de andar era extraño. Juzgué rápidamente y decidí que se encontraba bastante aturdido. Pese a una leve tentación de preocuparme por su estado, me dispuse a evitarlo discretamente. Se me acercaba por la derecha así que volví la cabeza hacia la izquierda. No tuve suerte. El escaparate de ese lado era el de una tienda de ropa de bebé. Mostré un discreto interés en las nuevas tendencias premamá. A los pocos segundos noté que me apretaban el hombro con decisión. !Hombre¡, por fin te has decidido a ser padre, ya pensábamos que te salías con la tuya de no aportar nuevos cotizantes para que paguen nuestras pensiones. Se mostró tan decidido que me encontré en medio de un abrazo sin poder evitarlo. Me sorprendí a mí mismo golpeando con mi mano dos veces en su espalda sudada. Mi juicio inicial no parecía haber sido bueno: puede que estuviese aturdido, pero definitivamente no estaba bastante aturdido. A punto estuve de decirle que no, que seguía convencido de que no sería un buen padre y por eso no iba a tener hijos pero la prudencia me recomendó mentir levemente. En ello estamos, en ello estamos, dije en un tono condescendiente; no podemos permitir que colapse el sistema, todos tenemos que arrimar el hombro. Era indudable que me había pasado de la raya así que me preparé para pagarlo. Aunque mi conocido continuaba abrazándome, iba aflojando a medida que se imponía su estado inicial de aturdimiento (ligero, por supuesto). El hecho es que ignoró mi comentario pro-sistema y soltó excitado: necesito hablar con alguien ¿por qué no entramos en ese bar de ahí a tomar una cerveza?. Hasta ese momento pensaba que jamás rechazaría una oferta que incluyese tomarse una cerveza; ya me dijo mi madre que para todo llega el día. Puse mi cerebro a funcionar a toda velocidad en busca de una buena excusa. Como mi cerebro no es gran cosa, me quedé mudo y me dejé empujar dentro de aquel bar. Decidí ser positivo y rectifiqué el pedido de mi conocido cambiando la caña por una jarra de las más grandes que tuvieran. Él asintió mirando al camarero al mismo tiempo que empezaba a hablar en voz demasiado alta para mi gusto, dijo: Me acabo de enterar de que estoy deprimido. Saber que la cerveza estaría pronto a mi disposición me tranquilizaba. Me prometí a mí mismo que no iba a mirar a la morena del fondo de la barra y que iba a escuchar atentamente a mi conocido. Ayudarle no me pareció viable. Pero alguna vez he escuchado que solo con escuchar se puede ayudar a las personas. Yo era capaz de hacerlo, me dije echando un último vistazo nostálgico a la morena del fondo. Salgo ahora mismo del terapeuta. Ajá (practicando yo la famosa escucha activa). He ido porque mi mujer se ha empeñado, dice que estoy insoportable y bebo demasiado. Ajá, ¿Cómo ha ido?. Mal tío, la sicóloga me ha estado haciendo preguntas durante más de una hora, me ha tratado constantemente de usted y ha terminado asegurándome que estoy en el límite del alcoholismo y en medio de una profunda depresión endógena. Dios mío, dije yo, eso parecen malas noticias. Ya te digo, asegura que así no puedo seguir. Decidí quitarle hierro al asunto después del segundo trago a la jarra. Vamos a ver, ¿en qué ha basado su diagnóstico esa señora? supongo que te lo habrá contado. Lo peor es que no es una señora, es una tía más o menos como nosotros, me ha dado la sensación de que intentaba humillarme. Eso también podía ser, pensé, aunque no era conveniente entrar en eso ahora. Bien, centrémonos en el diagnóstico. Pues no me acuerdo bien de las preguntas, pero tío, todo el puto rato que si dormía bien o si notaba que se me olvidaban las cosas fácilmente; ¡qué cojones! ¿Tú tienes hijos?, le he preguntado, yo tengo dos, uno de cuatro y otro de dos; si no es el uno es el otro, no hay modo de dormir seguido una sola noche. Y ¿tienes mujer? (marido, perdón) pues entonces sabrás de sobra lo que es ponerse de los nervios cuando la otra (o el otro) duerme plácidamente mientras tú das vueltas en la cama oyendo a uno de tus hijos toser o tener pesadillas; me va a tocar levantarme a mí otra vez. ¿Y lo de la memoria? (le pedí, en este punto, otra caña porque se estaba alterando). Igual tío, tantas cosas que hacer ¿Cómo no se te va a olvidar alguna?. Claro que sí, a mí también me pasa digo mientras asiento al camarero que me pregunta si yo también quiero otra de lo mismo. Ya veo a lo que te refieres, la tía es una tocapelotas; ¿Qué más te ha dicho?. Pues luego ha pasado a bombardearme con que si me enfadaba fácilmente o pasaba de la alegría a la tristeza de forma repentina. ¿A ti qué cojones te importa? (lo he pensado pero no se lo he dicho, claro). Has hecho bien, estos sicólogos son muy suspicaces y si se lo dices seguro que hace una anotación en su cuaderno. Sí, sí, todo el puto rato tomando notas de lo que yo decía; ¿Qué estás apuntando? le he preguntado ¿puedo verlo?; y dice hiperdigna, ahora de momento son apuntes, cuando tengamos un diagnóstico podrás leer mis notas en el informe preceptivo. ¿Te ha dicho “preceptivo”?. Sí, te lo juro, “preceptivo” ha dicho. Entonces es una tipa que sabe de lo que habla, no todo el mundo utiliza esas palabras adecuadamente. Puede que tengas razón, pero eso no ha sido todo, me ha empezado a preguntar si estoy motivado y si hago mi trabajo con alegría. ¿¡Con alegría!? ¿Conoces tú a alguien que haga su trabajo con alegría?. ¿Yo? Claro que no, pero igual esa doctora sí que lo conoce. Pues permíteme dudarlo; todo el mundo que conozco está hasta la misma polla (no te importa que te hable con claridad, ¿verdad?) de su puto curro y sigue porque no tiene otra ¿De qué mierda de motivación estás hablando?. ¿Le has dicho eso?. Claro que no, le he sonreído y le he dicho que podría ser mejor, pero que estoy seguro de que ella se hace cargo de cómo está la situación. ¿Y se hace cargo?. Me ha dicho que sí, que claro, y ha anotado algo en el puto cuaderno. Seguro que ahí le has convencido. No te creas, se ha callado un buen rato y me ha espetado ¿realizas alguna actividad periódica que te resulte placentera?. Buena pregunta, seguro que iba por ahí, ¿eh?. No sé por dónde iba, yo le he dicho que definiera “placentera”, que si estaba hablando de sexo o qué. Lo que yo te decía. Pues no, me suelta que de sexo hablaremos luego; ¿luego? ¿después de dos o tres copas o a qué te refieres?; me estaba volviendo loco. No me extraña, menudo repaso que te ha metido. ¿Ves a lo que me refiero? Le he dicho que me gusta jugar al fútbol, ir al cine, ver los partidos de los domingos con los colegas. Bien dicho, por ahí la has pillado. Tampoco, porque lo siguiente que me ha preguntado es por la última vez que he realizado una actividad de esas; ¡coño!, antes de tener a los niños. Eso son tres o cuatro años, ¿verdad?. Y qué quieres que yo le haga, es lo que hay; tú porque no tienes niños. Me hago cargo, incluso a mí me gusta encontrar ese tipo de actividades, ¿cómo era?. Placenteras. Eso, placenteras. Entonces le he dicho que, por cierto, tenía que ir a buscar a los niños al cole. Ella, toda estirada, aún me ha hecho una última pregunta. ¿Cuál?. Imagínate. No, no me imagino, la cerveza me está afectando un poco. Me ha preguntado cuántas veces practicaba sexo a la semana. Joder, una tipa directa. Ganas me han dado de decirle que ese no era asunto suyo, pero la educación me puede la mayoría de las veces así que le he preguntado si en “practicar sexo” se incluye la masturbación; me ha dicho que no. Pues no veo porqué no, colega, es una práctica sexual como cualquier otra. Eso digo yo, pero la tía se estaba refiriendo a con mi mujer. Malo. ¿Acaso crees que mi mujer quiere follar alguna vez? Pues no, no quiere, siempre tiene alguna disculpa a mano, no es culpa mía. Aquello estaba yendo demasiado lejos. Como tenía intención de ayudar supongo que tenía que decir algo convincente y no se me ocurrió otra cosa: Eso nos pasa a todos; de hecho, el otro día escuché que en la Universidad de Oxford han publicado un estudio que afirma que entre 2050 y 2060 lo que hoy llamamos “depresión” será el estado de ánimo habitual del ciudadano occidental medio. Mi conocido pareció aliviado y dijo: lo que yo te digo, estamos empezando a sacar las cosas de quicio. Preguntó al camarero que cuánto debíamos, pagó y salió a atender una llamada de su mujer (me lo dijo por mímica aunque todavía no había cogido el teléfono). A los cinco minutos se asomó a la puerta y me gritó que se tenía que ir corriendo, que gracias por el consejo, que esto teníamos que repetirlo. Asentí aunque él ya no estaba en la puerta, apuré la jarra, miré a la morena del fondo de la barra que seguí allí (quién sabe si esperando a que yo le prestase un poco de atención) y aguanté las ganas de llorar. Como aquel conocido, yo tampoco sabía que estaba deprimido.

Adiós a las Bicicletas

Los conductores ansioso-agresivos y los conductores inseguro-sensibles están de suerte. Los primeros son esos que pierden los nervios cuando un ciclista les interrumpe su camino haciéndoles perder un par de minutos en un trayecto que tienen perfectamente controlado. Los segundos son los que sufren cuando ven a un ciclista subiendo un puerto o cuando se imaginan el disgusto que se llevarían si le matasen con su coche. Están de suerte porque las previsiones son que en 2065 no haya ciclistas ni en las ciudades ni en las carreteras. Diréis que quedan cincuenta años y tanto tiempo requiere de una paciencia que los primeros no tienen y que a los segundos les hará sufrir aun más. Como quiera que sea, esas son las previsiones. Lo cierto es que se augura una revolución en el modo en el que nos desplazaremos de un sitio a otro. Para empezar, dicen que los coches se conducirán solos. Esta autonomía de vehicular convertirá las ciudades en sitios apacibles porque no será necesario reservar espacio para aparcamientos. Ni en línea, ni en batería, ni nada; quizá, como máximo, alguna suerte de embarcadero. Los coches nos llevarán al trabajo y se volverán a su correspondiente plaza de garaje en nuestros hogares. Sin duda se trata de un futuro prometedor: todos tendremos coche autónomo, plaza de garaje y no nos importará pagar el combustible de cuatro viajes diarios… ¿para qué demonios va a querer alguien una bicicleta? Eso sí, en trayectos largos tendremos una nueva fuente de ansiedad porque nos veremos obligados a aprovechar los tiempos del desplazamiento. Dado que iremos de brazos cruzados mientras nuestro coche conduce, deberemos hacer algo más que las típicas llamadas pendientes que el ya trasnochado manos libres nos permite hacer en el presente. De pronto se me ocurre que estoy yo aquí especulando sobre el futuro y que esto hay gente que lo ha solucionado hace tiempo; porque ¿qué más da que conduzca una máquina o Fermín? Así que no solo los ciclistas, el colectivo de conductores profesionales tendrá que pensar en qué hacer durante los trayectos largos en su flamante coche autónomo y además, plantearse cómo va a pagar las letras del engendro. Por eso, los que ya tienen chófer y los que se vayan cansando del coche autónomo, que siempre hay gente muy vanguardista, tendrán que buscar una alternativa más acorde a sus necesidades. Irán al concesionario para que un vendedor trajeado (eso me apuesto a que no va a cambiar tanto), formado en técnicas avanzadas de venta sicológica, les informe de las últimas tendencias en medios de transporte. Después de hacer una serie de bien atinadas preguntas, el vendedor informará al comprador vanguardista de que lo que necesita es un coche volador. Lo he visto en tantas películas que a veces, cuando me meto en mi turismo, me sorprende que el volante sea circular o que no tenga en el salpicadero el correspondiente altímetro. Lo cierto es que en cincuenta años, cuando yo ya no esté entre vosotros, parece que será posible comprarlos. Aquí se me aparecen una serie de problemas estructurales que no tengo ni idea de cómo se resolverán. Por ejemplo el de la utilización del espacio aéreo. ¿Cómo podrán volar sobre Madrid cientos de miles de coches dejando a su usuario a una distancia razonable de su destino? Porque lo de que haya una pista de aterrizaje en cada tejado me parece que es dejarse llevar por la euforia… Así que este, me temo, será un producto del que solo podrán disfrutar las mismas élites que ahora disfrutan de un jet o un helicóptero privado. Permitidme una advertencia: Procurad que vuestros hijos no se encaprichen con el coche volador si no estáis bien posicionados. Encima tendrán que competir con los drones, a los que los analistas dotan de la facultad de la omnipresencia en el futuro: Vigilancia, transporte de paquetes, polinización de ciertos tipos de plantas, vídeo e imágenes en zonas poco o nada accesibles… Lo único cierto que sabemos que son capaces de hacer los drones, es bombardear discretamente objetivos inteligentemente seleccionados por no se sabe muy bien quién. El espacio aéreo entonces (o simplemente cielo, como a mí me gusta llamarlo) estará lleno de objetos voladores más o menos identificados que no permitirán ver nada sobre nuestras cabezas. Y ya veréis qué lío con los seguros cuando se produzcan accidentes que involucren coches voladores autónomos, drones, comunidades de vecinos propietarias de tejados y peatones sobre los que ha caído algún trasto de estos. Hay algunas soluciones, es verdad, más modestas: parece que se ha propuesto crear teleféricos con cápsulas transparentes que conecten puntos clave de una gran ciudad. Hombre, si son cuatro cápsulas no habría problemas en cablear las ciudades, pero verás tú cuando los barrios periféricos empiecen a demandar a los ayuntamientos por dejarlos incomunicados en desfasados autobuses que solo pueden moverse a ras de suelo. Aunque sin duda la estrella de los viajes futuristas es un tipo apellidado Musk. Este tipo con aire de pelirrojo pecudo, empezó con los coches eléctricos (que parece una empresa razonable desde varios puntos de vista) y poco a poco se fue viniendo arriba hasta el día que afirmó que iba a construir una flota de naves para llevarnos a todos a marte a vivir una vida mejor. Lo hará poco a poco porque parece que los billetes para el viaje del 2022 van a costar casi doscientos mil euros. Los viajeros que puedan pagar estos billetes a precios nada populares, tardarán en llegar casi tres meses a marte donde no se me ocurre qué van a hacer; parece que este visionario pretende fundar allí una ciudad de un millón de habitantes hacia 2122 (él tampoco estará entre nosotros para verla a menos que, no lo descartéis, tenga algún invento eléctrico que garantice la inmortalidad). De momento, el señor Musk ha prometido amenizar el viaje a sus pasajeros con películas, juegos de gravedad cero y conferencias. Suena apasionante. Me consuela un poco saber que les ha explotado un cohete en las primeras pruebas. Pero aquí no acaba todo. Una de las principales virtudes (veremos si lo es al final) del muchacho, es la perseverancia, así que entre que monta una nave para marte que no explote, vende los billetes y unas cosas y otras, se le ha ocurrido construirles a los árabes unos tubos de acero huecos dentro de los que piensa meter unas cápsulas de viajeros (con motores eléctricos, por supuesto) que se desplazarán con un mínimo rozamiento a la bonita velocidad de mil kilómetros por hora entre las ciudades de Dubai y Abu Dhabi. Ríete tú del AVE. Me pregunto porqué no ha elegido hacerlo entre Madrid y Barcelona (lo mismo por aquello del problema nacionalismo) o entre Madrid y Sevilla (igual por lo de las primarias). Si lo pienso fríamente, para mí todos estos nuevos medios de transportes no son más que ideas brillantes, pequeñas ficciones que alguien se entretiene en hacer porque nos hemos acostumbrado a vivir con la necesidad de este tipo de relatos. Antes eran las novelas las que tenían el privilegio en exclusiva de crear mundos, ahora, cualquiera puede denominarse en su perfil “visionario” y quitarle el trabajo a un puñado de escritores con habilidades para la ciencia ficción. Por mi parte, hasta que no dispongamos de un sistema fiable de teletransporte, dejadme aquí tranquilo yendo y viniendo en mi bici morada. Además, tengo la sensación de que en no demasiado tiempo, lo más probable es que no salgamos de nuestras casas prácticamente para nada. 

¿Seremos Capaces de Distinguir?

Cuando me explicaron, hace muchos años, qué era eso de la realidad virtual no me sorprendí en absoluto. Me dijeron que se trataba de ver cosas que no estaban realmente delante de ti como si realmente lo estuvieran. No era una explicación muy elaborada, así que pedí que me pusiesen un ejemplo. Como toda persona simple que se precie de serlo, soy un convencido de los ejemplos. Tengo la constante sensación de que, con un buen ejemplo (igual que con una buena metáfora), se puede decir todo lo que se necesita decir en un determinado momento. Quizá mi interlocutor no era un buen creador de metáforas. Se dedicaba a la informática industrial y había necesitado perder cualquier impulso creativo en aras de lo que se conoce como “productividad”. Dijo: “Pues puedes ver una casa sin que esté construida. Por dentro, por fuera; todos los detalles que te permitan decidir más fácilmente si comprarla o no. Es una estupenda manera de ahorrar costes a las empresas y decepciones a los consumidores”. Le entendí bien aunque no pude evitar pensar algo en lo que él no creo que hubiese pensando; ¿Acaso no era eso lo que había hecho la literatura durante siglos? Yo había leído novelas que me habían hecho ver mucho más que casas sin que hubiese nada más que papel y tinta delante de mí. Se lo dije. No se trata de imaginación, me corrigió. Es algo más poderoso porque el objeto se representa de manera realista. No tienes que imaginar nada, todo está ahí. Así que, lamenté, es más poderoso un mecanismo que simula que las cosas están ahí que otro que, sin pretender simular nada, consigue que las cosas se presenten con claridad al lector. El tío estaba convencido de que imaginar es un engaño y la imitación de lo que vemos agota la esencia de la realidad. Un mecanicista. Un representacionista. Uno de esos que no pueden ir más allá de lo evidente. No hay que pararse a pensar mucho para comprender que lo que vemos no tiene sentido si no le ponemos algo de nuestra parte. Probablemente por esto, algún tiempo después, apareció la realidad aumentada. Me pareció una metáfora algo más humana: No se trataba de hacer que las cosas se te apareciesen, sino de cargarlas con información una vez que están delante de ti. No es que hubiese lugar para la imaginación (que, por supuesto, tiene que seguir proscrita) pero al menos, no se niega lo obvio: que las cosas no son nada más que lo que nosotros hacemos de ellas. Aquí podría tratarse de encontrar tipos de información relevantes y variados que enriquezcan las situaciones en lugar de empobrecerlas. Por lo tanto, el asunto de la realidad virtual oscila entre poder elegir lo que quieres que esté ignorando lo que está y poder añadir datos a lo que está para que se convierta en algo significativo. Se me ocurre que es un mecanismo sicológico que existe desde siempre. Siempre han existido los que ignoran sistemáticamente la realidad maleándola en su cabeza para convertirla en lo quieren que sea y los que se dedican a coleccionar datos y razonamientos para que las cosas sean distintas a lo que parecen. Hay algunos pocos que se dedican a hacer relatos sin importarles demasiado lo que las cosas sean, parezcan o puedan llegar a ser. Estos seres son una especie en extinción porque ya se han hecho estimaciones que predicen que para 2085 viviremos una vida mitad virtual, mitad real. Había intentado imaginarme cómo sería esa vida pero no lo había conseguido hasta anoche. Al llegar a casa, un poco aturdido por el día de sol invernal, me tomé dos güisquis que me permitieron imaginar con más precisión. Me había invadido sin previo aviso una intensa sensación de hastío. Estaba viendo la tele y era la segunda vuelta que me daba por la parrilla para confirmar que la oferta era lo que parecía: patética. Ni siquiera una película de acción o subida de tono que permitiese a mis instintos anonadarse en la sucesión de imágenes primarias. Qué tiempos aquellos de los dos rombos que, por si solos, hacían la película emocionante. No es que sea un nostálgico de la represión (o eso creo) pero es innegable que tiene un poderoso efecto liberador cuando consigues burlarla. Mientras daba un nuevo sorbo hastiado al vaso con güisqui y pedazos flotantes de hielo, se me ocurrió que ese sería el momento perfecto para tener una realidad alternativa a mano. Ponerse un traje de buzo repleto de sensores conectados a un ordenador que te permitiesen “estar” en otro sitio más sugestivo. Como vivo en medio de la nada,  pensé que estaría bien poder aparecer, sin moverme del sofá, en un bar para charlar con otros seres. No me importaría lo más mínimo si esos seres eran reales o código en ejecución, ya he tenido suficientes experiencias decepcionantes con humanos para saber que solo se puede aspirar a breves momentos de armonía que no tienen la más mínima continuidad. ¿Alguien duda que eso lo puede conseguir fácilmente el código en ejecución?. Puestos a imaginar, imaginé que podía pedir a mi proveedor de realidad virtual (por supuesto después de pagar el correspondiente precio competitivo) que me trasladase al centro de Nueva York o de Tokio o de Ulán Bator para poder visitar alguno de esos “lugares que uno no debe perderse”. Lo que más pereza me daba, probablemente por el aturdimiento del día multiplicado por el del alcohol, era tener que enfundarme un traje, unos guantes o ponerme unas gafas que pesasen quilo y medio. Se tendrían que inventar, pensé, otros dispositivos más ligeros para virtualizar la realidad: una pantalla envolvente gigante, unos visores incorporados como lentillas en los ojos, un chip integrado en el cerebro capaz de generar las sensaciones adecuadas, yo qué sé. Esta última parecía la mejor opción, no tener que hacer nada y no ser capaz de diferenciar unas sensaciones de otras. Puesto a hacerlo que sea con todas la consecuencias. Mi cabeza se puso a imaginar toda una sucesión de alternativas virtuales que se le iban ocurriendo para escapar de aquel hastío. Menos mal que me quedé dormido. Era lógico después de haber imaginado estar virtualmente en una docena de sitios “que no te puedes perder”, en decenas de bares de todo el mundo, de haber conocido a medio centenar de personas, de haber follado cuatro o cinco veces, de haber estado dentro de un par de clásicos del cine… Al despertar creo que susurré: “si a esto le añades un módulo de estupefacientes que estimule adecuadamente el cerebro, no creo que nadie quiera saber nada de la parte no virtual de la existencia”. Eran las seis de la mañana y notaba el sabor del güisqui en la boca seca. Fui a mear y a por una cerveza. En dos horas debía empezar a trabajar. Estimé que la variante realidad virtual era útil para el ocio y para los negocios prosaicos que requieran representación o simulación. La variante la realidad aumentada sería más útil para el mundo del trabajo, en el que priman los enteradillos. Me imaginé que el mismo microchip en el mismo cerebro era capaz de funcionar como creador de realidad y como aportador de datos. Lo ideal sería que tuviese un interfaz cerebral que permitiese cambiar fácilmente el modo. Después de mear y beberme la cerveza de dos tragos, me volví a tumbar en el sofá para imaginar cómo sería el módulo de realidad aumentada para el trabajo. Empezaría, seguro, revisando el calendario y el correo. Permitiría consultar los datos de las personas con las que tendrás reuniones ese día y de las personas que te han enviado algún correo. Sus últimas interacciones contigo, su actividad en las redes sociales, sus ubicaciones habituales, su perfil profesional, vital, sus hobbies. Calculé que con una media de cincuenta correos al día y un diez por ciento de nuevos interlocutores, necesitaría hora y media para consultar los datos básicos de esas personas antes de poder responder adecuadamente. También se complicarían las reuniones de trabajo. Cierto que podrías consultar aquello que desconocieses durante su transcurso, pero los demás también y sería necesario preparar las intervenciones en profundidad para evitar que los enteradillos te enmienden permanentemente la plana. No se tolerarían los errores. A menos que tu módulo de realidad aumentada (que imagino estaría asociado a uno de inteligencia artificial) tuviese errores demostrables, tu jefe esperaría un trabajo cercano a la perfección. Con todo, la jornada diaria aumentaría fácilmente dos o tres horas. Entonces, por fin, lo entendí: trabajaremos doce horas consumiendo información con avidez y las otras doce nos las pasaremos enganchados a un dispositivo consumiendo emociones enlatadas en código en ejecución. Apasionante.

Parejas Mixtas en 2065

Hubiese preferido no conocer a aquel tipo. No tenía ninguna intención de entablar conversación con él pero dijo algo que no pude evitar escuchar. Esto me pasa a menudo: el otro día, por ejemplo, estaba tomando una cerveza y, de pronto, escuché a alguien hablar de la igualdad entre hombres y mujeres explicando, con la seguridad de un experto, lo machistas que son ciertos tipos que obligan a sus mujeres a llevar burka. Era uno de esos seres perfectamente aceptados, hiperseguros de sí mismos, con evidente éxito social. No me extrañó oírle decir, solo unos minutos después de haber sentado cátedra contra el machismo, algo así como “joder Maricarmen, es tu padre el que me está provocando. Podrías mejor echar un vistazo a tus hijos a ver si tu hermana deja de alborotarles”. Recuerdo otro que fue levantando la voz a ritmo seguro hasta que le escuché decir con claridad “esos lo que quieren es ser de izquierdas viviendo como vivimos los de derechas. Si son comunistas, pues que den todo lo que tienen y se dejen de darnos lecciones ¡coño!”. Habitualmente siento la tentación de intervenir y alguna vez lo he hecho pero supongo que ya he canalizado el impulso hasta conseguir casi controlarlo. Esta fue una de esas ocasiones en las que no lo logré. El tipo dijo: “Os dejo un dato para lo tengáis en cuenta: solo en Estados Unidos se estima que el quince por ciento de las parejas serán mixtas en 2065“. Aquella estimación tan aparentemente informada disparó mi impulso más de lo que sé controlar. Intervine. Disculpa, no he podido evitar oírte, ¿a qué te refieres con parejas mixtas? Me refiero a parejas formadas por un humano y un androide. Este es un tema que me interesa, dije mientras hacía un cálculo rápido de ese quince por ciento. Me vi obligado a abandonar las estimaciones numéricas porque no tenía ni idea del número de parejas actuales en EE.UU., ni de si crecía o disminuía, ni de qué considerar pareja y qué no, ni de cuánta gente viviría en EE.UU. en 2065… Determiné que eso implicaría a varias decenas de millones de personas así que seguí indagando ¿De dónde has sacado esos datos? Noté cómo se inflamaba su ego mientras mostraba un moderado desprecio por sus interlocutores que no tenían la capacidad intelectual de interesarse por el asunto. Acabo de empezar a trabajar con la empresa XY Coporation (el nombre me lo dijo con la condición de que ni se me ocurriese publicarlo) en un proyecto de inteligencia artificial que evolucionará los androides de compañía y sexuales hasta un punto que ahora ni podemos imaginar. Se me agolparon algunas preguntas más del tipo ¿qué se supone que hará un androide de compañía artificialmente inteligente? y uno sexual, ¿qué hará exactamente? Todos sabemos que las posibilidades imaginativas en este tipo de asuntos son difícilmente controlables, sin embargo, seguí con el discurso de corte periodístico que había comenzado. De acuerdo, pero ¿de dónde has sacado el dato exactamente? Forma parte de la campaña informativa que estamos llevando a cabo, el departamento de comunicación de la empresa ha compilado datos para demostrar la viabilidad de nuestro proyecto. Bueno, me dije, no es la primera vez que las medias verdades cambian el curso de la historia. Ajusté mi estrategia a la situación: ¿Se ha planteado ese departamento de comunicación si en 2065 la vida en pareja seguirá siendo mayoritaria? ¿No viveremos acaso todos en la más perfecta e hiperconectada soledad? Él era comercial, así que siguió a lo suyo: Más a nuestro favor; en un mundo sin parejas nuestros androides serán absolutamente necesarios para canalizar ciertas necesidades instintivas. Sonrió picaronamente al añadir, “ya me entiendes”. Así que se trataba de lo más básico que se pueda imaginar. La evolución de las muñecas hinchables, la toma de conciencia del látex. La inteligencia aplicada al intercambio económico/sexual. Un poco decepcionado sí que estaba, aunque no lo suficiente. ¿Y qué servicios ofrecerán ustedes a la población mundial en 2065? Tenemos en marcha dos líneas básicas: la línea que llamamos “Para Siempre” y la que hemos decidido llamar “Ocasional”. Los nombres eran bastante explícitos, no parecían proponer nada nuevo. Así que habrá androides con los que podremos casarnos y otros para pasar el rato, ¿verdad?  Es un poco más complejo pero este no es el sitio para entrar en detalles. Y, ¿habrá tiendas físicas con sus correspondientes escaparates o solo venderéis en red? En nuestra central tenemos un montaje con algunos prototipos y le aseguro que resultan muy atractivos. Me enseñó una serie de fotos en su móvil en la que se podía ver un grupo de personas de ambos sexos en diversas situaciones habituales: Sentados a una mesa de comedor, charlando en un entorno de bar, paseando por la calle de una ciudad indeterminada. La mayoría eran mujeres, unas ocho o diez. Había cuatro o cinco hombres. Así que aquellos eran los androides con los que vivirían mis descendientes. En las fotos no había modo de diferenciarlos de las personas. Nada indicaba que aquellos seres fotografiados fuesen robots. Me quedé absorto intentando imaginar la vida en pareja en 2065. Quizá desde la adolescencia habría que definirse y optar por ser humanofílico o robofílico. Optar por lo segundo, supondría, muy probablemente, un amplio abanico de posibilidades. Algo así como tener un móvil Android o un iPhone con potencialmente un gran número de fabricantes y tendencias: habrá distintas arquitecturas para implementar la inteligencia artificial, diferentes materiales para simular el cuerpo, variadas características del humanoide seleccionables: su carácter, sus conocimientos, su manera de conducirse. Habrá robots refinados y robots del montón. De gama alta, que estarán acabados al detalle y de marcas generalistas, que serán suficiente para los que no se puedan permitir otra cosa. Con los primeros te entrarán ganas de reivindicar tu estatus, los segundos serán más bien de andar por casa. En un primero momento, según me lo estaba diciendo aquel tipo, me pareció que la idea no tenía demasiadas opciones. Ahora que lo estoy pensando con más calma, parece obvio que las opciones son potencialmente infinitas en el tiempo. Desde el momento en el que la necesidad de tener un androide impronte el cerebro de la siguiente generación, se iniciará el ciclo de versiones y funcionalidades. Cada equis tiempo tu androide estará, para tu desgracia, desfasado y no será capaz de hacer cosas que te encantaría que hiciera. Aparte de que, con toda seguridad, no serán trastos baratos y requerirán de la concesión de préstamos a una cantidad determinada de años. Si me pongo optimista, podría maginar que sería una buena manera de eliminar la tendencia a la posesión y a la cosificación de la personas con las que compartimos la vida. Siempre y cuando los androides permaneciesen en una discreta posición de estupidez (que no diesen la sensación de ser demasiado espabilados) quizá podrían convivir con parejas humanas y ser aceptados como ayudantes en ciertas facetas de la vida humana. Incluyendo el sexo. Aunque, a quién quiero engañar, probablemente no sea este el caso y los robots se conviertan en una nueva razón para el conflicto y la pelea. Divorcios tipo “pues hala, vete con el robot si tan bueno es en todo”. Puedo ver con claridad a jueces y juezas de primera instancia del siglo veintidós teniendo que decidir sobre la custodia del androide o cómo se deberán pagar las letras pendientes a partir del momento de la separación. El comercial reclamó mi atención al ver que no mostraba la sorpresa suficiente. ¿Qué te parece? Impresiona, ¿eh?. Sin duda, parecen personas; aunque habría que verles moverse, seguro que no lo hacen con la fluidez con que lo hacemos nosotros. Ahí me estaba claramente esperando: sonrió con serenidad y suficiencia mientras pulsaba en la pantalla para ejecutar un vídeo en el que tres de aquellos seres de aspecto femenino, charlaban con otros dos de aspecto masculino. Había un tercero que tenía un aspecto increíblemente andrógino. Esto me hizo considerar una nueva variable ¿podrían esos tíos crear humanoides de géneros distintos del femenino y el masculino? No penséis que es tan difícil. Añadiendo, quitando, cambiando algunas cosas se podrían crear pastiches fronterizos que tendrían su público sin ninguna duda: robots con aspecto de mujer refinada y pollas enormes; Geipermans con barba de dos semanas y vulvas perfectamente depiladas o perfectamente peludas (a elección del consumidor). La rueda continuaría girando cuando las funcionalidades se convirtiesen en commodities, se diese la posibilidad de personalizar el androide y se empezasen a buscar nichos de mercado en la larga cola de las teorías del mercado. En el vídeo se veía a los robots hablar animadamente, reír de modo convincente, incluso se tocaban de vez en cuando con aparente espontaneidad. El comercial estaba tan animado como yo asustado. Se me ocurrió que iba a pillarle en esto: por cierto, ¿estos trastos funcionan con pilas? De nuevo demostró que su argumentario estaba perfectamente diseñado. Utilizan baterías de última generación que se recargan cinéticamente y pueden llegar a durar varias semanas. Si el cliente lo desea, se puede incorporar la opción de recargarlas utilizando energías limpias como el sol o el viento. Tengo que reconocer que empezaba a estar completamente acojonado. Me amarré a una última pregunta antes de rendirme. ¿Y eso de qué vale para la línea “ocasional”? Sospechaba que tampoco se iba a dejar atrapar ahí, pero tenía que intentarlo. La idea es acompañar al androide hasta el lugar donde esté el cliente. Tendrán una programación de apagado de modo que, pasado el tiempo comprado por el cliente, se desactivarán por completo. También hemos diseñado un mecanismo de seguridad que, en caso de ser necesario, podría generar potentes descargas eléctricas si se intenta manipularlo. Lo más seguro para el cliente finalizado su tiempo, es permitir que el androide regrese donde le estaremos esperando. O, si lo desea, pagar una nueva fracción de tiempo para que vuelva a activarse. Parecía evidente que habían pensado en todo. Yo seguía sin ver, en todo esto, la necesidad de la inteligencia (aunque fuera artificial). Es más, la cosa era tan sencilla que ser inteligente se me aparecía como un problema. Si la inteligencia implica extraer nueva información de lo existente, llegar a conclusiones y a decisiones de acción no evidentes, de ser el androide inteligente la situación sería delicada, en poco tiempo se convertiría en un manipulador frío o en un asesino implacable. En este estado de ansiedad respecto al futuro pedí mi cuenta y me despedí de aquel tipo. No pude dormir. Se me agolpaban imágenes e ideas. Que cuando se habla de inteligencia artificial en realidad se está hablando de un simulacro de inteligencia. Que todos estos proyectos profundizan en el aislamiento y en la obsesión por el orden y el control que el aislamiento genera. Esto, a su vez, implica la creación de una nueva realidad en la que nuestros cuerpos ya no son necesarios. No es una cosa por venir, la presencia ha sido ya definitivamente sustituida por medios de interacción basados en la imaginación. Nada nuevo entonces para el futuro, solo gente que trabaja en las herramientas necesarias para hacer realidad un sueño que no sabemos que ya estamos haciendo realidad.

Verano de 2050

No sabría decir de dónde, pero de algún sitio me tengo que haber sacado yo eso de que el fútbol es una metáfora de la vida. Algo así como que los futbolistas, al salir al campo, dejan de ser individuos para convertirse en partes de un organismo vivo formado en un disciplinado cuatro-cuatro-dos. Los laterales vienen a ser los brazos de este nuevo ser. Los extremos las piernas. Los interiores las vísceras que hacen fluir el balón por los pasillos que deja libre el adversario. Un equipo a la defensiva, es comparable con llevar una vida anodina, conservadora. Si sales con tres arriba y dos carrileros contrastados, la vida del organismo estaría más abierta a la novedad, sería más arriesgada, más divertida. Los equipos que funcionan transmiten (igual que las personas equilibradas) serenidad y ganas de quedarse a pasar la tarde. Con los equipos mal engrasados, torpes (como las personas sin talento) no logramos sentirnos identificados y nada nos invita a quedarnos. La cosa que me inquieta últimamente es si esta metáfora va a seguir funcionando en 2050. He oído decir que hay quien espera que, ese verano, se juegue un partido entre la selección campeona del mundo y el mejor equipo de la Robocup.

De los dos organismos que se enfrentarían,  al primero lo imaginamos fácilmente: la solidez de Alemania, la alegría de Brasil, la desesperación genial de Argentina, la personalidad de Francia, el tiqui-taqua Español (no entiendo muy bien porqué nos hemos resignado a una especie de onomatopeya para describir la personalidad de nuestro organismo, pero bueno). El segundo estaría formado por robots de aspecto humano y dotados de lo último en inteligencia artificial. Sería un organismo, digamos, preciso.

Hoy he tenido un ataque de insomnio y a eso de las tres de la mañana me ha dado por imaginarme cómo será el partido. He determinado se celebrará en Japón. Pese a las presiones políticas de las potencias mundiales, los japoneses acabarán haciendo cualquier cosa para satisfacer a sus ciudadanos que, a esas alturas, estarán en su gran mayoría de parte de los robots. Es decir, los humanoides jugarán en casa. No me ha parecido sencillo saber si este factor tendrá alguna influencia en el resultado final. Supongo que la idea de sus diseñadores es que los humanoides-futbolistas no necesiten motivación. Aunque, se me ha ocurrido, sería una poética lección para todos que, por uno de esos efectos inesperados del desarrollo tecnológico, los robots futbolistas empezasen a requerir algo más que programación y autoaprendizaje. No digo que empiecen a soñar con ovejas, pero igual les de por soñar con ganar la final y a alguno le da un ataque de ansiedad.

También he intentado imaginar cómo sería el público de la final. Particularmente, he imaginado a los ultras de ambos bandos. En el caso de los ultras pro-humanos no me ha parecido que podamos esperar un gran cambio. Serán, muy probablemente, los hijos de los actuales ultras que, como sabemos, no son seres especialmente inclinados a evolucionar. Eso sí, se añadirán a ellos (de esto estoy seguro)  grupos integristas que verán en peligro de muerte a nuestros valores y a la sociedad que tanto nos ha costado construir. Quizás la FIFA haya tomado medidas para establecer una política de tolerancia cero con aquellos que se dediquen a menospreciar a los jugadores de otras especies. Eso será una pena, porque tengo que reconocer que los insultadores de las gradas de nuestro país tienen una capacidad destacable para hacer daño, algo que pondría a prueba el nivel de humanización de los androides. A la madre no se la podrán mentar, vale, pero seguro que estos humanoides tendrán alguna limitación que sería explotada adecuadamente. Quizá compararles con humanos podría resultarles doloroso: “Vamos R2D2, que no llegas a una, pareces un homo sapiens, mi hijo de cuatro años ya está más espabilado que tú, a ver si te actualizan el firmware“. En cualquier caso, estoy seguro de que las dos aficiones estarán convenientemente aisladas y vigiladas para evitar incidentes durante la celebración del histórico acontecimiento.

Otra cosa que me ha parecido digna de discusión es si el árbitro será humano o androide. Lo más justo sería que fuese un trío arbitral mixto: dos jueces de línea humanoides, que serán más precisos en los fueras de juego, y un árbitro principal humano, que, se supone, será más versátil. En cualquier caso, seguro que se dispondrá de herramientas tecnológicas para aclarar situaciones dudosas y evitar polémicas innecesarias. Esto me ha planteado una nueva duda: En el caso de que haya, por ejemplo, un gol fantasma y se recurra al “ojo de halcón”, podría ser que este “ojo” fuera ya tan artificialmente inteligente como para que le asaltara la tentación de modificar la secuencia de imágenes para que se conceda gol a los suyos (los androides, claro) o se anule a los humanos.

Aquí he estado a punto de dormirme pero me ha espabilado la necesidad de tomar partido. Lo sé, ya me lo dice mi madre, no siempre es necesario tomar partido, se puede ser neutral en la vida y evitarse problemas innecesarios. Vale, sí, pero yo soy del otro modo, del modo de garantizarme problemas para sentirme vivo. La cosa es que he observado que aquellos que no toman partido, los que no quieren que gane uno u otro, los espectadores neutrales y educados, esos, no disfrutan de la metáfora de la vida que es el fútbol, ni, en general, de ninguna metáfora. Por eso yo siempre tomo partido. Diré que soy de los que sienten simpatía por el modesto, por el supuestamente débil, por el que está destinado a perder. Es duro, sí, sería más conveniente estar del lado del que gana pero no sé porqué los que ganan suelen dejarme frío. Así que me he puesto a pensar si iría con los humanos o con los androides. Parece obvio que, siendo uno de ellos, debería querer que ganasen los humanos. Pero no es tan sencillo. Por un lado, probablemente los humanos serán los débiles en esta ocasión. En caso de que haya que tirar penaltis, por ejemplo, a los humanos se les encogerá la pierna, sentirán miedo escénico y toda la serie de debilidades de las que el androide está, teóricamente, libre. Según avance el partido, sentirán fatiga, serán más lentos, más imprecisos. Sin embargo, los androides son seres inocentes, incapaces (teóricamente, insisto) de tener orgullo, de ser egocéntricos o de hacer el mal. Esta cualidad, aunque puede que los robots la tengan porque no tienen otro remedio, despierta en mí ternura y simpatía. Además, si ganan los humanoides, el antropocéntrico ser humano recibiría una merecida lección. Cierto es que, muy probablemente, esta lección para el orgullo de unos, fuera un refuerzo para el ego de los que van a considerarse padres de la especie que sucederá al homo sapiens.

A punto estaba de decidirme cuando ha sonado el despertador. Tengo configurado un sonido que mezcla cantos de pájaros, brisa y correr de agua, que habitualmente me provoca ganas instantáneas de ir al baño. Me he levantado de la cama, me he puesto las zapatillas y, al pasar junto al escritorio, me he tropezado con el cable del cargador del móvil que ha acabado justo debajo de mi pie izquierdo. He pensado por un segundo que aquel dispositivo era otro eslabón en la cadena de la evolución hacia la deshumanización y a punto he estado de aplastarlo. Al final se ha impuesto el sentido común y me he dicho, “cargarme a este no va a ser significativo, son demasiados”, me he agachado despacio, he desbloqueado el teléfono y he abierto el WhatsApp a ver si tenía algún mensaje nuevo.

¿Qué tal van los Propósitos del año?

Hay una abundante literatura relacionada con los propósitos de año nuevo. Listas de los diez más habituales, de los treinta más difíciles de cumplir; mil sugerencias de propósitos que deberías plantearte organizadas por grupo de consumidores potenciales: propósitos para emprendedores, para deportistas, para menores de cuarenta, para mujeres con clase, para seres extravagantes, para adictos a las opiniones ajenas. Literalmente hay miles, cientos de miles. Hay aplicaciones de móvil que te ayudan a cumplirlos, hay artículos que ridiculizan los propósitos, otros que los ensalzan. Hay libros escritos sobre los propósitos en general y sobre propósitos específicos. Este año he observado que ha sido tendencia el propósito del orden: el establecimiento de un procedimiento infalible para tirar, colocar y mantener el orden en tu casa. No sabría decir si esta tendencia tiene que ver con la gestión de la ansiedad, con una necesidad racional de tenerlo todo bajo control o si solo se pretende impostar bajo una imagen pulida un orden mental que se intuye imposible. No sé si se trata de otra manera de ahondar en las carencias de nuestro mundo o de un procedimiento que lo hará mejor. Eso lo decidirán los sicólogos, los sociólogos, los etólogos, los divulgadores científicos, los comunicadores… y, por supuesto, el paso del tiempo. Yo solo puedo hablar de cómo dejé de plantearme propósitos. Fue el primer día del año mil novecientos noventa y cinco. Me desperté desnudo con una fabulosa resaca en una cama desconocida. Una cama que, recuerdo, olía a mujer. En la mesilla estaba la foto de la hermana de uno de mis amigos. Ella tenía dos años más que nosotros, el pelo liso, muy negro, un cuerpo menudo bien proporcionado y, en la foto, una sonrisa sincera y, por lo tanto, contagiosa. Estuve a punto de empezar el año enamorándome de aquella mujer pero me distrajo el dolor de cabeza intenso mezclado con una sensación de ahogo muy familiar en aquellos tiempos. La causa era, pensé en un primer momento, la cantidad de diferentes tipos de alcohol que había ingerido para celebrar la llegada del nuevo año. Hice intención de levantarme pero no pude. Volví a quedar de espaldas como si tuviese piedras dentro de la cabeza. La prudencia me recomendó quedarme mirando al techo un rato más. Estaba pintado de un azul pastel bastante molesto para un iconoclasta. Por lo demás, no parecía tener nada especial. Algunas huellas de brocha, algunas oscuridades en las esquinas, algunos pequeños abombamientos del yeso. Fijándome bien, pude distinguir unas diminutas grietas en la pintura que parecían letras. Intenté ajustar mis ojos para descifrarlas. Diré aquí que habíamos utilizado durante la celebración algunas drogas, por lo que es posible que todavía estuviese bajo su efecto cuando mi cerebro empezó a convertir en palabras aquellas grietas. En una leí “Año nuevo, la misma miseria”; en otra “Hay que resistirse a empezar el año con esperanza”; había un conjunto de grietas que decía “Cada año empieza uno nuevo, no hay mucho que celebrar”. Me asusté porque ninguna vaticinaba nada bueno. ¿Quién habría estado dedicando tiempo a escribir aquellas frases para mí? La hermana de mi amigo estaba descartada, no creo que supiese de mi existencia. Mi amigo no era el tipo de persona que se sube a una escalera a escribir mensajes crípticos y pesimistas sobre el nuevo año. A esas alturas de la película, yo no creía en ningún tipo de dios, así que tampoco me valía una explicación que lo incluyera. Me giré hacia el lado izquierdo mientras me hacía el modesto y puntual propósito de dormir un rato más. Al poco me giré hacia el lado derecho recordándome el propósito que me acababa de hacer. Acabé mirando otra vez al techo haciendo un esfuerzo por no leer. Como era de prever, incumplí mi propósito. Leí: “¿Qué propósitos te has hecho este año?”,”¿Tienes pensando incumplirlos como los del pasado?”. Aquello estaba empezando a resultar inquietante. Era cierto que había incumplido sistemáticamente los propósitos del año anterior, y del anterior y del anterior, pero hasta aquel momento estaba convencido de que había sido porque no les daba ninguna importancia. Por cierto, me dije, ¿cuáles eran esos propósitos?. Era como si algo o alguien estuviese empeñado en que evaluase mi pasado. En realidad, ninguno de los años anteriores me había planteado objetivos explícitamente, así que me veía obligado a hacer primero una toma de conciencia de cuáles podrían ser esas cosas que, alguna vez, había deseado hacer y no había hecho. Mi mente se puso a repasar posibles candidatos: correr una maratón, hacerlo con una japonesa, leer el Ulises de Joyce, dejar de ser un tipo normal, tener un perro… Nada raro como veis, cosas que todos deseamos en algún momento de nuestras vidas y que muy pocos acaban haciendo. La cabeza me dio un vuelco. Me encontraba en esa paradójica situación en la que sabes que tienes que cambiar de postura y sabes que si te mueves va a ser intensamente doloroso. Al mismo tiempo evitas con todas tus fuerzas moverte y evalúas la posición a adoptar para dejar de sufrir. Me tumbé sobre mi lado izquierdo. El interior de mi cabeza se tambaleó como un rascacielos durante un terremoto. Cerré los ojos. Volví a abrirlos. En la pared pude leer: “Más te valdría acabar con esta farsa”. Aquello era demasiado. Cerré de nuevo los ojos intentando quitarme de encima aquel discurso infernal. Apreté fuerte los párpados y me quedé mirando fijamente a las líneas de luz que se movían allá dentro. De pronto un grito agudo llenó la habitación. Parecía venir de la puerta a la que yo estaba dando la espalda. O más precisamente, a la que estaba dando mi culo desnudo sobre aquel edredón de flores. Dejé de apretar los párpados, miré la pared azul pastel y, de pronto, sin pensarlo, me di la vuelta. Ya no enseñaba el culo. Me fijé en que tenía un ligera erección vete tú a saber porqué motivo quimiofisiológico. La cabeza me seguía dando vueltas. Al abrir los ojos vi que la puerta mostraba una rendija de luz que, de pronto, se hizo más grande. Creí que seguía con las visiones cuando la silueta de una mujer se apareció sobre la luz. Pensé, lo recuerdo bien, que esa alucinación era más apetecible que las frases. No me dio tiempo a pensar mucho. De nuevo el grito agudo me retumbó en la cabeza. Pestañeé todo lo rápido que pude para hacer desaparecer la silueta. No desapareció. Es más, se hizo más grande y pronto tapó toda la luz de la puerta. Se encendió una luz que me dejó ver la cara suave de la hermana de mi amigo. Estaba muy cerca. Me miraba medio extrañada medio interesada. Estaba despeinada, tenía cara de sueño y probablemente la tradicional resaca de año nuevo, como yo. Se me pasó por la cabeza que, ya que estábamos en aquella tesitura, lo suyo sería follar un rato. Por un instante me planteé empezar fijándome ese objetivo. Poco duró la alegría: La hermana de mi amigo se acercó aún más, yo levanté lo que pude la cabeza para recibir el primer beso del año, ella gritó ¡cerdo! y me dio una estupenda bofetada. Salió de la habitación gritando el nombre de su hermano. En mi cabeza el rascacielos se derrumbó con gran escándalo. Perdí la orientación. Creo que me desmayé. Y fue entonces, en un instante de lucidez, cuando me juré que nunca más me plantearía objetivos que estuviesen dentro del espacio de mi vida. Según las estadísticas yo viviría unos ochenta años así que a partir de aquel momento, solo me planteo historias que van a suceder después del año 2050. Eso me permite hablar sin esperanza con toda tranquilidad, seguir adelante desinteresado por mi propia vida que es, estoy seguro, un verdadero desastre.